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lunes, 17 de agosto de 2015

Preguntas sin respuesta (II): ¿cuál es el sujeto político?

En la práctica, ¿existe ese pueblo español de que nos hablan o, al menos, esos pueblos españoles? ¿Existe ese supuesto sujeto colectivo?

Aquí la cosa se vuelve más delicada. Las nuevas formaciones y estructuras institucionalistas (Podemos, Guanyem BCN, etc.) han tomado buena nota de la ola de indignación moral borrosa de la que hablábamos y la están alimentando, sin por ello conducirla a un revanchismo violento; más bien, la están canalizando hacia su apuesta electoral. No obstante, esa no es una apuesta política clara y no está agrupando a su alrededor un sujeto político claro. Pensamos que no lo está haciendo, en primer lugar, porque existen sectores de la población que, si bien tal vez no aplaudan las prácticas corruptas, mafiosas y demás de quienes detentan el Poder, sí parecen estar dispuestos a tolerarlas indefinidamente y a esperar, en el caso de quienes tienen un partido preferido, el fin de esas prácticas. En segundo lugar, porque esas prácticas se dan a diferente escala en todos los estratos sociales y van trenzadas con los valores que las alimentan (egocentrismo, autoindulgencia, materialismo), dentro de estructuras con cierto grado de opacidad que, por tanto, las alientan en alguna medida y estamos hablando de cosas –valores y estructuras– que no se pueden cambiar legislando, sino que necesitan un cambio social que sería a la vez una serie de cambios individuales. En tercer y último lugar, por las limitaciones de las otras patas de esa mesa vagamente regeneracionista: meritocracia y rechazo de la Transición como marco en el que nació el régimen actual.

La meritocracia, muy asociada al rechazo de la élite actual como un hatajo de vagos e incompetentes –idea compartida incluso por la extrema derecha– y la denuncia de la emigración y el paro juveniles está, sostenemos, demasiado vinculada a la clase media. Entendemos que son las personas más acostumbradas a la estabilidad (personal funcionario, trabajadores de mediana edad con estudios superiores, etc.) quienes más tienden a rechazar la situación actual como una estafa y a tomar la anterior a 2008 como algo aceptable tal cual era o que necesita meras reformas y que las consignas que se oyen desde esas nuevas formaciones institucionalistas ahondan en esa meritocracia de arriba abajo. Desde la defensa de «que gobiernen los más preparados» (¿cómo podrían unas cuantas personas estar preparadas para gestionar lo de todas?), tan antigua como Platón o más, hasta sobreentendidos mil veces repetidos en nuestra cultura, como que el derecho a una vivienda implica el derecho a comprar una vivienda o que quien más estudios tiene debe cobrar más por su trabajo, como si tener menos cualificaciones diera descuentos a la hora de pagar.

Algo parecido pasa con el enfoque generacional. Es cierto que quienes tienen 58 y más años, además de haber votado la Constitución de 1978 y haber vivido la Transición (con todo lo que eso implica), han disfrutado en general de más y mejores convenios y han conocido mucho más los contratos fijos y mucho menos las últimas reformas laborales, la creciente oleada de EREs o la llamada new economy: ETTs, becas de prácticas, trasvase de asalariadas al régimen de trabajadoras autónomas, etc. Sin embargo, el paso de un modelo a otro ha sido bastante gradual y no es sólo que la evolución de la población española no permita el análisis generacional que se intenta importar de otros países (Francia y EEUU, por ejemplo), sino que enfocarlo así nos lleva a un falso conflicto: ni toda la generación preconstitucional abrazó la Transición –o el franquismo–, ni se puede reclamar a quienes sí lo hicieron que se retracten, cosa que a veces parece que se pretenda y que tendría más tintes de arrepentimiento religioso que de proceso sociopolítico. Si somos herederas de toda una historia, su crítica no puede hacerse limitada a la Transición, ni, desde luego, al franquismo, trauma casi obsesivo de casi toda la izquierda de la región española. El análisis crítico del pasado, sostenemos, empieza ahora y llega tan atrás como el conocimiento de ese pasado y está, en todo caso, al servicio de un proyecto que también empieza ahora, proyectado hacia el futuro. «Crítica» no es lo mismo que «reproche» y, desde luego, evitar cometer errores del pasado con variaciones que los disimulan no es lo mismo que consolarnos en nuestra miseria con el «teníamos razón» y el «ya os lo dijimos». Un partido como Podemos, que corteja a los votantes de IU pero ha evitado acercarse demasiado a su dirigencia (la de una formación clave en el régimen del 78, no lo olvidemos), ahora que ambos amenazan con derrumbarse, está llegando mucho mejor a los jóvenes que a sus madres y padres… Y ¿por qué no? La audacia, la estudiada arrogancia de los Iglesias, Errejón, Monedero o Teresa Rodríguez contra esa supuesta casta, ¿no transmite cierta imagen de rebelión generacional? Sin un discurso que hable de estructuras y relaciones, ¿cómo se explica la putrefacción de liderazgos como los del PSOE y UGT (González, Chaves, Redondo, padre e hijo…), CCOO y otros? ¿Cómo se les explica ese proceso a quienes lo han vivido y aún no saben, o no quieren, explicárselo?

Otro escollo importante de estas formaciones, a la hora de encontrar un sujeto al que dirigirse, es su nacionalidad. Podemos ha nacido en el ámbito estatal y las demás formaciones a que nos referimos, en el municipal. Ahora bien, si la hegemonía del relato oficial se está tambaleando, como decíamos en el texto anterior, y lo está haciendo más en el País vasco y, sobre todo, en Cataluña, ¿cómo posicionarse? La cultura política de la izquierda es más partidaria del derecho de autodeterminación y la española, del «esto siempre ha sido así». Si no se quiere disgustar a posibles electores, lo cómodo en Cataluña es una cosa y en la mayor parte del estado, la otra. Por más que provengan de la izquierda, los ideólogos de Podemos no quieren ser esos progres locos que se mean en la sopa y, allá donde vive en torno al 75% de sus posibles votantes, así es como se les puede percibir cuanto más hablen de federalismo, derecho de autodeterminación o de una soberanía que no sea española o europea. Además, no pueden descalificar como «casta» al bloque soberanista catalán porque este incluye a las CUP, criticable sin salir del tono que estamos siguiendo, pero cuya credibilidad crítica, rupturista y democrática es innegable. Nos guste o no en el resto de la región española, lo que ocurre en Cataluña es, aún más que en otras partes, un proceso destituyente y también constituyente, que se solapa con el de ámbito español, pero que se articula allí en un sentido más nacional. Particularmente, nos parece un proceso destituyente de la incomprensión y hostilidad españolas y del expolio fiscal, así como constituyente de un escenario de alguna posibilidad de cambio, con lo que eso implica de apertura. A nadie se le escapa que el papel que pueden jugar tanto las CUP en lo institucional como los sectores afines o más autónomos en la calle es muy limitado, pero esa extraña alianza nacional-popular interclasista, a la hora de tomar posiciones en el marco que salga de este proceso, puede beneficiar a cualquiera de sus dos polos. Dentro del bloque soberanista, en cada momento se irá viendo si parece que la élite convergente ha utilizado a los sectores populares para fortalecer sus posiciones o ha sido al contrario.

En cualquier caso, ambos procesos, la emergencia de formaciones como Podemos a escala española y la posible hegemonía soberanista en Cataluña, están funcionando en la medida en que están siendo motores de ilusión. No obstante, la sensación de que algo esté cambiando parece ser mucho más importante que el que esa sensación corresponda a un cambio real o que el que ese posible cambio se contemple de manera pasiva en vez de ser algo de lo que una pueda realmente participar.

Hasta este momento, hemos obviado a quienes, como el autor de este texto, no votan pero tienen posiciones políticas y hablado de los sectores con distintas preferencias partidistas, hemos considerado a la clase media y a buena parte de la clase trabajadora, hemos hablado de jóvenes y de no tan jóvenes y, sin embargo, aún quedan muchas personas, ¿quiénes son? Son las abstencionistas pasivas. Hablamos de un sector quizá minoritario, pero muy significativo, cuyas posiciones políticas y morales son desconocidas. Se les oye hablar en algunas barras de bar, en tertulias de sobremesa, corrillos de jubilados y conversaciones de transporte público o ascensor y tienen el poder, como cualquier otro, de tomar posición, de cara a las elecciones como el resto del tiempo. Y su posición, para quienes se presentan a las elecciones como para quienes no lo hacemos, se resume en «no, casi nada, casi nunca».

Si hay perfiles difíciles, el de estas personas es de los más difíciles. No vamos a aventurarnos en la sociología de andar por casa más de lo que ya lo hemos hecho; no obstante, y por descarte, sí nos atreveremos a esbozar una cosa: una parte importante de ellas pueden estar en los sectores que menos nos gustan de nuestra propia clase. Nos referimos a aquellos sectores quue suelen ser clasificados como una especie de subcultura (los canis de aquí, relativamente equivalentes a los chavs británicos o incluso a los beaufs franceses o la white trash estadounidense). Sectores que viven en barrios populares o incluso en barriadas periféricas de la última hornada y de los que casi todo lo que se percibe es despreciado por uno u otro motivo: sin conciencia de clase, sin costumbre de analizar su realidad en términos políticos, ni de analizar casi nada en casi ningún tipo de términos, tan reproductores de la cultura dominante (con su machismo, consumismo y demás) como el que más, incluso un poco más permeables al discurso ultraderechista que a cualquier otro, ruidosos y molestos en sus formas, a menudo acusados de depender más que nadie del asistencialismo o de ser lumpenproletariado (con el estigma moralizante que ambas cosas implica)… Estos sectores, si no son los únicos que se niegan a ocupar ningún papel político, sí son emblemáticos en este sentido: por su abundancia, por su evidente carácter proletario pese a todo y por ser, a menudo, satanizados por todo izquierdista más o menos culto y de clase media (o que se cree de clase media). Hacer de ellos votantes parece difícil, aunque no tanto como conseguir convertirles en activistas, pero de nuevo ¿hasta qué punto tiene sentido para estas personas el populismo meritocrático y vagamente keynesiano de Podemos y similares? El discurso anticorrupción de estas formaciones resistirá el tiempo que sus cargos públicos resistan la tentación de abusar de esos cargos, pero ¿qué más tienen? ¿El aumento de la inversión en educación? ¿Palmadas en el hombro a la clase media, propuestas de resistencia a estructuras (FMI, BCE) que muchas de ellas conocen poco o nada, alusiones –no menos oscuras– a la inversión en I+D o el fortalecimiento del tejido productivo?

Ni todos los llamados canis son pasotas políticos ni mucho menos todos los que pasan de lo político son canis, pero son el emblema de los límites de todas las izquierdas, institucionales o antiinstitucionales, y del gran problema de todo proyecto de auténtica democracia: la falta de aspirantes a demócratas. No es tanto que la voluntad popular esté fragmentada por tendencias sindicales o políticas, ni mucho menos por religiones o algo así, es que hay más apatía popular que voluntad popular. No hay revolución si nadie quiere ser revolucionario, no hay república si nadie quiere ser ciudadano y ni siquiera hay sociedad si nadie quiere ser un agente social. A día de hoy, y por más que queramos pensar que estas nuevas fuerzas son, no una revolución, pero al menos un posible cambio de hegemonía hacia la izquierda, los hechos nos obligan a ser muy prudentes incluso con esta última posibilidad. El gran crecimiento de Podemos como partido parece haber tenido una parte de moda política y, más aún, el ritmo de las elecciones, los sondeos y las tertulias de las TVs parece llevar inevitablemente a un crecimiento donde la cantidad prima sobre la calidad. Así, Podemos no tiene tiempo ni para evitar reproducir lo que intenta en teoría combatir: aun en el cénit de su espiral de entusiasmo (otoño de 2014), la abstención de los socios (las personas que en otras organizaciones serían llamadas «afiliadas») en su congreso fue de casi el 50%. No es menos elocuente que hayan asumido, y lo han dicho abiertamente, un hiperliderazgo para fomentar su capaz de desestabilizar formalmente el régimen; no está claro cómo pretenden que ese empoderamiento de su liderazgo se convierta en empoderamiento de todo su partido y de toda la población, ni cómo quieren evitar, en definitiva, el evidente riesgo de que esa desestabilización sólo sea formal.

martes, 28 de octubre de 2014

Nota para nosotr@s mism@s (dentro de un tiempo)

Existe una posibilidad real de que dentro de pocos años el estado español esté gobernado, en coalición o incluso en solitario, por Podemos. Siendo así, queremos ir dejando un pensamiento sobre la mesa para el día en que sea J. C. Monedero o algún otro correligionario quien envíe a los antidisturbios a reconfigurarnos la cara a hostias.
El pensamiento es en parte ese, que habrá sido simpático participar junt@s en movilizaciones mientras estuvimos de acuerdo (más o menos, eso parecía) en quién era el Enemigo, l@s Mal@s, la Casta (¿?), ... pero también que ya sabíamos que este momento llegaría. Tod@s salvo quienes están decidiendo no verlo. Cuando la izquierda liberal –o burguesa o parlamentaria o como vuecedes prefieran llamarla– llega al Poder, la otra izquierda, la proletaria, pobre o quinqui, la anticapitalista, sigue igual de reprimida y, encima, aislada por esa izquierda liberal que antes le palmeaba el hombro (no hablamos sólo de líderes polític@s, también ciertas figuras intelectuales, ciert@s periodistas, ciert@s sindicalistas, ... si no, al tiempo).
La historia de la transformación desde arriba no viene de ayer. Eso de «No queremos hacer la revolución, queremos que nos la den hecha» viene de antiguo. El tema está de actualidad aquí por el caso de Podemos y Guanyem/Ganemos, aunque en estos casos nuestros tan posmodernos, ni siquiera se sabe si se trata de una revolución, de una reforma, de un platónico «gobierno de los sabios» o de qué. (Dejamos para otro momento el hablar más a fondo de las flojísimas comparaciones entre partidos de semanas o meses de antigüedad, pese a su euforia, con los 14 años de las CUP* o los 35 de las CUT-BAI. Hay quien viene del sindicalismo agrario y el cristianismo de base de los 70, quien viene de un duro aprendizaje de base y okupa, insumiso, etc. en las derrotas de los 80 y la reconstrucción de los 90... y quien viene de las tertulias televisivas de los últimos meses.)
El empeño de esa izquierda, cuartelera y jacobina, en repetir la misma tragedia de los últimos doscientos veinte años no parece agotarse ni por cansancio. Vuelven a prometernos la transformación social desde el Poder, en lugar de proponérnosla contra el Poder, y vamos preparando el botiquín. Votarán a un nuevo Azaña para nuevos Casas Viejas, Castilblanco, Arnedo, ... Como poco, votarán a un nuevo Mitterrand para que pensemos que las huelgas reprimidas a porrazos, las multas a la disidencia y el modelo económico liberal bienestarista son lo peor que puede pasarnos, para decirnos que al menos no tenemos (¿seguro que no lo tendremos?) nuestro propio giro rigorista, nuestro propio ascenso de la ultraderecha, etc., etc.

* Palabras de David Fernández en los días en que andábamos escribiendo esto: «Podem hoy día es un resultado electoral que ha entrado por la vía mediática, no por la vía del trabajo de base y de los barrios».

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Qué cabe esperar (y qué no) de Podemos?

Más allá de la simpatía o antipatía que pueda suscitarnos, parece interesante preguntarse ¿qué cabe esperar de esa formación política tan reciente, Podemos?
Repasemos:
El pasado 14 de enero, Podemos no tenía nombre, pero estaba contenido como una semilla en el manifiesto Mover ficha: convertir la indignación en cambio político que publicaron, entre otros, nuestros queridos Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria.
La misma semana se lanzaba Podemos como iniciativa electoral que recogía ese guante –pactado o no entre redactores del manifiesto y emprendedores de la iniciativa, poco importa–.
Hubo cuatro meses de espiral de crecimiento: la candidatura generó ilusión entre ciertos sectores, lo que dio vigor a la lista, lo que generó ilusión, etc.
Después, los resultados en las elecciones europeas permitieron llevar esa espiral a una fase superior: el escenario de la macropolítica española, tan flexible a los cambios como las familias tradicionalistas de las tragedias tipo Romeo y Julieta, acusaba el cambio. El señorito había encontrado un pelo en su sopa y parecía perder los nervios.
Desde entonces, las encuestas aún han seguido alimentando estos elementos y, por tanto, su dinámica: Podemos podría convertirse en el motor del frente anti-PP y, como tal, arrastrar a buena parte de IU (sembrando la desilusión entre quienes se queden en ella) y a parte del PSOE, cosa que podría sembrar las deserciones en ese partido y agravar su crisis.
Pero ¿quiénes son exactamente los que están perdiendo los papeles? ¿A quién tiene en frente Podemos y, por ende, a quiénes convoca como votantes esta formación política? ¿Qué puede dar de sí?

Quienes chillan, patalean y se rasgan las vestiduras son l@s dirigentes del PP y el PSOE, elementos inmovilistas para quienes el anquilosamiento es el estado natural del debate político: el que se mueva no sale en la foto. La relación IU-Podemos es más ambigua: la primera quería fagocitar a la segunda y ahora lo contrario parece más probable, pero IU ha aguantado muchos palos y es muy difícil para ell@s tragarse semejante constatación del fracaso –por lo demás, patente– de sus 28 años de historia, que ha sido un frágil intento de salvar, a su vez, el histórico PCE. En todo caso, la posición de IU ha sido claramente la de contribuir al nacimiento del actual sistema macropolítico español y alimentarlo, pero manteniéndose en su margen, intentando ser una especie de Pepito Grillo cuya acción haría evolucionar el sistema en lugar de dejar que el sistema les cambiara. Como resultado de esa ambigüedad, Podemos está captando una base electoral que podría ser afín a IU en gran parte y que sin embargo difícilmente la votaría, probablemente por los lastres históricos con que carga.
Con el PP y el PSOE, la cosa está más clara y se les ha señalado y se les señala, junto a la Corona, como casta dirigente. El carácter dinástico de la Corona  está claro y tampoco requiere mucha investigación el de parte de la élite política (los Rato, Aznar, Oreja, Gallardón... ). Más aún, incluso dirigentes sin ningún rasgo de casta, sean más conocidos por su lado político (F. González, J. Pujol Soley, M. Rajoy) o empresarial (J. M. Polanco, Amancio Ortega, J. M. Lara Hernández), parecen haberse instalado en la élite y algun@s de ell@s han instalado a sus descendientes o lo están haciendo.
¿Hay una casta dirigente en el estado español? No. Hay una clase dirigente en la que puede meterse quien quiera y además consiga tan ardua tarea, quien pueda de hecho lograrlo al intentarlo. Los Ortega, Polanco, González y demás no estaban en la élite y ahora lo están, y no poc@s de entre ell@s lo han hecho mediante el ascenso interno en partidos políticos y la concurrencia a las elecciones. ¿A las mismas elecciones a las que se presenta Podemos? Sí, a esas mismas. Pero las elecciones son para participar en las instituciones, son una herramienta neutral y, o las hacemos nuestras o la clase dirigente actual (la llamada «casta») las hará suyas.
Claro, las instituciones son neutras, la historia empezó esta mañana y la tele nunca se equivoca. No, en serio: nada como conocer la historia del parlamentarismo para asimilar que no, las instituciones no son neutras, y que es difícil concurrir a las elecciones y a cualquier otro circuito de participación institucional si no es llevando una pesadísima carga de ingenuidad y una gran disposición a perder tiempo y energía; hay que ir dispuest@s a repetir los mismos errores de todas las generaciones anteriores. [En este mismo blog ya hablamos del rol histórico de los partidos políticos y su relación con el parlamentarismo, aquella entrada se puede leer aquí.]
Pero –se nos puede decir– incluso si Podemos estuviera realmente en el camino que lleva a la integración institucional, a ser un nuevo IU, ERC o similar, ¿por qué iban sus votantes y militantes a permitir o incluso favorecer esa evolución, pudiendo evitarla mediante su funcionamiento asambleario? Por partes: ¿votantes o militantes? Ante todo, votantes: Podemos nació como una candidatura electoral que respondía a un manifiesto cuya tesis (implícita) era que sólo algún tipo de revulsivo electoral podía permitir que el malestar ante la gestión de la crisis macroeconómica pasara del descontento a la contraofensiva. Había, de hecho, un sentido de la urgencia que, dado el contexto y dado lo escrito después por al menos uno de sus firmantes (S. Alba Rico), se explicaría por la necesidad seguir descongelando la apatía que dominaba y domina la escena política y de evitar la recuperación del descontento por la extrema derecha. No obstante, todo partido (PSOE, PCE, el antiguo EIA) o sindicato (CGT es el más evidente por estas latitudes, pero también los mayores CCOO y UGT) que ha entrado en dinámicas electorales ha visto su militancia debilitarse cualitativamente, cuando no también cuantitativamente –volvemos a remitir a la evolución de PCE y PSOE en la llamada «transición»–. Votar cada cuatro años es más cómodo y, seamos sincer@s, es en gran parte por esto por lo que genera tanta ilusión una candidatura nueva y de apariencia lozana entre votantes desencantad@s de una muchedumbre apática: con un simple voto, el votante del PP apacigua sus pesadillas protagonizadas por Rodríguez Zapatero y la negociación con ETA, el del PSOE aleja la imagen de Rajoy y sus recortes (o incluso Aznar y su apoyo a la invasión de Iraq) y el de Podemos puede alejar a ambos e incluso dar un puñetazo en las mesas del Parlamento Europeo y la Zarzuela. En realidad, pese a los porcentajes de abstención, es en las elecciones donde ni siquiera la mayoría silenciosa parece tan silenciosa. ¿Cuáles son los porcentajes de activismo cotidiano en todo tipo de sindicatos, asociaciones o colectivos? Un mismo suspiro lastimero recorre todo el mundo, de España a Cuba y de EEUU a Venezuela: la gente no se implica mucho en política, pero al menos vota. Si Podemos hubiera querido militantes antes que votantes, no se habría creado Podemos, como respetuosamente les recordó Carlo Frabetti en su artículo Debemos. La comparación entre las trayectorias de las CUP catalanas y del partido de Monedero, Iglesias y cía. debería de ser suficiente para remachar esta idea.


Podemos es, dicho está, una formación dispuesta a recoger esos votos, como ya ha empezado a demostrar. Pero ¿los votos de quién? Bueno, el voto es anónimo, pero sabemos qué intentan recoger –la fuerzas desatadas el 15-M de 2011 y en las movilizaciones de todo este ciclo, aún inconcluso– y cuáles son sus metas... más o menos. En realidad, si algun@s calificamos a Podemos de «populistas» sin por ello hacerle el caldo gordo a PP, PSOE y cía. es porque el centro de su discurso y, sobre todo, del entusiasmo que genera está en a quiénes atacan («la casta», «los culpables de la crisis», «las minorías extractoras», «la jauría», «las minorías privilegiadas», etc.) y no en sus objetivos. Las comparaciones son odiosas, lo sabemos, pero si el anarcosindicalismo se ha dotado de principios, tácticas y finalidades y, dentro de eso, cada un@ ya sabía y sabe cuál es el margen de variación, la pablítica de Podemos –perdonen los jueguecitos de palabras– parece más vaga, sea por su funcionamiento abierto, por lo cómodo de la imprecisión... o por todo ello a la vez. En todo caso, parece haber cierto programa político: más y mejores servicios públicos y, consecuentemente, una recaudación menos injusta y una auditoría de la deuda pública, mayor control de la banca y menor derroche privado y (sobre todo) público, dignificación de la situación de la mujer (derecho al aborto, trabajo doméstico), laicismo y respeto a las decisiones colectivas dentro y fuera del estado (federalismo y antiimperialismo). Soberanía nacional, vaya. Que este estado no parezca el cortijo privado de unos cuantos. Patriotismo de verdad y no del de desfile y paliza al inmigrante –y en esto, reconocemos que Podemos sí está planteando una alternativa a las bases de cierta ultraderecha–.
Tiene la debida lucidez con respecto a las mujeres y sectores LGBT y con respecto a las relaciones entre pueblos. Por lo demás, es un estupendo programa para el siglo XVII (Spinoza, Locke), XVIII (Rousseau, Montesquieu, Kant) y la primera mitad del XIX (por poner ejemplos autóctonos: Blanco White, Riego, el Empecinado, Espartero, Mendizábal, Espronceda, Madoz... ). A estas alturas, eso sí, esto ya huele: sabemos que la igualdad, la libertad y la independencia civil no se alcanzan escribiéndolas en un papel, sabemos que la patronal y la misma troika a la que Podemos quiere enfrentarse nos coaccionan (individual y colectivamente) y aún pueden hacerlo más y que no hay ciudadanía ni ley allá donde hay coacción, sabemos que sólo se emancipan comunidades decididas a ello y que lo que está aglutinando Podemos es una masa de votantes de l@s cuales no se sabe cuánt@s estarían dispuest@s a algo más que meter un papel en una urna cada cuatro años o un enlace en su cuenta de twitter o facebook. Hemos aprendido algo del fracaso del liberalismo y podemos... darnos por enterad@s, de verdad, algun@s intentamos hacerlo.
¿Se pueden recoger esas energías de este ciclo de luchas de tres años obviando los últimos doscientos años de historia? Sí se puede: soñando con a) una Arcadia keynesiana donde nadie se queda en paro tanto tiempo como para ser desahuciado ni caer en la pobreza extrema, a la clase media le llueven trabajos cualificados y hasta las estadísticas de crecimiento macroeconómico sonríen con benevolencia (un proyecto de tipo más islandés) o b) una revolución bolivariana que quizá empiece como intento de keynesianismo, pero tenga el punto de mira en llegar a una superación pacífica y progresiva del capitalismo, posibilidad que no podemos apoyar, pero que no entramos a valorar en profundidad por falta de detalles sobre los pros y contras del modelo venezolano.

Recapitulando: Podemos ha encontrado un espacio hecho a medida y se lo está apropiando, como es natural. No es exactamente un espacio generacional (aunque haya muchos más no-votantes de la Constitución del 78 que votantes) ni tampoco un espacio de clase (aunque Podemos parece alimentar las fantasías de cierta clase media mejor que nadie), es un espacio para un populismo de izquierdas, que defiende la soberanía nacional evitando las tentaciones fascista, eurófoba, etc. y, al hacerlo, le quita terreno bajo las pies a las organizaciones basadas precisamente en esas tentaciones y se puede, incluso, atraer votantes desencantad@s de la derecha. Puede seguir sacudiendo el panorama macropolítico español, puede escorar el marco del debate político español hacia la izquierda y bien podría formar parte –liderándolos, incluso– de una mayoría parlamentaria y un gobierno reformistas, los primeros en más de setenta años. Lo que no va a hacer en ningún caso –es posible, de hecho, que los debilite– es cumplir los buenos propósitos asamblearios, antipartidistas, autoorganizativos y revolucionarios que han formado parte, en conflictiva mezcla, del llamado movimiento 15-M y de las asambleas populares –a las que han ninguneado desde el mismo manifiesto prenatal– y que hacían que todo ello entroncara con más de un siglo de movimiento de la clase oprimida por su liberación y el fin de la sociedad de clases.

jueves, 26 de julio de 2012

Ponme un chorrito de bilis (Middle class blues again)

Ya hablamos en otra entrada sobre la clase media y su tendencia al lloriqueo de quien, sin pretender formar parte de la élite, no soporta el no estar en la mitad más acomodada de la sociedad.
Últimamente, gracias al circo (romano) de la Unión Europea y su gestión de la crisis macroeconómica, un nuevo gremio se ha incorporado con fuerza al coro de l@s quejicas y sus voces incrédulamente indignadas. Como los champiñones tras las lluvias de octubre, la figura rotundamente musculada del pasma hispánico brotó en la última manifestación masiva vista en Madrid contra los recortes y pareció reproducirse como un gremlin bajo el aguacero antedicho (no utilizaremos más símiles por un tiempo, lo prometemos). Estábamos acostumbrad@s a que est@s denodad@s profesionales se mostraran en privado perdonavidas, prepotentes o, simplemente, sociopáticos y, en público (léase «a la hora de hablar personalmente a los mass media o publicar un comunicado del SUP, la AUGC, la CEP o similar»), victimistas y precarizad@s, pero nos han sorprendido con esta pirueta. Mientras sus compañer@s de servicio preparaban las porras, ell@s se manifestaban -sin corear más consignas, eso sí, que «¿Dónde está nuestra paga, nuestra paga dónde está?»- junto a aquella chusma que solemos tener el honor de ser objeto de sus cuidados, entre voces del «sindicalismo» paniaguado, la gauche caviar y algún que otro ultraderechista que cantaban consignas de una supuesta solidaridad entre la bofia y los civiles (cantinela que se fue por el retrete esa misma noche, a porrazo limpio) y gritos presuntamente graciosos de buen rollo hacia los manteros del centro, que, nada más verles, recogían sus cosas con un comprensible nerviosismo.
Los policías y militares se quejan en los mass media de cómo se va reduciendo el chorro de partidas presupuestarias que manaba del grifo mágico de la Carrera de San Jerónimo, ese que permitía que ambos presupuestos (el policial y el militar) crecieran en tiempo de «crecimiento» (¿de qué?) porque la economía crecía, y en tiempo de crisis, porque estábamos en crisis y había que invertir en seguridad (¿para quién?) y crear empleo. Como el resto del Orfeón Pupitas, lloran porque les habían prometido un capitalismo de la tierra de Jauja y se convencieron de estar viendo una «marca España» que montaba un unicornio alado donde sólo había un caballo (de Afganistán a Las Barranquillas, con escalas) y de que Amancio Ortega y Steve Jobs les darían un masajito en los pies a cada uno entre loas a la «responsabilidad social corporativa».

Algún miembro del CNP se tomó la molestia de pinchar las ruedas de una treintena de furgonetas de los antidisturbios y de hacerlo de la forma más saboteadora posible y el gesto merece su reconocimiento, pero, si abrimos el plano, lo cierto es que est@s «privilegiad@s de todo a cien» a los que nos estamos refiriendo hablan como si haber sacado unas oposiciones o estudiado una carrera les cerrara el acceso a algún tipo de vales de descuento que l@s demás poseen y, por consiguiente, ell@s necesitaran sueldos y prestaciones más abultad@s que l@s demás. En todo caso, la cuestión no es cuán irritante resulta todo esto, sino cómo se va a resolver la contradicción entre esas expectativas exageradas -que el capitalismo probablemente no llegue a ser capaz de satisfacer jamás- y una realidad cuya mezquindad les aboca a unirse al resto de la clase social a la que pertenecen, la oprimida -y a la que, a la vez, combaten, en el caso de l@s policías- en una lucha que será a menudo ingrata, a veces trágica y siempre fatigadora... pero para la cual no hay alternativa.

martes, 20 de septiembre de 2011

I'm so bored with the middle class

Igual que a los Clash les aburrían los EEUU, otro tanto me pasa a mí con la clase media, de ahí el homenaje/parodia del título. Sé que, ahora que tengo un título universitario, se supone que yo estoy cruzando sus ¿anchas? puertas, pero ni así consigo entrar del todo en la mentalidad de esta clase...
Ya me había pasado en España, pero, hace menos de dos meses, me volvió a ocurrir en Bolivia, hablando con una integrante de esta nueva clase social mía, una abogada que llegaba a fin de mes como guía turístico. La buena licenciada se quejaba a partes iguales de la especulación con los precios de los artículos de primera necesidad (muy comprensible) y de que amigos suyos con carrera, y ella misma, tuvieran que trabajar de taxistas o de guías (menos comprensible, diría Mr. Brown). Como aquell@s paisan@s que casi lloran porque «sólo» cobran 6, 8 o 10 euros por hora. Me recuerdan, una y otr@s, a es@s a l@s que se les ensombrece la cara cuando hablan de lo siniestro que era el Chile de 1970-73 por «las colas que había que hacer para conseguir comida» o ilustran los horrores del bolchevismo (les da lo mismo Cuba que la URSS), reales o supuestos, hablando de las dichosas colas para la comida.
Eso es lo irritante de la clase media, así, generalizando: esa capacidad de hablar sin sacar la cabeza del culo, de convertir los problemas de su clase en los más acuciantes por arte de magia. No trabajar en lo que a un@ le gustaría es, desde luego, algo que cualquiera quiere superar cuanto antes, pero hay que saber que hay gente (especialmente, en un país como Bolivia) malnutrida y desnutrida, gente que no consigue trabajo ni a tiros, gente que se ha puesto a criar hij@s que ni querían tener cuando otr@s (¿más list@s? ¿más afortunad@s?) seguíamos evitando cosas tan costosas e irresponsables, gente que se gana la vida pistola en mano (en la delincuencia o en la policía) porque ell@s también consideran sus problemas más graves que los del resto del mundo o gente, en fin, a la que le trae por donde amargan los pepinos que un entramado informal de empresas y gobiernos se dedique a saquear el mundo entero, con todo el dolor y la muerte que eso conlleva.
La supervivencia de tant@s como sea posible, la superación de los abusos de poder (incluidos los que ocurren en casa) o, sin salir de lo económico, conseguir el mayor acceso posible a los bienes y servicios más necesarios, esos son objetivos de los que merecen mil gritos, gestos crispados y, sobre todo, lucha, mucha lucha. Las reivindicaciones corporativistas y la indignación por no poder ser ni un poquito privilegiad@ -cuando el privilegio, por definición, sólo puede ser para un@s elegid@s- no inspiran ningún respeto y sí cansan, cansan mucho.