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miércoles, 18 de junio de 2014

Bajo el hechizo de Ende: El espejo en el espejo

Por aquí no tenemos nada que ofrecer de nuestra cosecha, pero sería un error decir que no tenemos nada. Ha sido volver a leer a Michael Ende y enamorarnos aún más de la literatura. La culpa, en este caso, es de El espejo en el espejo, un conjunto de relatos sin título, ocasionalmente unidos por algún elemento, pero muy autónomos.
Tanto o más que Momo o La historia interminable, estos relatos ofrecen una puerta simbólica poderosa, pero no retorcida, como las de algunos cuentos tradicionales y sueños, para abordar cuestiones de la vida tal como la conocemos o de la condición humana. No querría, si alguien llega a leer esta entrada, crearle expectativas tan grandes como para que el texto pueda decepcionarle... posiblemente Ende no se planteara la escritura de este libro en esos términos, pero diría que consigue que el lector piense en cosas de la mayor importancia y lo hace con elementos simbólicos de lo más sencillo, lo más indispensable del instrumental.

La edición que hemos leído es una traducción de Anton y Genoveva Dieterich publicada por Alfaguara y de ella destacamos, para empezar, este brillante fragmento, posiblemente la mejor explicación del capitalismo (como religión, claro) que hayamos leído nunca:
–¡El dinero lo puede todo! –gritó el predicador–, une a las personas a través del acto de dar y tomar, puede transformar todo en todo, espíritu en materia y materia en espíritu, convierte piedras en pan y crea valores de la nada, se autofecunda eternamente, ¡es todopoderoso, es la forma bajo la que dios está entre nosotros, es dios! Donde todos se enriquecen con todos, ¡se vuelven ricos todos al final! ¡Y donde todos se hacen ricos a costa de todos, nadie paga los gastos! ¡Milagro de milagros! Y si preguntáis, queridos creyentes, ¿de dónde viene toda esta riqueza? Yo os lo digo: ¡viene de su propio beneficio futuro! Su propio provecho futuro es lo que disfrutamos ahora. Cuanto más tengamos ahora, mayor será el beneficio futuro, y cuanto mayor sea el beneficio futuro, más tendremos ahora. De esta manera, somos nuestros propios acreedores y nuestros propios deudores para siempre, y nosotros nos perdonamos nuestras deudas, amén!

sábado, 3 de agosto de 2013

Una de las muchas maneras desagradables de morirse que hay en Madrid

Para mí, el Azul fue uno de los cines de la Gran Vía, aquel en el que vi Cristal oscuro poco antes de cumplir los 13, según me recuerda mi colección de entradas, que recopila diez años.
Hoy día, el local, el 76 de Gran Vía, es un restaurante más de la cadena TGI Friday's, pero hace unos meses supe que también fue escenario de uno de tantos episodios de una Transición que, nos dicen, fue modélica y que, lo sabemos, lo vivimos, ha sido la triste reconciliación entre «los que quisieron ganar y los que quisieron perder, los que mataron a Lorca y los que mataron a Nin» para evitar a cualquier precio salir de la triste normalidad.

Dicho apaño fue bruñido con la sangre de mucha gente y, entre ell@s se contó Jorge Caballero. Jorge tenía 21 años el 28 de marzo de 1980, era anarquista y militante de la CNT y, no contento con serlo, llevaba una insignia que le delataba, no sé si un pin o una chapa, con la A circulada o tal vez el símbolo del anarcosindicato (también depende de la versión). Cuando una banda de una decena de matones de la ultraderecha vio esa insignia, saliendo Jorge y su compañera del cine Azul, se ganó una paliza con puñetazos, patadas, estacazos, porrazos y, en fin, un cuchillo de monte que le atravesó un pulmón y el hígado. Como en otros ataques fascistas de la época, de poco sirvió la ayuda que la chica consiguió, pues Jorge murió en el hospital diecisiete días después, pero a los asesinos les vino muy bien la ayuda de las instituciones.
Tras ser detenidos, la mitad fueron liberados sin cargos y, del resto, a los dos que eran hijos de militares les fue también levantado el procesamiento, de modo que quedaron sólo dos pobres diablos para cargar de facto con el muerto, porque el autor de la puñalada, José Juan o José Antonio (también en esto varían las versiones) Llobregat Ferré, Pepe el Loco, desapareció entretanto de España ‒dicen que con ayuda‒ por muy imputado que estuviera y no se le ha vuelto a ver por la «piel de toro».
Los magistrados de la Audiencia Provincial de Madrid, no contentos con evitar responsabilidades a según quién, dilataron el proceso cuanto pudieron y pidieron una gran suma de dinero como fianza para la acusación. A los dos cómplices, en cambio, se les condenaría en 1987 y a sendas multas de 50.000 ptas por «desórdenes públicos». La policía, por su parte, trataría a los ultras detenidos con comprensión y hasta les invitaría a beber un poco de vino (¿¡!?) y, en las dos ocasiones en que enlaces austríacos de Interpol les informaron de haber localizado a Pepe el Loco en Viena, sus homólogos españoles decidieron... nada. Ni comunicaron lo sabido a la acusación o a nadie ni respondieron hasta un mes más tarde.
No hemos encontrado ninguna confirmación sobre el paradero posterior de Llobregat Ferré, que, según un comentario anónimo en Internet, habría reaparecerido sucesivamente en Venezuela (donde habría intentado matar a otra persona, también de una puñalada), República Dominicana y México, donde dice el anónimo comentador que seguía viviendo hace unos años, con mujer, dos hij@s y una empresa financiada por sus padres.

Así pues, en estos tiempos en que se supone que los malos malísimos a quienes no hay que dar asilo son los Cesare Battisti y Julian Assange, los Joxean Zurutuza y Edward Snowden, se entera uno de esto. Uno, eternamente frustrado por no poder oler la sangre del pasado, por rastrear ¿demasiado o demasiado poco? las pisadas de hollín, grasa y dolor de la historia chica, descubre que la sangre derramada ante el Azul, como en Aluche y en Vallecas, en Santa María de la Cabeza y el bar San Bao como en Malasaña, deja una pista que lleva al exilio tranquilo que los más fieros franquistas de segunda generación se montaron en Latinoamérica con la complicidad de funcionarios españoles y latinoamericanos (especialmente, paraguayos) y ultras italianos.

miércoles, 19 de junio de 2013

Propaganda (I). La falsa palabra

En una especie de proyecto en torno a la propaganda, hemos tenido la idea de leer La fausse parole (existe una versión traducida, La falsa palabra), de Armand Robin (1912-1961) y Propaganda, de Edward Bernays (1891-1995). De este último ya nos ocuparemos más adelante; de momento, hablemos del sorprendente Robin.
La falsa palabra es un librito publicado en 1953 —el mismo año en que murió Stalin, vale la pena recordarlo— que no pretende ser un ensayo ni por su breve extensión ni por la manera en que trata su tema, la propaganda. De hecho, las observaciones del escritor y traductor bretón se refieren sólo a la propaganda abiertamente política y no a la de empresas privadas y más a la de regímenes que a la de partidos u organizaciones, lo que no quiere decir que no dé qué pensar más allá de eso.
Para entender esto, como todo lo que concierne a este libro, hay que mencionar dos de los rasgos fundamentales de la trayectoria de Armand Robin: el primero, que fue un políglota exacerbado que traducía veintiséis lenguas y podía entender grosso modo al menos quince más, lo que le permitía entender las emisiones de un enorme número de radios internacionales y serían esas escuchas agotadoras que devoraron buena parte de su tiempo y de su salud las que acabarían por dar a luz este libro. El segundo, que en el centro de este libro está la lengua rusa, que el bueno de Armand manejaba bien ya antes de viajar a la URSS (1933), un viaje cuyo sentido no era sólo lingüístico, sino que también debía descubrirle los frutos de la revolución rusa sobre el terreno y darle la ocasión de colaborar con la labor de un koljós. Para Robin, enamorado de las plumas de Blok, Esenin, Maiakovsky y Pasternak, todos literatos para quienes la revolución de 1917 había sido necesaria, pero no suficiente, aquella URSS con la que simpatizaba fue una gran y dolorosa decepción y el retorno a Francia, una suerte de abandono de su población que sólo podía paliar escuchando el parloteo de sus opresores, la radio estatal soviética.
Así se entiende el lento viraje de A. R. a un anarquismo que le era más una necesidad que una forma de activismo y su relación masoquista con la radio soviética, así como su encarnizamiento —insistimos, racional y visceral a la vez— contra aquel régimen, que se convirtió en el mejor ejemplo, que no el único, de aquello que Robin intentaba describir y denunciar con esa fascinación que despierta el Enemigo cuando parece muy difícil o imposible de vencer.
Pese a su brevedad, La fausse parole nos obligó a subrayar varios de sus pasajes y esto no es así sólo por el contenido de las emisiones que dieron lugar al libro, también lo es por la denuncia que en él se hace de la deshonestidad intelectual que preside la propaganda. Nos referimos a frases como
Lo que nunca se expresa, ni siquiera de modo muy oscuro, en esa propaganda es la petición de principio, de carácter metafísico, según la cual el adversario es ontológicamente el mal (...) en lo que a él respecta, el listón del absurdo debe ser rebasado a cada momento y el absurdo debe ser perfecto, a fin de desanimar al Espíritu y el medio del Espíritu: el Verbo. Nada debe significar nada.
o
Es lógico que todo caso de guerra contra las facultades de la mente culmine en violación del silogismo.
o aún
El tiempo ya no va a ninguna parte. Los hechos aparentes son innumerables y su presión sobre los corazones se agrava; caen de manera cada vez más precipitadamente, pero son sólo aspectos engañosos que toma la universal tentativa.
que nos remiten a La historia interminable.
Se supone que sean los tratados y panfletos los textos que más alumbren la crítica de la realidad y la búsqueda de otra mejor, pero a veces, como en la novela de Michael Ende, es la narrativa o la poesía (valga la redundancia) quien mejor lo hace. Nunca desde que leímos, hace más de cuatro años, la conversación entre Atreyu y Gmork, nos habíamos encontrado con una defensa de la Verdad tan simple y contundente.
La ética sólo puede ser práctica, no mera retórica o literatura ni desfogue para nuestras neurosis, y en el caso concreto de la Mentira, el problema con ella no es que «esté mal» porque sí, sino que la cultura de la mentira vuelve sospechosa a la Verdad, mina la posibilidad de ser sincer@s y, al poner bajo sospecha todo hecho que no provenga de la propia experiencia, destruye la posibilidad de la fiabilidad o confianza en la comunicación humana, convirtiendo la palabra en puro ruido al servicio de intenciones ocultas (una «falsa palabra»).

sábado, 1 de junio de 2013

La maldición de vivir en futuro: esperanza y desesperación

Condorcet, el gran matemático, el cerebro científico de la era de «las Luces», defendió lo inevitable del progreso humano en Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano. Escribió sobre eso escondido en casa de una protectora, sabiendo que, de ser descubierto, le esperaba la guillotina, de la que sólo una muerte más prematura (un edema pulmonar o tral vez el suicidio) le salvaría.

Unica Zürn, después de su primer internamiento psiquiátrico, escribió «La liberación de la esperanza es la liberación total», como una década antes de suicidarse lanzándose por una ventana a las fauces de la libertad última.

Alejandra Pizarnik, amiga de Julio Cortázar, había escrito en una carta a Silvina Ocampo: «el mero hecho de que él, Julio, exista en este mundo, es una razón para no tirarse por la ventana». Julio, después de que Alejandra le contara su segundo intento de suicidio y posterior internamiento, le escribió una carta con toda su ternura y cierta seriedad envuelta en humor, que termina
Sólo te acepto viva,
sólo te quiero Alejandra.

domingo, 10 de febrero de 2013

Ni entretenimiento, ni la voz de ningún dios

En poco tiempo hemos rememorado dos de las cosas más interesantes sobre la poesía -entiéndase en el sentido más amplio- que hayamos escuchado en mucho tiempo. Se complementan bien, creemos, porque, juntas, aportan orgullo y humildad, una manera de estar en el mundo que nos gusta.
Por un lado, Izet Sarajlic. Este poeta bosnio (1930-2002), durante el asedio de su Sarajevo, el más largo de ninguna ciudad en la historia del siglo XX, se escribe con su amigo Erri de Luca (correspondencia publicada en italiano como Lettere fraterne). Le dice que, en una ciudad militarizada, amenazada y con el suministro de luz cortada, la gente sigue reuniéndose por las noches para recitar poemas, sea llevando consigo libros o de memoria. Apostilla con cierto orgullo:

«¿Quién ha hecho el turno de noche para impedir que se pare el corazón del mundo? Nosotros, los poetas.»

Más recientemente, los argentinos Río Rojo, grupo musical adherente a la organización Razón y Revolución, abrían su disco Podemos ganar (2010) musicando el Manifiesto del veterano Nicanor Parra, lo podéis escuchar aquí.
La letra, en cualquier caso, es esta:

Señoras y señores: esta es nuestra última palabra. -Nuestra primera y última palabra- ¡Los poetas bajaron del Olimpo!
Para nuestros mayores, la poesía fue un objeto de lujo, pero para nosotros es un artículo de primera necesidad: no podemos vivir sin poesía. Nosotros sostenemos que el poeta no es un alquimista El poeta es un hombre como todos. Un albañil que construye su muro. Un constructor de puertas y ventanas. Nosotros denunciamos a todos estos señores por construir castillos en el aire, por malgastar el espacio y el tiempo redactando sonetos a la luna, por agrupar palabras al azar a la última moda de París. Para nosotros, no: el pensamiento no nace en la boca, nace en el corazón del corazón. Nosotros repudiamos la poesía de gafas obscuras, la poesía de capa y espada, la poesía de sombrero alón. Propiciamos, en cambio, la poesía a ojo desnudo, la poesía a pecho descubierto, la poesía a cabeza desnuda. Mientras ellos estaban por una poesía del crepúsculo, por una poesía de la noche, nosotros propugnamos la poesía del amanecer. Este es nuestro mensaje, los resplandores de la poesía deben llegar a todos por igual: la poesía alcanza para todos. Contra la poesía de las nubes, nosotros oponemos la poesía de la tierra firme -Cabeza fría, corazón caliente; somos tierrafirmistas decididos- Contra la poesía de café, la poesía de la naturaleza; contra la poesía de salón, la poesía de la plaza pública, la poesía de protesta social.
¡Los poetas bajaron del Olimpo!









El cuadro es Das grosse Ei (1962), de Edgar Ende

domingo, 27 de enero de 2013

Lo que me contó Hubert Aquin

Quise leer algo de Hubert Aquin (1929-1977) por pura curiosidad; no había leído nada de literatura francocanadiense y me había impactado leer en la Suicipedia (también conocida como nº 3, «Suicidios y literaturas», de la extraña revista Vacaciones en Polonia) sobre este montrealés que pasó de director de películas en la radiotelevisión pública canadiense a fugaz insurgente armado por la independencia de Québec y contra el capitalismo y de ahí a reputado escritor.

Encontrándome en un país francófono, no quise posponer más el momento de echarle un ojo y, de los dos libros que las bibliotecas ponían más a mi disposición, me incliné por Prochain épisode, que, al igual que sus demás obras, nunca ha sido traducido al castellano. Ha sido un flechazo. A caballo entre la revolución cubana -entonces reciente- y el bicentenario de la anexión de Québec al Imperio Británico, entre la calidez humana de las melodías de Jobim y la fría eficiencia que exige el deber (el de un terrorista de incógnito o el de un banquero suizo), entre referencias geográficas que me llaman, la paz residencial de Montréal y las aguas verdes del Ródano, Aquin cuenta una historia que siento hecha para mí. Más concretamente: Hubert Aquin, en el psiquiátrico donde esperaba juicio, tras alegar enajenación mental, empieza a escribir la historia de un insurgente quebequés de su edad que espera juicio en un psiquiátrico y que decide escribir una novela de espías. Así, los tres sujetos concéntricos se mezclan y la omnipotencia del narrador choca con el minúsculo poder del individuo sumido en la historia, el placer choca con el sacrificio, las grandes promesas de las revoluciones liberales chocan con sus resultados y los dulces y escasos momentos vividos junto a la misteriosa K., una de esas musas inolvidables, chocan con las temporadas en que ella desaparece y con casi todo lo demás. Entre el amor pacífico y el amor por la destrucción de cuanto bloquea los senderos al futuro, saltando de las campañas romanas en Helvecia a Bakunin y de Papineau a lord Byron, Prochain épisode («Próximo episodio») no me ha dado oportunidad de pensar que sólo leía un libro, que no tenía nada que ver con mi vida. De todo el texto de la novela, creo que destacaría este fragmento -al que añado su traducción-:
Il n’y a plus rien de certain que ton nom secret, rien d’autre que ta bouche chaude et humide, et que ton corps merveilleux que je réinvente, à chaque instant, avec moins de précision et plus de fureur. Je fais le décompte des jours à vivre sans toi et des chances de te retrouver quand j’aurai perdu tout ce temps : comment faire pour ne pas douter ?
Ya no hay nada seguro, salvo tu nombre secreto, nada más que tu boca cálida y húmeda y tu cuerpo maravilloso que reinvento, cada instante, con menos precisión y más furor. Echo la cuenta de los días que me quedan por vivir y las posibilidades de volver a encontrarte cuando haya perdido todo ese tiempo: ¿cómo hacer para no dudar?

lunes, 3 de diciembre de 2012

La melancolía según A. Pizarnik

Hacía tiempo que no leíamos algo tan curioso -pese a lo breve y, aparentemente, no demasiado ambicioso- como La condesa sangrienta, el trabajo más largo en prosa de Alejandra Pizarnik (1936-1972). La edición que hemos leído, de hace dos años, está deliciosamente ilustrada en blanco, negro y rojo por Santiago Caruso, dando como resultado una atmósfera coherente entre sus dibujos, de un simbolismo muy poderoso, y el estudio de Pizarnik (que parte de una reseña/traducción del escrito por Valentine Penrose en 1957), que explora de manera personal la figura de Erzsébet Báthory y todo lo que ella encarnó: el sadismo, el horror, la sociopatía de l@s poderos@s; su vida aislada, permanentemente melancólica y displicente.

Sobre el tema de la melancolía, Alejandra Pizarnik, que se suicidaría siete años después de publicar esto por primera vez, escribe:


Un color invariable rige al melancólico: su interior es un espacio de color de luto; nada pasa allí, nadie pasa. Es una escena sin decorados donde el yo inerte es asistido por el yo que sufre por esa inercia. Éste quisiera liberar al prisionero, pero cualquier tentativa fracasa como habría fracasado Teseo si, además de ser él mismo, hubiera sido el Minotauro; matarlo, entonces, habría exigido matarse. (…) Creo que la melancolía es, en suma, un problema musical: una disonancia, un ritmo trastornado. Mientras afuera todo sucede con un ritmo vertiginoso de cascada, adentro hay una lentitud exhausta de gota de agua cayendo de tanto en tanto. De allí que ese afuera contemplado desde el adentro melancólico resulte absurdo e irreal y constituya «la farsa que todos tenemos que representar».

jueves, 30 de agosto de 2012

Joyeux anniversaire!

Querido Jann-Marc:

Ante todo, feliz cumpleaños. Me permito escribirte en castellano por dos motivos: el primero es que dijiste que lo entendías; el segundo, que seguramente no llegues a leer nunca esta carta, por lo que vas a ser, como diría un lingüista, su destinatario, pero no su receptor (este papel lo jugarán quienes lean este blog). Esto es, básicamente, una buena noticia, ya que esta carta es una suerte de sustituto de la que había pensado en escribirte si hubieras seguido entre los muros de Muret.

Si no me equivoco, este sexagésimo cumpleaños es el segundo que celebras de verdad, fuera de prisión, en 4 años y el tercero en 26. Se dice pronto. Como -ya está dicho- es más probable que esta carta la lean otras personas que que lo hagas tú, entenderás que haga de ella algo distinto que un intento de comunicación de un lado a otro de los muros carcelarios y de las singularidades personales.
En primer lugar, es una reivindicación de la honestidad, algo que tú no has inventado, pero sí cultivado. De haber nacido treinta años antes y no durante la vida de Action Directe, quizá tampoco habría apoyado algunas de vuestras acciones, tal vez ni siquiera habría apoyado todas las de los GAI-GARI, pero respeto y comparto el fondo de vuestra acción y discurso y pienso que cualquier anticapitalista honesto lo haría, incluso quienes prefieran promover y practicar sólo las acciones no-violentas. Más aún, recuerdo haber visto el documental Ni vieux, ni traîtres ("Ni viejos, ni traidores", visible gratis y con subtítulos en castellano aquí) y cómo, a partir de los 87'57", tu carta, leída por uno de los directores, hace una crítica serena e implacable de la implicación política de vuestra generación, de su fracaso y de su escasez. Entre los lobos de la autocomplacencia y el precipicio de la traición, elegiste volar. Te negaste a elegir cuando la elección era toda ella una trampa. Bien por el hecho en sí y por el desmentido de tópicos como que hoy día no hay referentes de valores o -la clase de frase que puedes escuchar en España, te lo aseguro- que "faltan cojones", así, en general.
En segundo lugar, esta carta es un mensaje para otras personas que tampoco podrán leerla. Por ejemplo, para Mario, que sigue desaparecido (y muy bien que hace) porque no le perdonan haber sido de los GAI-GARI hace 37 años. Como se niegan a perdonarle en las policías españolas, se niegan -por falta de interés y paladas de ignorancia- en las de Francia, Finlandia o Canadá. Y Mario, entre tanto, seguirá tan flamenco y rebelde corriendo, acosado pero libre, en esta noche de Luna llena.
También para Salvador, Enric y Oriol que, como tod@s l@s muert@s, son invencibles pero que, a diferencia de much@s muert@s, no tienen que alimentar la tierra bajo la losa del oprobio que supone una vida de colaboración con la Muerte misma. Salvador era apenas nueve meses mayor que mi propio padre, el tiempo que tarda en germinar un ser humano, y me parece un buen ejemplo de lo que decía Brecht y que citaba Jacques (en uno de los pocos momentos en que no sonreía), también en Ni vieux, ni traîtres (80'36"), eso de "Nuestras derrotas, lo único que demuestran es que somos poc@s l@s que luchamos contra la infamia y de l@s espectadores esperamos que, al menos, se sientan avergonzad@s".
También para Jean-Claude y para Joëlle, entre otras cosas, porque la vida en sí misma es dura (y más, en prisión) y porque fue ella quien formuló, en esta entrevista, la frase que yo te adjudicaba a ti y que explica perfectamente vuestro noble rechazo del arrepentimiento. La idea -que Nathalie, Georges y tú mismo habéis defendido- de que vuestras acciones habían pretendido ser contribuciones a la lucha de clases y, como tales, abjurar de ellas habría equivalido a intentar reapropiároslas, negárnoslas a l@s demás y contribuir a nuestra desposesión de referentes colectivos.
De hecho, aunque no creo que tú les conocieras personalmente, esta carta también es un guiño a Naparra y Pertur, mejores miembros de vuestra generación que much@s de quienes les sobrevivieron, porque hoy se está hablando de desaparecid@s y parece que nadie quiera acordarse de que l@s últim@s desaparecid@s polític@s en España no son del 39, ni de ningún otro año anterior al 76.

En definitiva, el sentido de esta carta tiene que ver con reivindicarte como sujeto, no sólo un nombre en los libros de contrahistoria o en esos periódicos de hemeroteca que tanto miedo dan a algun@s; tiene el sentido de decir que, jóvenes, madur@s o ancian@s, aquí seguimos, armad@s de memoria y de voluntad e intentando montar un polvorín de coraje y dignidad, a ver qué tal se nos da.
Una confidencia, para acabar. Mirándome al espejo, le he pedido un favor a mi reflejo, uno solo. Le he pedido que, si yo también acabara abjurando de la Revolución y la Idea, postrándome ante la Bestia capitalista, me escupa en la cara sin contemplaciones y con mucha bilis. Ha sonreído, que es su manera de aceptar el trato.
Seguiré leyéndote, seguiremos del mismo lado de la barricada. Sé feliz,


B

jueves, 23 de agosto de 2012

La desesperación y sus cimas y crímenes

Una de las frases más famosas que André Breton escribió en el segundo manifiesto surrealista decía que «el acto surrealista más sencillo consiste en bajar a la calle, revólver en mano, y tirar al azar contra la muchedumbre». Se trata, nos decimos, de una mera idea, expresión del mismo asco y hastío de que Breton habla en ese mismo texto a continuación... una idea, no obstante, de la que ya había hablado con más credibilidad Émile Henry en una carta pocos años antes de que Breton naciera, sosteniendo que «nadie es inocente». El mismo Émile Henry que había vengado a las víctimas de la matanza estatal de Fourmies y a Ravachol poniendo una bomba que sería llevada a la parisina comisaría de la rue des Bons-Enfants (donde mataría a cinco agentes) y que seguiría con su modesta campaña una semana después de la muerte de Auguste Vaillant en la guillotina arrojando otra bomba casera contra la lámpara de araña del café burgués Terminus, donde el propio Henry parecía tranquilamente sentado como un cliente cualquiera. El mismo Henry que, según algunas fuentes, habría dado «Breton» como apellido falso a la policía en el momento de ser detenido, un tiempo antes de escribir esa terrible frase, y el mismo Henry, hijo de la derrota sangrienta de la Comuna de París, que se habría convertido, con tan poco selectivas bombas, en el «ángel vengador» de aquel tiempo desesperado y miserable y de los crímenes de su burguesía entera, de su sociedad al completo, incluso.
El mismo que prefigura tanto a Mateo Morral como a Timothy McVeigh y que, a menos que se deje uno llevar por el sensacionalismo (y aún así... ) queda ensombrecido por el puñal quirúrgico de Sante Caserio y por la bomba inocua, simbólicamente hiriente, que arrojó el mentado Vaillant en la sede el poder legislativo.

Es curioso, en todo este asunto, que la frase de Breton pueda ser considerada tanto una licencia poética como una invitación a la violencia más extrema y misantrópica y que, en este sentido, como en otros, Albert Camus la emprendiera con él y, en general, con el Grupo Surrealista -no así con el surrealismo- por ese uso de la fantasía como evasión (y en este caso, como pataleta). Michel Onfray parafrasea la indignación de Camus al respecto preguntándose «¿Y si alguien lo hace?» y afirmando (a partir de los 37'47'' de este vídeo) «El concepto es peligroso; son materiales inflamables, las palabras, y hay que usarlas con justicia y justedad».
Probablemente, todo esto dice mucho más de la frustración y sus vías de escape en la fantasía que de nuestros aciertos y fórmulas reales para enfrentarnos a nuestros problemas concretos en la realidad concreta, vengan de l@s surrealistas, de Camus o de quien sea... de todos modos, no está de más recordar esta polémica, pues está tan arraigada la impotencia en los círculos anticapitalistas que hablar de matar, mutilar, herir o amenazar con hacer cualquiera de estas cosas se considera normal y, si bien esto se puede relacionar al 50% con la historia de las épocas anteriores (y de algunas sociedades de nuestro tiempo), me temo que el otro 50% deba imputarse a nuestro afán esquizoide de fantasear con lo que, de hecho, no creemos que podamos llegar a hacer/ser. El lema de esas fantasías sería algo así como «Dado que quizá nunca tengamos fuerza social para hacer ese daño físico, ¿por qué amargarnos las fantasías con dilemas éticos sobre hablar de niveles de violencia que están a años-luz de lo que hacemos y de lo que pretendemos hacer a corto plazo?».
En la práctica, todo esto no nos parece tanto una vulgarización de cierto debate (el debate sobre qué acciones, tácticas y estrategias pueden incluir el uso de la fuerza contra otras personas) como una banalización de la violencia que nos produce este sistema, nuestra impotencia y su banalización en otros ámbitos (TV, cine, literatura, videojuegos, cómics, etc.). En este sentido, si a algo nos recuerdan las reservas de Camus sobre Breton y su explicación por Onfray es a El rey pescador.
El argumento de esta película de Terry Gilliam se basa en el encuentro entre Jack, un locutor de radio interpretado por Jeff Bridges, y Parry, un sin techo con problemas mentales interpretado por Robin Williams. Lo curioso de la relación entre ambos estriba en que Parry ha pasado de ser un tipo acomodado cualquiera a ser un sin techo desquiciado después de que un oyente de Jack, frívolamente aconsejado por él en este sentido, matara a tiros a un grupo de desconocid@s entre l@s que estaba la mujer de aquel.

domingo, 15 de julio de 2012

Mierda de la que nacen flores

En cuestión de documentales sobre el punk, probablemente lo más conocido sea West Way to the World (sobre The Clash), The Future Is Unwritten (sobre Joe Strummer, en concreto) o The Filth and the Fury (sobre los Sex Pistols), pero, sin haber visto este último, queremos compartir nuestro entusiasmo por Música en las venas. Producido por y emitido en Factor Humano -de Euskal Telebista- en 2002, se trata de un reportaje largo (73 minutos) más que de un documental y no se acerca tanto al punk propiamente dicho como al llamado «rock radical vasco», sean grupos más rockeros (Tahúres Zurdos, Barricada), más punks (MCD, Zarama, RIP, Cicatriz, VulpeSS) o más difíciles de clasificar (Tijuana in Blue), pero el resultado, para quienes amamos el punk rock y hemos nacido en la generación siguiente, es apasionante.
Quizá sea cierto que el punk está muerto, en cuanto que a sus protagonistas siempre les importó un higo lo que dijeran l@s demás, incluidos esos supuestos certificados de defunción; quizá ni siquiera sea un género musical, sino el sonido de la chusma apoderándose de aquello que, normalmente, estaría en manos de otros -para el caso, amplis, micros e instrumentos- y utilizándolo; quizá a este reportaje le falten ciertos nombres (Hertzainak, La Polla, Kortatu, Jotakie, Kontuz Hi) o le sobre a la reportera un poco de verborreica capacidad de interrupción -reportera a la que, por lo demás, se le agradece la naturalidad y cercanía con que aborda el tema-. Lo cierto, en todo caso, es que entre un@s y otr@s nos ofrecen un retrato sencillo y tejido por l@s propi@s protagonistas de un mundo barroco y lleno de energía amateur, repleto de excesos, humor, gamberrismo, violencia y pasión juvenil, desbordante de humanidad.

Contra nuestra tendencia habitual, no hemos podido evitar ver Música en las venas de principio a fin y, si ha habido un momento decisivo en ello, una intervención clave, ha sido la primera de Gavilán o Eskroto (Marco Antonio Sanz de Acedo, de Tijuana in Blue y de Kojón Prieto y los Huajolotes). En el fragmento de medio minuto, aprox., que empieza a los 4'46", podemos ver a este punk-mariachi pamplonica, cerca de cumplir los 37 años (un año antes de morir en lo que probablemente fuera un suicidio) que, inconfundiblemente napartarra, gruñón y rebelde dice:
Ahora se supone que tienes que cambiar, ves las cosas más objetivamente y tal y cual y, entonces, más a sentarte y decir "amén" y, cuando llevas un buen cacho de pastel de esta miserable vida comido, que te lo han hecho tragar, llegas a la conclusión de que -con toda nuestra ingenuidad, incluso gilipollez, si quieres- teníamos más razón que el copón.
Se puede ver gratuitamente aquí.

domingo, 17 de junio de 2012

Esos escritores...

De nuevo, no tenemos por aquí mucho que contar al lector.
Sumidos en un marasmo existencial del que ya se verá qué sale, no tenemos nuevos relatos o poemas que ofrecer, ni tiempo para dedicar a alguna historia intrahistórica, ni ninguna reflexión interesante que proponer (pese a andar en una danza casi compulsiva entre Wallace, los cínicos, Cioran, Michael Ende, Pessoa y algo de Nietzsche).

En cambio, rescatamos de nuestra colección de fragmentos leídos interesantes uno que releímos hace poco y que es, quizá, la mejor muestra del amor por la literatura que destila el capítulo al que pertenece y toda la novela Brooklyn Follies:

No había normas en lo que se refería a escribir, afirmó. Cuando se consideraba la vida de poetas y novelistas, se acababa frente a un absoluto caos, una infinita sucesión de anomalías. Eso se debía al hecho de que escribir era una enfermedad, prosiguió Tom, algo así como una infección o gripe del espíritu que podía atacar a cualquiera en el momento más insospechado. Al joven y al viejo, al fuerte y al débil, al borracho y al sobrio, al cuerdo y al loco. Echa un vistazo a la lista de los gigantes y semigigantes, y descubrirás a escritores que siguieron todo tipo de tendencias sexuales, que asumieron todas las posiciones políticas, que mostraron todas las facetas del espíritu humano: del idealismo más noble a la corrupción más insidiosa. Eran criminales y abogados, espías y médicos, soldados y solteronas, viajeros y enclaustrados.

Paul Auster, Brooklyn Follies, traducción de Benito Gómez Ibáñez, pág. 154

martes, 15 de mayo de 2012

Un poco de Vian y un poco de Pessoa

Por un lado, quiero compartir la última entrega de No se fíe de nosotros, ciber-emisión de radio que debería haber recomendado antes y en la que he tenido el placer de colaborar hablando -adivinen- de Boris Vian:


Por otro, he encontrado, en un relato de René Frégni, unos versos (los primeros) de Tabacaria, que Fernando Pessoa firmó como «Álvaro de Campos». No hace falta haber estudiado portugués para entender este monumento en tres versos:
Não sou nada.
Nunca serei nada, não posso querer ser nada.
À parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo.

domingo, 12 de febrero de 2012

Humano

La foto que acompaña esta entrada es conocida para cualquiera que se haya interesado por Friedrich Nietzsche: dos filósofos entrados en la treintena, Paul Rée y el propio F. N., posan en actitud de irónica sumisión con Lou Salomé, una brillante jovencita de apenas 20 años.
Ambos deseaban a Salomé y ambos tuvieron su interés y su compañía intelectual... y, de cuanto deseaban más allá de esto, nada. Rée, que se mantuvo cerca de ella veinte años más, cocinó su desencanto a fuego lento durante todo ese tiempo. Unos años después, ella conocería a otro hombre (Friedrich Carl Andreas), un orientalista considerado reservado y carente de atractivo físico, que se clavaría una navaja en el pecho por no tener aún su amor, consiguiendo que ella aceptara casarse con él a cambio de no consumar nunca el matrimonio.
Dicen -Salomé, entre otr@s- que fue este (grotesco) emparejamiento lo que puso a Paul Rée en la pendiente que le llevaría, años después, a quitarse la vida allí donde Lou von Salomé le había rechazado, veinte años después. Es posible que Rée sólo se matara por accidente en una de muchas peligrosas travesías por la montaña.
En cuanto a Nietzsche, que asumió la derrota en cuanto se la encontró, emprendió poco después la escritura de Así habló Zaratustra, intentando volcarse en ese trabajo y superar el desamor. Al respecto, escribió en una carta -dirigida, precisamente, a Rée- esta humanísima frase:
Si no encuentro la piedra filosofal para convertir esta mierda en oro, estoy perdido.