martes, 18 de octubre de 2011

Aviso a navegantes

Mr. Brown ha hecho cierta evaluación del recorrido que lleva este cuaderno de bitácora y, especialmente, de las últimas semanas, así como del papel que todo esto juega en su vida y la conclusión es que esta conspiración va a ser reorganizada. Me permito explicitarlo, en lugar de limitarme a ponerlo en práctica, porque voy sabiendo que algunas personas participan de ella, sea de manera puntual o más frecuente, y los datos que Blogger me ofrece indican que también entran personas a diario a leer, no sólo desde España (EEUU, México, Alemania, Argentina y Rusia, en particular, parecen ser puertos de origen de much@s visitantes) y me permito suponer que algunos de ell@s... qué demonios, algun@s de vosotr@s volvéis por aquí.
Abreviando: por un lado, en cuanto a la frecuencia, si Mr. Brown se había planteado publicar una entrada cada tres días -y, de hecho, últimamente lo estaba haciendo-, va a aligerar la presión sobre sí mismo y se propone hacer lo propio cada cinco, más bien; por otro, en cuanto a los contenidos -este es el motivo del cambio de frecuencia- Mr. Brown publicará pocos relatos en lo que queda de año y la prioridad, por tanto, será dar voz a aquellas frases, fragmentos y textos que descubro (o que he descubierto antes de este blog, claro) y que a veces tengo a bien recomendar, al igual que a las reflexiones y observaciones que de vez en cuando aparecen por aquí.
Antes de ponerme a hacer lo propio con una nueva entrada, aprovecho para renovar el llamamiento a quien me lea: todo feedback, que se dice ahora, en forma de comentarios, mensajes u otros medios será bienvenido y especialmente las críticas referentes a los relatos, cuya publicación en papel no está aún lista, ni lo estará antes de este invierno 2011-2012.
Aprecio que estéis ahí y pienso corresponder como toca: tecleando. Permanezcan atent@s a sus pantallas.

sábado, 15 de octubre de 2011

Un par de guantazos de Pérez-Reverte

Arturo Pérez-Reverte tiene cosas que me gustan y otras que no. Estas últimas serían, básicamente, cierto respetuo ingenuo por lo establecido (el Estado, el Mercado, la RAE... ) y, en el marco mismo de esa arquitectura, una especie de orgullo o aprecio hacia España, con el correspondiente husmo nacionalista.
Como suele pasarme, estos elementos me importan menos que los otros y esos otros que sí me gustan, en lo que al cartagenero se refiere, son una prosa inobjetablemente rica -que buena falta nos hace a los lectores hispanohablantes-, un sentido del humor de hombre de la calle, un sentido de la honestidad que abre cejas y rompe labios y una estupenda tendencia a utilizar este contra quien se haga el tonto o quiera dar gato por liebre en cualquier ámbito.
En este sentido, hace tiempo que quería proponer algunos de sus artículos y, aunque sigo rastreando en busca de alguno otro más que acabará enlazado aquí de todos modos, me permito servir una menestra de enlaces que llevan a tres de ellos. Escupiendo con bilis sobre, respectivamente, la ingenuidad/hipocresía en torno a la guerra y los periodistas que la cubren, las miserias políticas del próximo ex-presidente español y las oportunidades negadas a los jóvenes españoles de la década pasada, tengo el placer de recomendar estos tres artículos:

Una ventana a la guerra

Sobre imbéciles y malvados


Los que no salen en la foto

miércoles, 12 de octubre de 2011

Esa religión llamada "capitalismo"

Vuelvo a leer en No había futuro un brevísimo fragmento de texto de Walter Benjamin, apenas unos apuntes en tres párrafos, bajo el título El capitalismo como religión.
He tenido que releerlo porque el asunto tiene enjundia se mire por donde se mire: porque hace ya tiempo que venía yo pensando lo mismo, pero herr Benjamin se me adelantó noventa añitos (ahí es nada); porque se me adelantó dieciocho lustros a pesar de que el texto es anterior a la crisis macroeconómica de 1929, no digamos a la de 1973 o a la que ocupa los titulares de nuestros días y anterior, también, a una gran parte de las medidas que, en unos y otros países, dieron lugar al llamado "estado del bienestar"; en fin, porque Benjamin no sólo fue un tipo que hizo observaciones inteligentes (y, a menudo, algo crípticas) sobre temas muy importantes, sino también alguien que tenía una relación más cercana y estrecha que la mía con el mundo religioso... y no entro más en ese tema porque es un jardín que me viene grande.
Lo que sí me atrevo a comentar un poco más es el texto en sí y es que, a pesar de tratar una idea que a Mr. Brown, ya está dicho, también le venía rondando la cabeza, menciona algunos aspectos en los que no había pensado -y no sé hasta qué punto empezar a hacerlo-: la existencia, en la religión capitalista, de un lugar (no físico, se entiende) para la culpa, la expiación y el propio Dios; la tendencia a la destrucción del ser, mediante la culpabilización (del hombre y de Dios) y la idea, en este sentido, de que "Dios debe permanecer oculto, y sólo debe ser llamado en el cénit de su culpabilización".

En cambio, otros rasgos me interesan más y van en la línea de lo que ya venía observando:

· el capitalismo "no conoce ninguna dogmática especial, ninguna teología", es compatible con el liberalismo no-alineado e intervencionista de Olof Palme y con las dictaduras militares ultraliberales y barnizadas de catolicismo cruzado que tuvieron Argentina y Chile en el último cuarto del siglo XX (y que, en gran medida, siguen padeciendo), acepta grados muy variables de intervencionismo, como los mencionados o, combinando rasgos de unos y otros, la semiautarquía nazi y el franquismo de la primera hora. El capitalismo se define por (y sólo por) su capacidad de mantener y aumentar los flujos de capital, no por generar una riqueza realmente valiosa (la famosa oposición valor de uso/valor de cambio), ni por respetar o vulnerar más los derechos humanos, ser más o menos autoritario/consensual ni nada por el estilo.

· El culto del capitalismo tiene "duración permanente", aquí no hay carnaval, ni amnistía, ni nada que se le parezca: todos los días son buenos para consumir (principal actividad capitalista) e, incluso, para trabajar. Y, si son buenos para consumir bienes o servicios, más aún lo son para consumir (como producto, como alimento, como inversión en uno mismo) el discurso del sistema. No hay un día de "no-ver-el-telediario" o de "no-aceptar-las-prioridades-inculcadas-como-tales", vengan de la familia, la tele, el cura o el colegio. Y cada vez son menos las facetas de la vida donde no hay empresas que ofrecen sus servicios o mercancías. Para el capitalismo, todo está muerto -o debería estarlo- y de una actividad que se puede realizar sin pasar por caja o pedir un crédito se dice que es un "nicho de mercado sin explotar", oséase, que tenemos donde meter un cadáver, pero no fiambre, fíjese usté qué escándalo, dónde vamos a llegar. Obviamente, en la competición que mantienen el Partido del Estado y el Partido del Mercado (que diría Miguel Amorós) por manejar el timón del navío capitalista, los fans del último dicen memeces como que la intervención estatal tiene peligros autoritarios/totalitarios, frente al bucólico correteo del libre mercado, pero hay que tener claro que lo hacen por esa condición suya de memos. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que el capitalismo es en sí mismo un sistema totalitario que coloniza tantos aspectos de la realidad como puede porque no requiere más condiciones que alguien dispuesto a pagar por ello y alguien que quiera cobrar (esto último, unido al uso de la fuerza, puede generar lo primero con cierta facilidad); a partir de ahí, de hecho, la tendencia suele ser a la expansión (insisto en el concepto de "colonización").

· ¿Cómo se sustenta un sistema totalitario de relaciones humanas que, además, se basa en el capital y no en los seres humanos? Benjamin no lo trata en ese fragmento, pero la pregunta está ahí. Bueno, no, no está, y esa es la cuestión: brilla por su ausencia. Incluso en una crisis como la presente, donde se habla públicamente de los excesos del capitalismo y sus carencias y bajezas, no se habla de alternativas. Prohibido en la práctica; no hace falta Inquisición, ya está en las cabezas de las figuras públicas. Los teólogos cristianos medievales pensaban en el ateísmo y lo oponían a su fe y sus dogmas, aunque sólo fuera por elucubrar... la intelectualidad de este siglo XXI postmoderno y resabiado no da ni para eso. El capitalismo se basa en la fe, sólo así se entiende que el dinero, una especie de consustanciación de la riqueza realmente existente (¿el Jesús de la "santísima trinidad" capitalista, el capital-hijo?) pueda estirarse mucho más allá de esta con la única condición de (re)producir capital, sólo así se entiende que redactores, periodistas, políticos y demás voces públicas invoquen un/os anónimo/s mercado/s (¿el Espíritu Santo, entonces?) como fuente de legitimidad para tal o cual decisión sin identificarlo, sin debatir sobre su legitimidad, su interés, etc. El mayor error de un creyente no es cuestionarse si Dios existe, sino si hay algún interés en todo el tinglado (salvación, condenación, alma, Dios, etc.), incluso aunque fuera real; de igual modo, el mayor problema con la feligresía capitalista, desde Adam Smith hasta la última tertulia de Intereconomía o de la SER, no es su ignorancia o conocimiento sobre las variables de la economía capitalista, es su incapacidad para ver que sólo existen por y para ese sistema. Charlan -como mucho, discuten- sobre el traje del emperador, se empeñan en coger el rábano por las hojas y mirar el dedo que señala a la Luna y no la Luna... Lo llaman "libre mercado" y no mienten del todo al decir eso, pero sí ocultan que es una libertad entregada al caos y a la improvisación en un marasmo en que cada cual debe buscarse la vida. La posibilidad de unir libertad y organización, de racionalizar la economía, ni se les pasa por la cabeza; como dice Tipo Gris, va a tener que ser la realidad la que se imponga como único recurso. La fe es así, es una alienación que se enfrenta a la realidad en la representación que el fiel se hace del mundo y se le opone, obligándole a renunciar a una de las dos.

No entraremos ahora a analizar toda la historia que nos ha llevado al capitalismo, pero, desde luego, es la otra pata de esta mesa. La lluvia y la nieve pueden caer del cielo, pero un sistema económico-político, no. Ha habido todo un proceso histórico que no sólo nos ha llevado a este punto, sino que lo ha hecho, en parte, con un abanico de discursos y toda una serie de ideas, mitos, argumentos y valores que, invocando lo que hubiera que invocar (derechos, progreso, razón, libertad... ), debían constituir la superestructura del sistema en el que querían hacer negocios. Buen trabajo, muchachos. A día de hoy, la mayor parte de la humanidad es presa de un síndrome de Estocolmo colectivo, en el sentido de que aceptamos como natural una situación de secuestro (en este caso, de una clase por otra y, sobre todo, de la humanidad por el capital/ismo) y lo único a que aspiramos a salir tan bien parados como sea posible.
Las patas de la mesa, grosso modo, son esas y la crítica y la puesta en práctica de dicha crítica deben ser las hachas con que las cortemos bien cortaditas. Tabula rasa. Nos va la vida en ello.

domingo, 9 de octubre de 2011

La ciudad (II): Roma según J. Vitalis

Para ilustrar un poco más el tema de las ciudades, un poema de 1554, escrito por Janus Vitalis y cuyas traducciones libres/versiones (Du Bellay, Quevedo, que la llamó A Roma sepultada en sus ruinas, etc. ) son más conocidas que el original, injustamente. La parte central del poema, de la que ya hablé alguna vez, ilustra muy bien lo que un imperio puede hacerse a sí mismo y, por ello y por su antigüedad, vale la pena. Primero la traducción (una menos personal que la de Quevedo) y, a continuación, el original:

Escucha tú, forastero, que a Roma en Roma buscas
y que nada de ella en Roma hallas.
Grandes murallas de piedra escarpada.
Abandonados anfiteatros que el tiempo trunca:
todo y nada, eso es Roma.
Altivos, sus cadáveres aún lanzan amenazas.
Venció al mundo, contra ella misma batalla.
Por que el universo no viera invencibles,
vencióse y hoy descansa Roma impasible,
vencida y vencedora.
Vestigios de su nombre, tan sólo Álbula pervive,
mas fieras aguas hasta el ponto lo arrastran.
Juzga así de la Fortuna que hilos traza:
aquello que es firme sucumbe, aquello que es frágil persiste.

De Roma
Qui Roman in media quaeris novus advena Roma,
et Romae in Roma nil reperis media,
aspice murorum, praeruptaque saxa,
obruptaque ingenti vasta theatra situ.
Haec sunt Roma: viden velut ipsa cadavera tantaae
urbis adhuc mundum, nixa est se vincere: vicit,
a se non victumne quid in orbe foret.
Nunc eadem in victa Roma illa sepulta est?
Atque eadem victrix, victaque Roma fuit.
Albula Romani restat nunc nominis index,
qui etiam rapidis fertur in aequor aquis.
Disce hinc possit Fortuna: immota labascunt,
et quae perpetuo sunt agitata manent.

jueves, 6 de octubre de 2011

Historia de dos, y más, ciudades

Cabe preguntarse, delante de un café, un helado o algún otro postre, qué es eso de “moka” o “moca”. Si puede parecer una pregunta tonta o demasiado inocente, también cabe preguntarse si existe algo así como las preguntas inocentes…

De hecho, Moqa/Moka/Moca es un pueblo cualquiera, una ciudadeja de segunda en ese estado de la península de Arabia llamado Yemen. Y, sin embargo, no es cualquier pueblo yemení: situado en la costa, casi en el estrecho de Bab el-Mandeb (“la puerta de las lamentaciones”), donde se besan el mar Rojo y el océano Índico, se encuentra, por tanto, cerca de Etiopía (productor de café) y a unos pocos kilómetros de la región cafetalera de Yemen. Así fue como, bajo el imperio otomano, Moqa fue un importante puerto de salida para el café árabe y donde barcos con mercancías de todo tipo entraban, salían y, por decreto, paraban a pagar sus impuestos al califato. Entre los siglos XVI y XVIII, este hoy pueblucho árabe era el más vital puerto cafetalero del mundo y el principal, en términos generales, de los países de mayoría árabe. Así se convirtió “moka” en sinónimo de café árabe y de café, a secas, y así podría haber seguido siendo hasta este seis de octubre del año dos mil once. Pero no fue así.

Lo cierto es que el mercado es un monstruo y no lo es porque tenga un aspecto monstruoso, sino porque no tiene melindres a la hora de comerse a quien sea, incluidos –cual Cronos de papel-moneda– sus propios hijos. Se unieron hechos como el que los exploradores europeos llevaran cepas de café moka a sus respectivos soberanos (luego serían plantadas con éxito en Haití, Cuba… ) o que el propio sultán otomano considerara importante fortalecer otros puertos, de modo que el dinero sobrevivió, el café sobrevivió, pero el éxito de Moqa fue devorado. Y la ciudad, claro, regurgitada sin relumbre y con extra de fluidos del declive.

No es la primera vez ni la última que algo así ocurre. El mercado da sentido a la ciudad tal como la entendemos, con sus relaciones humanas basadas en la distancia y la desconfianza mutua, con sus distancias físicas gargantuescas para la zancada humana y sus presuposiciones en cuanto a la normalidad/necesidad de medios de transporte que permitan recorrer (¡y rápido!) esas distancias, así como las que hay entre unas y otras ciudades y en cuanto a que el alma de la ciudad sean las vías de transporte (lo que se recorre, se atraviesa) y no los asentamientos (donde se penetra: las viviendas, los parques, las plazas o cualquier centro social/comunitario)… el mercado, decíamos, le da sentido, y el mercado se lo quita.

Aquí también conocemos eso. Hace treinta años, la industria era el sector axial de la economía en países como España, Francia, Bélgica o los EEUU, además de la envidia de los eufemísticamente llamados subdesarrollados (los empobrecidos). De aquel pescado, queda la raspa. Mucha gente quiso defender su puesto de trabajo cuando le vio las orejas al lobo, pero, pese a la dignidad y combatividad de tantos obreros de astilleros, forjas (¿alguien dijo “Reinosa”?) y minas, de tantos estibadores y torneros, el dios Mercado había sentenciado reconversión y las instituciones dijeron “amén”. Y ahí están las raspas, en Bilbao, en el valle del Deba, en Móstoles, Reinosa, Fourmies o Lieja. En Utica (New York, EEUU) algún chistoso hizo negocio de la espantada postindustrial con pegatinas que decían “Last one out of Utica, please turn out the lights” (“El último en salir de Utica, que por favor apague la luz”). En Bélgica, la decadencia fue más allá y debilitó a los nacionalistas valones, del sur (hasta entonces, más industrializado y próspero), frente a los flamencos, del norte, que eran mayoría demográfica, iban explotando cada vez mejor sus recursos e iban superando los complejos de inferioridad con respecto a su lengua y al supuesto poderío francófono.

Brujas es uno de los mejores indicadores de la historia belga. En un pequeño estado rodeado de Alemania, Francia y el Reino Unido, la ciudad flamenca era, entre los siglos XIII y XV, un punto vital del comercio europeo, uno de los nodos donde se unían las rutas comerciales de dos grandes imperios coloniales y de la próspera Europa septentrional (Alemania, Países Bajos, Suecia). Cuando el designios del mercado y el azar puro fueron que el comercio alterara esas rutas, Brujas cayó en decadencia. A las puertas del siglo XX, se había ganado el apodo de “Brujas la muerta”, como recoge una novela de Georges Rodenbach (Bruges-la-morte, 1892), que la retrata como los mayores de la ciudad la recuerdan: sucia, deteriorada, poco segura, acomplejada por su pasado y sin perspectivas de futuro. La siguiente generación, en cambio, la conocería como una ciudad que había descubierto su potencial turístico y que, con ciertos gastos de restauración y mantenimiento, congelaba su encanto visual medieval en una imagen de miles de postales que ha hecho de ella uno de los motores de la economía belga. El ayuntamiento y su oficina turística disfrutan, como si fuera una pequeña venganza, llamándola “Brujas la viva”. Ni tanto, ni tan calvo, porque quien manda es don Dinero. Brujas la agasajada, la arrastrada por el fango y nuevamente coronada. ¿Quién es la siguiente… ?

viernes, 30 de septiembre de 2011

Timothy McVeigh como verdad (o lo que sea) incómoda

Hablemos de cosas desagradables. Sí, en serio, una vez más, por ese aprecio que, el lector sagaz ya lo habrá apreciado, profesa un servidor por la honestidad y el afán de decorar la verdad con las menos hipocresías posibles.
En este caso, quiero hablar de Timothy McVeigh (1968-2001), pero, sobre todo, le voy a dejar a hablar a él. Para ser sinceros, a la correspondencia que mantuvo con el escritor Gore Vidal y, más concretamente, al artículo de Vanity Fair en que este sintetizó lo aprendido, digamos, de McVeigh.
Lo que yo tengo que decir del hombre del atentado de Oklahoma es poco. Lo que hizo fue monstruoso... pero para un veterano de guerra, no es para tanto. En un primer momento, eso es lo desagradable, imagino, para el estadounidense medio, que McVeigh entra difícilmente en la anomalía social: blanco, de ascendencia irlandesa, de familia cristiana y, para colmo, veterano de la guerra del Golfo Pérsico. Demonios, tendría que ser un héroe en los periódicos... en cambio, puso un camión bomba que mató a 168 personas e hirió a muchas más.
Y, encima, se ponen Vidal y él a cartearse y resulta que es un chico civilizado. No parece el clásico villano de cine con un intelecto hipertrofiado y retorcido, ni un paleto erostratista y vociferante buscando salir en el Libro Guiness de los records. Es uno de entre miles de estadounidenses paranoicos con respecto a las intenciones del gobierno Clinton e indignado ante sus excesos represivos en Waco y Ruby Ridge. Este quizá esté más solo en el mundo y más obsesionado con los mitos del nacionalismo estadounidense (el derecho a portar armas, la Declaración de Independencia) que la mayoría, pero no es un ave tan rara... ese es el colmo de su historia y del intercambio epistolar con Vidal que la contiene: el joven no se muestra arrepentido, tampoco pide clemencia alguna de cara a su condena a muerte, no lanza revelaciones mesiánicas ni verdades absolutas, sólo desgrana, con sus modales de buen chaval, qué le ha llevado hasta ahí y, aunque su lógica política sea ciertamente perversa (aquello de "fines y medios", ya saben), el chico, según dijo el psiquiatra forense que le vio, no padecía otra cosa que "un exagerado sentido de la justicia".
Exactamente tres meses antes del 11 de septiembre de 2001, Timothy McVeigh se convirtió en el mártir de su causa que había querido ser y una inyección letal, muerte administrada por burócratas y debidamente legislada, le envió al lugar que la Ciudadanía Bienpensante reserva para casi todos los vivos y para todos los muertos: el olvido. Para quien no se resigna a entrar en ese rebaño, queda, a nueve páginas, el artículo de Gore Vidal (en el original inglés, me temo):

http://www.vanityfair.com/politics/features/2001/09/mcveigh200109?printable=true&currentPage=all

martes, 27 de septiembre de 2011

La honestidad como ejercicio de boxeo

Eugenio Montes no le tenía ningún odio a Ridruejo, eso que vaya por delante. Me refiero, claro, a don Dionisio Ridruejo, el de hoy soy falangista y promuevo la División Azul, mañana me mosqueo con Franco porque veo que es un encantador de serpientes, pasado me voy de España y al otro me hago una figura de la "oposición democrática"...
A Montes, que sobrevivió a Ridruejo hasta 1982, no le conozco más trayectoria política que la de la Falange Española (en la que estuvo desde el principio), luego FE-JONS y luego FET-JONS, pero Ridruejo contaba de él, en sus Casi unas memorias, lo siguiente:
"En mi primer reencuentro con Montes, en Valladolid y en hora muy temprana de la guerra civil, le vi preocupado y dolido por las cosas crueles que sucedían. Se mataba. Y se fue a Cáceres, donde aún estaba su paisano y conocido -el jefe supremo, aún no del todo proclamado- para pedirle que pusiera freno a aquellas cosas. Se le dijo, claro es, que la guerra era la guerra. Pero Montes no dejó por ello de moverse, para aliviar la suerte de cuantos conocidos suyos estuvieron en peligro o tuvieron dificultades, acudiendo a cualquier poderoso que tuviera a mano, sin reparo de ser tachado de condescendiente o de dudoso. Montes, repito, es piadoso y[,] en la amistad[,] más que piadoso."
Lo que más me interesa del asunto es lo que contaba Castilla del Pino, eminente miembro del PCE y psiquiatra, y es que -pese a lo antes transcrito- en cierta ocasión, ya en la etapa "demócrata" de Ridruejo, Montes le espetó a este lo que tantas otras fieras fascistas como él, con menos paños calientes y remilgos que el democratonto promedio, podrían haberle dicho a todos los de su ralea (Gil Robles, etc.):
"Cuando, como tú, se ha llevado a centenares de compatriotas a la muerte y, luego, se llega a la conclusión de que aquella lucha fue un error, no cabe dedicarse a fundar un partido político: si se es creyente, hay que hacerse cartujo, y, si se es agnóstico, hay que pegarse un tiro".