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miércoles, 19 de marzo de 2014

Saber morir: últimas cartas antes de ser fusilado


Quizá el mayor reto en la vida sea saber vivir y, para ello, probablemente haga falta saber morir. Del libro La vie à en mourir. Lettres de fusillés (que también se publicó en traducción al castellano: Vivir a muerte. Las últimas cartas de los fusilados en los campos de concentración) me han impresionado muchas cosas, pero una por encima de todo. Me refiero a la serenidad lúcida con que muchos parecen afrontar su muerte y, en concreto, los casos de Fernand Zalkinow, que lo hizo a los 18 años, y Marcel Rayman, a los 20. El caso de Marcel Rayman es aún más chocante, ya que el joven, confrontado a la muerte, desborda vitalidad.
La traducción de Dánae Barral Hortet publicada por la editorial Barril Barral, dicho sea con el debido respeto y la debida humildad, no me convence, como tampoco otras decisiones editoriales –un subtítulo absurdo, pues muchos de ellos nunca fueron a campos de concentración, erratas de la edición original no corregidas, etc.–, por lo que me permito traducir a mi manera tanto el fragmento de Zalkinow, como la carta de Rayman y las reseñas biográficas, un tanto resumidas.

«Me parece que todo ha sido alegre en mi infancia, junto a vosotros. Habría estado muy bien vivir, amar. Me parece que nunca he sido tan joven como en este momento. Hoy hace sol y estoy muy contento.

(…)

Quizá toda la vida haya sido sólo un sueño. Nunca creí que la muerte fuera para Mí. Los demás podían morir, ¡yo, no! Y creo que aún no lo creo, tal vez es por eso por lo que soy tan valiente.

Los compañeros y yo no hemos sido cobardes. Lo que pasa es que es muy difícil, quienes no han pasado por esto no pueden saberlo. Sí que somos niños, unos y otros; nunca hemos pretendido ser héroes, no hay que pedirnos demasiado.

Hemos pedido como última gracia morir juntos; si nos la conceden, ya será mucho más fácil, somos capaces de morir sonriendo.»



Fernand Zalkinow (1923-1942), en la carta a su hermana mayor.

Peletero después de haber sido administrativo, militó en las Juventudes Comunistas desde el verano de 1940, en los Batallones de la Juventud (verano del 41) y fue miembro del comando que mató al aspirante de marina Alfons Moser en Barbès (París) y del que atacó a un suboficial alemán en el bulevar de Strasbourg, entre otras acciones. Fue detenido el 31-X-41 y fusilado el 9-III-42 con otros seis jóvenes resistentes. Su padre, Nojm, fue fusilado cinco meses más tarde y el resto de la familia, deportados a Auschwitz y Sobibor y gaseados.






«Mi querido Simon,



Cuento contigo para hacer por mí todo lo que yo no puedo hacer. Te mando un abrazo, te adoro, estoy contento, vive feliz, haz feliz a Mamá como habría querido hacerlo yo si hubiera vivido. Viva la vida hermosa y alegre, que todos tendréis. Avisa a mis amigos y camaradas de que les quiero a todos. No hagas caso si esta carta es alocada, es que no puedo quedarme serio.



Marcel»



Marcel Rayman (1923-1944), carta a su hermano Simon (1928-¿?).

Llegó de Polonia con sus padres en 1930, trabajó como tejedor y se unió a la MOI,  después a la Unión de la Juventud Judía y, en fin, a los FTP-MOI, hasta convertirse en responsable militar del Equipo Especial en el verano de 1943, una de cuyas acciones fue la ejecución del SS-Standartenführer Julius Ritter (28-IX-43). Figura en el famoso cartel rojo con la inscripción «13 atentados» y fue uno de los 22 fusilados en el monte Valérien el 21-II-44.

miércoles, 19 de junio de 2013

Propaganda (I). La falsa palabra

En una especie de proyecto en torno a la propaganda, hemos tenido la idea de leer La fausse parole (existe una versión traducida, La falsa palabra), de Armand Robin (1912-1961) y Propaganda, de Edward Bernays (1891-1995). De este último ya nos ocuparemos más adelante; de momento, hablemos del sorprendente Robin.
La falsa palabra es un librito publicado en 1953 —el mismo año en que murió Stalin, vale la pena recordarlo— que no pretende ser un ensayo ni por su breve extensión ni por la manera en que trata su tema, la propaganda. De hecho, las observaciones del escritor y traductor bretón se refieren sólo a la propaganda abiertamente política y no a la de empresas privadas y más a la de regímenes que a la de partidos u organizaciones, lo que no quiere decir que no dé qué pensar más allá de eso.
Para entender esto, como todo lo que concierne a este libro, hay que mencionar dos de los rasgos fundamentales de la trayectoria de Armand Robin: el primero, que fue un políglota exacerbado que traducía veintiséis lenguas y podía entender grosso modo al menos quince más, lo que le permitía entender las emisiones de un enorme número de radios internacionales y serían esas escuchas agotadoras que devoraron buena parte de su tiempo y de su salud las que acabarían por dar a luz este libro. El segundo, que en el centro de este libro está la lengua rusa, que el bueno de Armand manejaba bien ya antes de viajar a la URSS (1933), un viaje cuyo sentido no era sólo lingüístico, sino que también debía descubrirle los frutos de la revolución rusa sobre el terreno y darle la ocasión de colaborar con la labor de un koljós. Para Robin, enamorado de las plumas de Blok, Esenin, Maiakovsky y Pasternak, todos literatos para quienes la revolución de 1917 había sido necesaria, pero no suficiente, aquella URSS con la que simpatizaba fue una gran y dolorosa decepción y el retorno a Francia, una suerte de abandono de su población que sólo podía paliar escuchando el parloteo de sus opresores, la radio estatal soviética.
Así se entiende el lento viraje de A. R. a un anarquismo que le era más una necesidad que una forma de activismo y su relación masoquista con la radio soviética, así como su encarnizamiento —insistimos, racional y visceral a la vez— contra aquel régimen, que se convirtió en el mejor ejemplo, que no el único, de aquello que Robin intentaba describir y denunciar con esa fascinación que despierta el Enemigo cuando parece muy difícil o imposible de vencer.
Pese a su brevedad, La fausse parole nos obligó a subrayar varios de sus pasajes y esto no es así sólo por el contenido de las emisiones que dieron lugar al libro, también lo es por la denuncia que en él se hace de la deshonestidad intelectual que preside la propaganda. Nos referimos a frases como
Lo que nunca se expresa, ni siquiera de modo muy oscuro, en esa propaganda es la petición de principio, de carácter metafísico, según la cual el adversario es ontológicamente el mal (...) en lo que a él respecta, el listón del absurdo debe ser rebasado a cada momento y el absurdo debe ser perfecto, a fin de desanimar al Espíritu y el medio del Espíritu: el Verbo. Nada debe significar nada.
o
Es lógico que todo caso de guerra contra las facultades de la mente culmine en violación del silogismo.
o aún
El tiempo ya no va a ninguna parte. Los hechos aparentes son innumerables y su presión sobre los corazones se agrava; caen de manera cada vez más precipitadamente, pero son sólo aspectos engañosos que toma la universal tentativa.
que nos remiten a La historia interminable.
Se supone que sean los tratados y panfletos los textos que más alumbren la crítica de la realidad y la búsqueda de otra mejor, pero a veces, como en la novela de Michael Ende, es la narrativa o la poesía (valga la redundancia) quien mejor lo hace. Nunca desde que leímos, hace más de cuatro años, la conversación entre Atreyu y Gmork, nos habíamos encontrado con una defensa de la Verdad tan simple y contundente.
La ética sólo puede ser práctica, no mera retórica o literatura ni desfogue para nuestras neurosis, y en el caso concreto de la Mentira, el problema con ella no es que «esté mal» porque sí, sino que la cultura de la mentira vuelve sospechosa a la Verdad, mina la posibilidad de ser sincer@s y, al poner bajo sospecha todo hecho que no provenga de la propia experiencia, destruye la posibilidad de la fiabilidad o confianza en la comunicación humana, convirtiendo la palabra en puro ruido al servicio de intenciones ocultas (una «falsa palabra»).

sábado, 1 de junio de 2013

La maldición de vivir en futuro: esperanza y desesperación

Condorcet, el gran matemático, el cerebro científico de la era de «las Luces», defendió lo inevitable del progreso humano en Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano. Escribió sobre eso escondido en casa de una protectora, sabiendo que, de ser descubierto, le esperaba la guillotina, de la que sólo una muerte más prematura (un edema pulmonar o tral vez el suicidio) le salvaría.

Unica Zürn, después de su primer internamiento psiquiátrico, escribió «La liberación de la esperanza es la liberación total», como una década antes de suicidarse lanzándose por una ventana a las fauces de la libertad última.

Alejandra Pizarnik, amiga de Julio Cortázar, había escrito en una carta a Silvina Ocampo: «el mero hecho de que él, Julio, exista en este mundo, es una razón para no tirarse por la ventana». Julio, después de que Alejandra le contara su segundo intento de suicidio y posterior internamiento, le escribió una carta con toda su ternura y cierta seriedad envuelta en humor, que termina
Sólo te acepto viva,
sólo te quiero Alejandra.

jueves, 30 de agosto de 2012

Joyeux anniversaire!

Querido Jann-Marc:

Ante todo, feliz cumpleaños. Me permito escribirte en castellano por dos motivos: el primero es que dijiste que lo entendías; el segundo, que seguramente no llegues a leer nunca esta carta, por lo que vas a ser, como diría un lingüista, su destinatario, pero no su receptor (este papel lo jugarán quienes lean este blog). Esto es, básicamente, una buena noticia, ya que esta carta es una suerte de sustituto de la que había pensado en escribirte si hubieras seguido entre los muros de Muret.

Si no me equivoco, este sexagésimo cumpleaños es el segundo que celebras de verdad, fuera de prisión, en 4 años y el tercero en 26. Se dice pronto. Como -ya está dicho- es más probable que esta carta la lean otras personas que que lo hagas tú, entenderás que haga de ella algo distinto que un intento de comunicación de un lado a otro de los muros carcelarios y de las singularidades personales.
En primer lugar, es una reivindicación de la honestidad, algo que tú no has inventado, pero sí cultivado. De haber nacido treinta años antes y no durante la vida de Action Directe, quizá tampoco habría apoyado algunas de vuestras acciones, tal vez ni siquiera habría apoyado todas las de los GAI-GARI, pero respeto y comparto el fondo de vuestra acción y discurso y pienso que cualquier anticapitalista honesto lo haría, incluso quienes prefieran promover y practicar sólo las acciones no-violentas. Más aún, recuerdo haber visto el documental Ni vieux, ni traîtres ("Ni viejos, ni traidores", visible gratis y con subtítulos en castellano aquí) y cómo, a partir de los 87'57", tu carta, leída por uno de los directores, hace una crítica serena e implacable de la implicación política de vuestra generación, de su fracaso y de su escasez. Entre los lobos de la autocomplacencia y el precipicio de la traición, elegiste volar. Te negaste a elegir cuando la elección era toda ella una trampa. Bien por el hecho en sí y por el desmentido de tópicos como que hoy día no hay referentes de valores o -la clase de frase que puedes escuchar en España, te lo aseguro- que "faltan cojones", así, en general.
En segundo lugar, esta carta es un mensaje para otras personas que tampoco podrán leerla. Por ejemplo, para Mario, que sigue desaparecido (y muy bien que hace) porque no le perdonan haber sido de los GAI-GARI hace 37 años. Como se niegan a perdonarle en las policías españolas, se niegan -por falta de interés y paladas de ignorancia- en las de Francia, Finlandia o Canadá. Y Mario, entre tanto, seguirá tan flamenco y rebelde corriendo, acosado pero libre, en esta noche de Luna llena.
También para Salvador, Enric y Oriol que, como tod@s l@s muert@s, son invencibles pero que, a diferencia de much@s muert@s, no tienen que alimentar la tierra bajo la losa del oprobio que supone una vida de colaboración con la Muerte misma. Salvador era apenas nueve meses mayor que mi propio padre, el tiempo que tarda en germinar un ser humano, y me parece un buen ejemplo de lo que decía Brecht y que citaba Jacques (en uno de los pocos momentos en que no sonreía), también en Ni vieux, ni traîtres (80'36"), eso de "Nuestras derrotas, lo único que demuestran es que somos poc@s l@s que luchamos contra la infamia y de l@s espectadores esperamos que, al menos, se sientan avergonzad@s".
También para Jean-Claude y para Joëlle, entre otras cosas, porque la vida en sí misma es dura (y más, en prisión) y porque fue ella quien formuló, en esta entrevista, la frase que yo te adjudicaba a ti y que explica perfectamente vuestro noble rechazo del arrepentimiento. La idea -que Nathalie, Georges y tú mismo habéis defendido- de que vuestras acciones habían pretendido ser contribuciones a la lucha de clases y, como tales, abjurar de ellas habría equivalido a intentar reapropiároslas, negárnoslas a l@s demás y contribuir a nuestra desposesión de referentes colectivos.
De hecho, aunque no creo que tú les conocieras personalmente, esta carta también es un guiño a Naparra y Pertur, mejores miembros de vuestra generación que much@s de quienes les sobrevivieron, porque hoy se está hablando de desaparecid@s y parece que nadie quiera acordarse de que l@s últim@s desaparecid@s polític@s en España no son del 39, ni de ningún otro año anterior al 76.

En definitiva, el sentido de esta carta tiene que ver con reivindicarte como sujeto, no sólo un nombre en los libros de contrahistoria o en esos periódicos de hemeroteca que tanto miedo dan a algun@s; tiene el sentido de decir que, jóvenes, madur@s o ancian@s, aquí seguimos, armad@s de memoria y de voluntad e intentando montar un polvorín de coraje y dignidad, a ver qué tal se nos da.
Una confidencia, para acabar. Mirándome al espejo, le he pedido un favor a mi reflejo, uno solo. Le he pedido que, si yo también acabara abjurando de la Revolución y la Idea, postrándome ante la Bestia capitalista, me escupa en la cara sin contemplaciones y con mucha bilis. Ha sonreído, que es su manera de aceptar el trato.
Seguiré leyéndote, seguiremos del mismo lado de la barricada. Sé feliz,


B

domingo, 15 de julio de 2012

Mierda de la que nacen flores

En cuestión de documentales sobre el punk, probablemente lo más conocido sea West Way to the World (sobre The Clash), The Future Is Unwritten (sobre Joe Strummer, en concreto) o The Filth and the Fury (sobre los Sex Pistols), pero, sin haber visto este último, queremos compartir nuestro entusiasmo por Música en las venas. Producido por y emitido en Factor Humano -de Euskal Telebista- en 2002, se trata de un reportaje largo (73 minutos) más que de un documental y no se acerca tanto al punk propiamente dicho como al llamado «rock radical vasco», sean grupos más rockeros (Tahúres Zurdos, Barricada), más punks (MCD, Zarama, RIP, Cicatriz, VulpeSS) o más difíciles de clasificar (Tijuana in Blue), pero el resultado, para quienes amamos el punk rock y hemos nacido en la generación siguiente, es apasionante.
Quizá sea cierto que el punk está muerto, en cuanto que a sus protagonistas siempre les importó un higo lo que dijeran l@s demás, incluidos esos supuestos certificados de defunción; quizá ni siquiera sea un género musical, sino el sonido de la chusma apoderándose de aquello que, normalmente, estaría en manos de otros -para el caso, amplis, micros e instrumentos- y utilizándolo; quizá a este reportaje le falten ciertos nombres (Hertzainak, La Polla, Kortatu, Jotakie, Kontuz Hi) o le sobre a la reportera un poco de verborreica capacidad de interrupción -reportera a la que, por lo demás, se le agradece la naturalidad y cercanía con que aborda el tema-. Lo cierto, en todo caso, es que entre un@s y otr@s nos ofrecen un retrato sencillo y tejido por l@s propi@s protagonistas de un mundo barroco y lleno de energía amateur, repleto de excesos, humor, gamberrismo, violencia y pasión juvenil, desbordante de humanidad.

Contra nuestra tendencia habitual, no hemos podido evitar ver Música en las venas de principio a fin y, si ha habido un momento decisivo en ello, una intervención clave, ha sido la primera de Gavilán o Eskroto (Marco Antonio Sanz de Acedo, de Tijuana in Blue y de Kojón Prieto y los Huajolotes). En el fragmento de medio minuto, aprox., que empieza a los 4'46", podemos ver a este punk-mariachi pamplonica, cerca de cumplir los 37 años (un año antes de morir en lo que probablemente fuera un suicidio) que, inconfundiblemente napartarra, gruñón y rebelde dice:
Ahora se supone que tienes que cambiar, ves las cosas más objetivamente y tal y cual y, entonces, más a sentarte y decir "amén" y, cuando llevas un buen cacho de pastel de esta miserable vida comido, que te lo han hecho tragar, llegas a la conclusión de que -con toda nuestra ingenuidad, incluso gilipollez, si quieres- teníamos más razón que el copón.
Se puede ver gratuitamente aquí.

domingo, 8 de abril de 2012

De manos tendidas y puños cerrados

Me han pasado, hace bien poco, un artículo de Diagonal sobre la mítica huelga barcelonesa de "la Canadiense" (1919) y he conocido, así, una anécdota histórica que es todo un programa en sí misma.

Unos cuantos datos: Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, fue el mayor cacique de la provincia de Guadalajara durante los últimos años del siglo XIX y buena parte del siglo XX. También uno de los dirigentes más importantes del Partido Liberal y, como tal, ministro en muchos gobiernos y presidente de tres de ellos, incluido el que sucedió al asesinado José Canalejas y otro, también breve, entre 1918 y el 19. En este segundo lapso tendría lugar la mítica huelga que demostraría la capacidad de los trabajadores de Catalunya de paralizar la gran ciudad -y, prácticamente, Catalunya entera- y vencer un gran conflicto (que no había empezado siendo "grande" en absoluto) y haría que el gobierno quisiera apaciguarlos estableciendo la jornada diaria máxima de 8 horas, aquella por la que se había empezado a luchar a escala internacional el 1º de mayo de 1886. La represión, durante el conflicto, incluyó la militarización de la capital catalana y detenciones contadas por centenares y, en el post-conflicto inmediato, el inicio de la siniestra ley de fugas con el asesinato de Miguel Burgos (del sindicato de curtidores de la CNT barcelonesa) y la creación, por el Poder, de los autodenominados "sindicatos libres" y sus escuadrones de la muerte. Fue toda esta salida, toda esta constatación de que no había más derecho que la fuerza, lo que acabó con aquel "gobierno Romanones", consideran algunos.

Veinte años después, con el fin de la guerra civil, el conde recuperaba sus tierras en Azuqueca de Henares, Guadalajara (la mitad de la provincia, como buena parte de España, no se había rendido al ejército franquista hasta después de que Madrid lo hiciera, el 27-III-39), que habían sido colectivizadas por campesinos de la zona.
De aquellos quemaiglesias, comecuras y bárbaros sólo cabía esperar que hubieran arrasado los cultivos, pero lo que encontró el aristócrata fue algo muy distinto: las hectáreas de cultivo eran más numerosas, el trabajo estaba más mecanizado y la producción era mayor. Impresionado, dicen, por la labor constructiva de aquellos revolucionarios chiflados, Romanones consiguió localizar a varios de los responsables de aquello y, en la medida de lo posible, los hizo excarcelar. Mejor aún, pudo hacer lo propio con uno de los principales gestores de aquella finca colectivizada de Miralcampo, Jerónimo (o Gerónimo, según la fuente) Gómez Abril, pintor de brocha gorda de Madrid. El aristócrata le propuso volver a ponerse al frente de la explotación de aquellas mismas tierras, esta vez sin guerra de por medio y con la cobertura legal y económica de hacerlo por encargo del propietario.
Gómez Abril, que ya lo había hecho en las peores circunstancias, que había luchado en las mismas filas anarcosindicalistas que la mayoría de colectivizadores de Miralcampo, en las mismas que Miguel Burgos y la mayoría de huelguistas de aquel 1919, en aquellas cuyos proyectos desaparecían engullidos por la trituradora franquista, dijo "No".

sábado, 31 de marzo de 2012

Cultura popular

Un aplauso sincero. Uno breve y sencillo, pero sincero. Sí, porque tendemos a hablar, de unos años a esta parte, como si fuera el colmo de las novedades eso de improvisar estrofas en público, a raíz de las "batallas de gallos" (esas competiciones de la cultura hip-hop donde dos MCs improvisan rimas sobre una base pregrabada y se dan la réplica).
El auge de la cultura hip-hop, claro, no tiene nada de malo en sí mismo, pero las "batallas de gallos" tienen parientes fuera de la cultura afroamericana y algunos de ellos son más antiguos. Pienso, por ejemplo, en los payadores, que han compuesto sus payadas en la Pampa dentro de la cultura gaucha, igual que los bertsolaris lo han hecho y hacen en Euskal Herriak desde hace siglos o los ashokhi en el Cáucaso sur y el noreste de Anatolia -en una tradición que se transmite de padres a hijos y que se remontaría, dicen, al mismísimo Gilgamesh, que lo habría aprendido de Dios-. También vimos en el documental Frekuensia kolombiana que existía cierta tradición de trova popular improvisada en Colombia con la que estaba entroncando el hip-hop contemporáneo y, de hecho, documentándonos para esta entrada, leemos que también existe en Brasil la tradición del repente o desafio y, en diferentes zonas de Galicia y el Bierzo, los loiadores y brindeiros.
Lo mejor de todo es que al menos en algunas de estas tradiciones, como es el caso de las payadas pampeanas y de los bertsoak vascos, se da a los contendientes un tema sobre el que rimar o una historia de la que partir, cosa que ayuda a construir algo original y evita las repeticiones que pueden verse en batallas de gallos (tu cara esto, tu madre aquello y vuelta a empezar)...

Qué demonios, lo mejor de esto es que tiene que ver con eso que se ha llamado cultura popular. Sí, hubo un tiempo en que la sociedad no era el conjunto de gente que algún encuestador o encargador de encuestas (mass media, por ejemplo) incluía en una serie de categorías, sino un conjunto de personas que hacía cierta vida colectiva y, con ella, desarrollaba ciertas respuestas propias al medio en que vivían. Existe toda una historia de los trabajos que un@s vecin@s hacían por otros (o por un forastero que se instalaba) en tantos y tantos pueblos de Castilla, Galicia o Euskal Herriak (el auzolan), sabiendo que ell@s también podían contar con l@s demás cuando llegaba la situación... toda una historia más allá de los márgenes en que hoy concebimos lo público: a base de instituciones centralizadas y profesionalizadas, asociaciones similares más o menos subvencionadas/patrocinadas y empresas privadas. Toda una historia del trueque (arraigadísimo en la España rural, existente también en la América andina, por citar otro ejemplo del que nos hablaron in situ), de la propiedad comunal, del concejo abierto y el batzarre, de literatura oral y milicias comunales, de derecho consuetudinario y jurisprudencia no escrita en ninguna parte, pero recordada.
La cultura, claro, tiene el defecto de tender a convertirse en un mundo autoreferencial que ve lo exterior como algo desestabilizador y lo propio como natural y digno de ser conservado, pero, si para algo sirven la filosofía y la ciencia, es para ir más allá de esto. En cambio, el proyecto histórico del liberalismo, la tarea que la burguesía se ha asignado sin preguntar a nadie, no es preservar las distintas culturas ni ir más allá de ellas, sino venderlo todo: convertir el mundo en un gran mercado donde todo se venda, se posea o circule. Recordémoslo: cuando acaben con su misión, si les permitimos hacerlo, no quedará nada, salvo la miriada de puestos de un descomunal mercado. Nada más.

domingo, 19 de febrero de 2012

Madriz, ni contigo, ni sin ti

La ciudad de mi infancia, de parte de mi adolescencia y de mi vida adulta. Madrid, Madrí, Madriz. Tres nombres para una ciudad de locos que mis pies no podrían recorrer de punta a punta en tres horas, ni siquiera corriendo. Tan famosa por su cielo mesetario como por su boina de contaminación, con una centenaria reputación fiestera y acogedora, pero tan hostil, fría y agresiva como la mayoría de metrópolis de la Aldea Global, con una identidad que consiste, en gran medida, en no tener identidad propia, en ser sólo un cruce de caminos donde, con el paso de décadas, se han instalado castellan@s del sur y del norte, andaluces, galleg@s, asturian@s y, en última instancia, magrebíes, latinoamerican@s, ruman@s, búlgar@s...

No tengo ni treinta años, pero el Madrid de 2012 no es el que yo he conocido. Yo conocí un Madrid que no tenía torres gargantuescas en la Castellana, pero sí dos cines más en la Gran Vía, el Rex y el Palacio de la Música (hoy día, fagocitado por Zara), donde vi más de una y de dos películas. Aún no estaban creciendo, desde luego, esos nuevos edificios que lo están haciendo ahora y otros ya consolidados tampoco existían, así que podíamos ver mejor el resto de la ciudad y, aunque much@s no supiéramos valorarlo, veíamos mucho más fácilmente la Sierra, esa sierra de Guadarrama sin la cual la ciudadela de Mayrit nunca habría sido necesaria y que da un respiro a la vista de cualquier urbanita, gato o no. Los cines alrededor de Callao tenían carteles pintados a brocha, no videopantallas, y el "Teatro Häagen-Dazs" (¿qué drama escribió tan insigne heladero?) se llamaba Calderón de la Barca, la Sala de conciertos Marco Aldany aún era la Sala Arena y, en vez de un Bershka, lo que había en ese local de Gran Vía que casi hace esquina con Montera era Madrid Rock. La calle Fuencarral no era tan cool -en general, ese espíritu guay-consumista que extiende sus tentáculos desde ahí al resto de Chueca y, en general, del centro aún estaba en fase benigna- y me atrevería a decir que todos los barrios que no eran céntricos tenían peor reputación que ahora y la vida en ellos, en Madrid, en España, tenía mejores precios. La invasión de Starbucks y empresas de Inditex no había comenzado y se podía pensar que las redes de metro y cercanías, además de aumentar el número de sus estaciones, adquirirían un trazado más ajustado a la ciudad, precios más públicos y que no acabarían llenos de seguratas con armas de fuego. Había entonces menos plazas duras (ni siquiera Tirso de Molina era una de ellas) y no parecían estar privatizando el Canal de Isabel II ni el Servicio Madrileño de Salud. Había vides junto a las antiguas vías de tren al este de Pirámides, descampados en el Pinar (de Chamartín) y Sanchinarro ni siquiera existía. Ni siquiera amenazaban con soterrar las vías de Chamartín para construir una macrourbanización, ni un embalse en la Sierra Norte.
Tampoco se hablaba, que yo sepa, de justificarse en base a la aglomeración de la villa para un aeropuerto en Ciudad Real ("Madrid Sur" fue un nombre con el que se especuló), otro en Segovia ("Cantimpalos - Madrid Norte" les tocaba) y un tercero en el extremo suroeste, en El Álamo. Estaba ya empezada, pero no concluida, la suburbialización de nuestras cárceles para mayores (Estremera, Aranjuez, Soto del Real, Navalcarnero, Valdemoro y Alcalá-Meco) y menores (Azuqueca de Henares, Paracuellos del Jarama, Brea de Tajo, Guadarrama, Chinchón, Berzosa del Lozoya, Galapagar) y menos avanzada la especulación inmobiliaria paralela (Seseña y Azuqueca, Toledo y Guadalajara, ... ).

Todo esto no es un llanto nostálgico. Aquel era un Madrid y este, otro. Qué quedará de Madrid la próxima vez que vuelva... es una incógnita. Que volveré, una y otra vez, es algo tan seguro como puede serlo algo que depende de un ser humano.
Madrid surgió del criterio del Poder de su época y el criterio de los sucesivos poderes ha hecho de ella lo que es: ciudad ampliada, saneada, reformada, ampliada ad nauseam (más de un 800% desde mediados del siglo XIX a los del siglo XX), bombardeada por las fuerzas más reaccionarias y por la especulación más liberal. Felizmente, a medida que se fue llenando de personas, también se fue llenando de humanidad, de movimiento, de ilusión, de lucha, de belleza. Puede que ese Madrid no haya sido tan visible como el otro, el del mucho ruido y las pocas nueces, pero ha existido e incluso existe.
Sueño con ese Madrid desbordándose como esas raíces de árboles que levantan el pavimento. Lo sueño como una riada humana manando de la Prospe y Lavapiés, Carabanchel y Hortaleza, Vallekas y Tetuán... las nuevas tribus de gatos, autoproclamados sus propi@s salvadores, convirtiendo las sucursales bancarias en centros sociales y las ETTs en nuevas viviendas mientras las plantas trepadoras recubren el Hotel América. No habrá ni un monocultivo en los huertos que ocuparán las ruinas de la Torre Picasso y del complejo "4 Torres" y que se extenderán por los márgenes de Príncipe de Vergara, Princesa y la Castellana, y ni un motivo para perderse el cielo estrellado en las azoteas de Chamartín o Chamberí.
Habrá picnics en el bosque que ahora es el Palacio de la Zarzuela y parejas retozando en el Palacio Real y, en Las Ventas, espectáculos incruentos que serán tan gratuitos como todo lo demás. Cuando vayan a la Dehesa de la villa, a ver el atardecer o lo que más les plazca, nadie dudará de por qué Bellas Vistas se llama así, como nadie querrá que el Rastro vuelva a merecer tal nombre y quién sabe si, en febrero, no se oirán desde el paseo de Extremadura los aullidos de los lobos en la pradera de San Isidro.

sábado, 7 de enero de 2012

El ojo de Vian

He hablado del ojo poético de Roberto Bolaño y del de Joseba Sarrionaindia, pero casi nada del de un predecesor de ambos como fue Boris Vian.
De momento, sólo quiero compartir un fragmento de un diálogo suyo, tomado de L'écume des jours o La espuma de los días (la traducción justita de Pablo Melero publicada por Seix Barral), que me gustó especialmente por su agudeza, pero no puedo presentar a Vian (1920-1959) sin mencionar que vivió intensamente y, hasta donde yo sé, lo hizo sin grandes dosis de alcohol, fármacos u otros estupefacientes.
Vivió intensamente porque sabía que sólo tenía una vida, como tod@s, y la suya, encima, iba a ser más corta porque su corazón no daba para tanto. Lo que hizo con eso fue un buen número de novelas (surrealistas, divertidas, chocantes), reseñas, traducciones del inglés y canciones (de las que escribía la letra, la cantaba, escribía melodías y las ejecutaba a la trompeta cuando se terciaba), canciones tan burlescas como J'suis snob o La java des bombes atomiques, tan combativas como Le déserteur o Les joyeux bouchers, tan divertidas como Mozart avec nous.
Un genio, otro más, que vivió -permítaseme mezclar dos expresiones distintas- sin pausa, pero con buena letra.
–Pero ¿tú no crees que [a los trabajadores] les gustaría más quedarse en casa y besar a sus mujeres e ir a nadar a la piscina y divertirse?
–No –dijo Colin–. Ni se les ocurre.
–Pero ¿es culpa suya si creen que trabajar es bueno?
–No –dijo Colin–. No es culpa suya. Les dijeron: “El trabajo es sagrado, es bueno, es hermoso, es lo más importante, y sólo los trabajadores tienen derecho a todo.” Sólo que se las arreglan para hacerlos trabajar todo el tiempo y entonces no pueden aprovechar ninguno de estos derechos.

martes, 27 de diciembre de 2011

Elogio de Joseba Sarrionaindia

A la hora de hacer una interpretación forzada de un texto literario, uno de los clásicos es confundir la obra y la persona.
De eso sabía mucho Louis-Ferdinand Céline, cuyo Viaje al fin de la noche fue quizá el mayor acontecimiento de la literatura francesa de 1932 y años siguientes... y cuya trayectoria posterior resultó ser judeófoba y filonazi. En una entrevista grabada en 1959, el prestigioso Céline, convertido en un sexagenario de aspecto mefistofélico y de trato incómodo para casi cualquiera, se preguntaba qué le importaba a él si el tipo que había fabricado la cámara era rubio, cornudo o pederasta (recuérdese: hay dos acepciones bien distintas, aunque poco importa en este caso) a la hora de utilizar la máquina, mientras esta funcionara bien.

A efectos literarios, la máquina literaria de Céline funcionaba bien... y lo mismo pasa hoy día con Joseba Sarrionaindia. Hace unos meses tuvimos la enésima polémica sobre premiar a un escritor que es tan conocido por su obra como por haber sido integrante de un comando de ETA-(m) hace ya 31 años y por haberse fugado de la cárcel donde cumplía su condena hace ya 26.
La figura de Sarri incomoda de una manera distinta a la de Céline. El vizcaíno no participó ideológicamente de ninguna empresa criminal, lo hizo a todos los efectos: investigó a un empresario al que su organización acusaba de no pagar el "impuesto revolucionario", de modo que otros pudieran secuestrarlo para conseguir el dinero reclamado. Después, ha seguido poniendo su pluma y su voz al servicio del conjunto de exiliados y deportados del MLNV. Entre medias, además de todo ello, ha desarrollado una carrera de escritor y traductor literario que ha hecho de la suya una de las plumas más reconocidas en lengua vasca.
Lo peor no es eso. Ni siquiera el barniz romántico que le da a sus textos su historia (un fugitivo que publica durante décadas desde una ignota clandestinidad, después de haberlo hecho desde la cárcel durante cuatro años) es lo peor, aunque escueza mucho esa burla sostenida. Lo peor es el ojo poético con que mira este mundo nuestro y el talento con que cuenta lo que ve, imagina, sueña... Si el mundo real se está yendo a la mierda, uno de los cuatro jinetes del apocalipsis es la mediocridad, la misma que no ve soluciones allá donde los problemas cavan sepulturas, la misma que dice que nada es malo porque podría ser aún peor, la que dice que siempre hay que tener miedo, que la imaginación es cosa de ingeniería y regalos de "amigos invisibles" y que dice que "poesía" es rimar y que la lucha contra el aburrimiento es una lucha menor.
En medio de este campo de batalla, claro, resulta muy irritante el autor de poemas como Aspaldian utzitako zelda (La celda que dejé hace tiempo), Esklabu erremintaria (El esclavo herrero) o Sagarroiak (Los erizos), que pasea su pluma evitando la mies ya trillada. Ni se digna a publicar escritos pensados para venderse como churros, ni a encaramarse a una torre de marfil de intelectualidad no-apta-para-la-plebe, ni siquiera se presenta a entrevistas (la del libro Cinco escritores vascos, cuya fotografía ilustra esta entrada, la hizo respondiendo por escrito a un cuestionario de Hasier Etxeberria), firmas masivas de ejemplares, entrevistas cara a cara o ruedas de prensa...
Joseba Sarrionaindia es un grano en el culo de muchos intelectuales de chichinabo que no consiguen tanto y menos aún con tan poco. Con una trayectoria de etarra nada excepcional, sí ha resultado ser excepcional como escritor y serlo, además, utilizando una lengua maltratada.
Pica, ¿verdad?

martes, 13 de diciembre de 2011

La vida mancha

Georg Elser pasó sus últimos años, más de cinco, recluido en Dachau como "prisionero especial" antes de ser fusilado.
Por sus rodillas de trabajador, de trabajador del tiranicidio, de la tragedia de un hombre al servicio de la causa de millones. Lo siento si a alguien le chirría este tono épico, pero es lo que hay: Elser visitó la cervecería Bürgerbräukeller -a la que sabía que Hitler acudiría- varias veces por semana durante tres meses, calculando minuciosamente y cavando, de rodillas en el suelo (curiosamente, era un cristiano devoto), la cavidad en que ocultar la bomba que debía matar al Führer. Robó explosivos de su trabajo y buscó un empleo nuevo en el que poder robar más explosivos sin llamar la atención. Puso sus conocimientos de relojería y química explosiva al servicio de La Bomba, fabricó una de prueba y la hizo estallar en una finca de sus padres para asegurarse de estar en el buen camino, calculó la operación con todos sus pormenores y pasó al menos treinta mañanas vaciando la columna que albergaría el artefacto. Al final, Hitler no murió por aquella explosión (como sí lo hicieron ocho miembros de su partido) y el joven carpintero fue detenido antes de poder salir del país. Después de todos los indicios que apuntaban a él, sus rodillas fueron la confirmación: estaban magulladas después de decenas de sesiones de trabajo con aquella maldita columna. La expresión es "dejarse los cojones en algo", como podría decirse algo sobre "tenerlos bien puestos", etc., pero lo que Georg tenía eran las rodillas gastadas de hacer lo que alguien tenía que intentar hacer y lo que se dejó en ello fue la vida. Si existiera algo como Valhalla, espero acabar allí y conocernos en persona, mein brüder.

No fue el único: a lo largo de la década de 1970, la guerrilla nicaragüense del FSLN fue ganando en fuerza a lo largo y ancho del país. A medida que la Guardia Nacional se desesperaba por dar caza a "los muchachos" sandinistas como fuera, se normalizó el ejecutarlos sin juicio en función de sospechas. No pocos muchachos de la guerrilla fueron pasados por las armas por tener las rodillas y los codos magullados de reptar por el terreno.

La vida, en fin, deja marca y la lucha, también. Si los conflictos y decisiones dejan huellas psíquicas, elegir la barricada contraria al Poder, ya está dicho, deja huellas físicas que le pueden llevar a uno al cadalso.
Mucho antes del FSLN y de G. Elser, la Commune de París acabó con aplastante derrota. Entre el exilio de cientos y la deportación a Nueva Caledonia de miles... los fusilamientos de decenas de miles, la mayoría, en los distritos orientales de París y, especialmente, en callejones y espacios abiertos (el primero, el cementerio Père-Lachaise) que en la "semana sangrienta" del 21 al 29 de mayo de 1871 serían conocidos como "abattoirs" ("mataderos"). Y, entre los verdugos, destaca el General De Galliffet, cuyo criterio a la hora de matar o no prisioneros no se conoce al cien por cien, pero sí en un detalle: ordenó fusilar a todos los que tuvieran canas. Si las tenían, tenían edad suficiente para haber vivido ya dos insurrecciones: 1848 y 1871, eran "más culpables que l@s demás" (palabras de De Galliffet), tenían demasiada experiencia combativa para permitirles sobrevivir.
Louis-Auguste Blanqui ("l'Enfermé", "el encerrado"), detenido en Burdeos, no llegó a ser fusilado gracias a su avanzada edad, su estado de salud y su prestigio, pero pasó ocho años más en la cárcel. Digo "más" porque ya había pasado 25, de los 66 que tenía.

La vida mancha, desgasta, deja sus muescas en nuestra carne y nuestro ánimo. Y -aún entre tanto desgaste, tanta salpicadura de barro, sudor, lágrimas e incluso sangre- quien realmente vence al miedo, brilla.

martes, 21 de junio de 2011

"La gente es mala" y otros cuentos

A veces oye uno decir cosas por el estilo, como que "las personas somos malas por naturaleza" o, sin mojarse tanto, que "somos malas" o, simplemente, "la gente es mala" ("la gente... ", como comentaba un amigo hace un par de años, es como se empieza una frase cuando uno quiere distanciarse de la masa, con un inevitable deje de misantropía).
Sintiéndolo mucho por quien quiera sacar algo de la misantropía... no, respuesta incorrecta.
Lo podría haber contado, por ejemplo, Chiune Sugihara. Y ¿quién fue ese? Pues "ese" fue un vicecónsul de Japón en Kaunas (Lituania) entre 1939 y 1940. Le destinaron allí porque había dimitido del importante puesto que tenía en Manchuria -donde Japón había aplastado el movimiento revolucionario local e instaurado un régimen títere-, en desacuerdo con el trato colonialista, humillante y racista que Japón daba a los manchúes.
Y ¿qué hizo Chiune en Lituania? Pensemos que, a partir de septiembre de 1939, la vecina Polonia fue invadida desde el Oeste por la Alemania nazi y, lógicamente, los judíos polacos, que se sabían amenazados, huyeron donde pudieron (no pocos de ellos, a Lituania) y los propios judíos lituanos empezaron a buscar la manera de huir del país, por el medio que fuera. Para colmo de la intranquilidad, la U.R.S.S. invadiría el resto de Polonia (partes de las actuales Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Lituania) y empezaría una guerra fronteriza con su ex-hermana Finlandia, en un clima bastante hostil hacia las otras ex-hermanas (Lituania, Letonia y Estonia, que serían invadidas nueve meses después) y sorprendentemente cordial hacia la Alemania nazi. Es el momento de recordar que las autoridades soviéticas llegaron, en aquel momento de romance nazi-bolchevique, a detener a l@s alemanes que, por afinidad con la U.R.S.S., se habían refugiado allí huyendo de la represión nazi y entregarlos a las autoridades alemanas para que hicieran con ell@s lo que consideraran oportuno (prisión, tortura, ejecución... ).
Así, Sugihara se encontró asediado por hombres y mujeres desesperad@s, que suplicaban por un visado para salir de allí; que pedían, no tanto por ell@s como por sus hij@s, un papel que les diera garantías de no ser encerrados en campos o asesinados en cuestión de meses. Entonces, lo que hizo Chiune Sugihara, respondiendo a la dichosa pregunta, fue pedir a sus superiores en Japón -hasta tres veces- autorización para dar esos visados que pusieran a aquella gente a salvo y, mientras esperaba la respuesta, darse él mismo el "sí" y expedirlos tan rápido como era humanamente capaz, pasándose por el forro -provisionalmente- la jerarquía y la tradición japonesa de respetarla cueste lo que cueste.
La previsible respuesta llegó y sus superiores le dijeron que, ciertamente, Japón no compartía la política del Reich sobre los judíos, pero no tenía con estos ningún compromiso y sí con el régimen de la svástica, además de que no tenían ninguna garantía de que aquellas personas fueran a desplazarse a terceros países después, por lo que debía desistir de sus pretensiones de salvar a aquella gente. Bajo una cierta amenaza de que el consulado fuera cerrado en cualquier momento y su carrera profesional se fuera por el retrete, lo que hizo Sugihara, claro, fue lo que much@s otr@s en posiciones parecidas no hicieron: siguió expidiendo visados que permitían a sus portadores pasar por Japón antes de llegar a terceros países para los que la mayoría no estaban documentados (algunos sí, gracias a Jan Zwartendijk, cónsul de los Países Bajos).
Los hizo en el trabajo y los hizo en casa, los hizo a máquina y a mano, los hizo en su escritorio y en la mesa de la cocina, mientras desayunaba; escribió esos malditos pedazos de mediocridad burocrática desde que se levantaba, apenas cuatro horas después de acostarse, hasta ese mismo momento en que se rendía en la cama. El 3 de septiembre de 1940 llegó la orden por la que debía dejar la legación diplomática de Kaunas, dada su indisciplina, y dejarla inmediatamente para su cierre. Al día siguiente, tras una noche en vela escribiendo más visados, Chiune Sugihara tomaba el tren que le llevaba de vuelta a Japón y, de camino a la estación, seguía escribiendo autorizaciones de visados; en el tren, mientras esperaba la partida y una muchedumbre atemorizada se agolpaba alrededor, aún seguía escribiendo esos papelitos que podían suponer la vida o la muerte de esos semejantes suyos y, cuando el tren arrancó, quemó su último cartucho. Había dejado firmadas y selladas con el membrete del consulado más hojas, éstas aún en blanco, que arrojó por la ventanilla, esperando que l@s perseguid@s encontraran quien les ayudara a rellenarlas en japonés para hacerlas creíbles.
El diplomático japonés, desde luego, tenía cómplices. Aparte de la contribución (no acordada) de Zwartendijk, contó con la ayuda de militares soviéticos que, a cambio de sobornos, dejaron entrar a aquellos fugitivos en el transsiberiano sin hacer preguntas y, según algunos investigadores, es probable que actuara en acuerdo con los servicios de inteligencia polacos. Chiune Sugihara creía haber firmado y sellado unos 3.500 visados, pero no se sabe exactamente a cuántas personas salvaron él y sus cómplices, porque puede que no tod@s l@s que consiguieron uno de aquellos papeles se salvaran. A la vez, much@s de l@s salvad@s tuvieron hij@s y niet@s que no existirían de no ser por personas como Chiune Sugihara. Se calcula que son unas 20.000 personas.
Así pues, -Mr. Brown no gusta de ponerse vehemente, pero aquí no hay más remedio- lo de que "la gente es mala" no me vale. Quien no tenga agallas para hacer lo que está en su mano, que lo diga y busque la manera de superar esa vergüenza, pero quien quiera decir semejante mierda, debería pensar en esos miles de pedacitos de mediocridad burocrática transformados en una nueva oportunidad de supervivencia para miles de personas, gracias a la honestidad, gracias a la buena voluntad y a la astucia de aprovechar una buena posición. Quien sostenga semejante chorrada está invitad@ a buscar a esas 20.000 personas y, si tiene redaños, decirles una por una, mientras ell@s se ríen, que no, mira, que tú te crees que hay perros, pastores, borregos y ovejas negras, pero no, tod@s somos igual de mal@s, igual de verdugos.
Esta historia es real, es una entre muchas y habla de coraje y honestidad; quien no quiera escucharla, ya sabrá por qué.

miércoles, 1 de junio de 2011

Fogonazos II

Creo que hace casi dos años que leí la traducción de Carlos García Velasco de De memoria (I), el primer volumen autobiográfico de Jann-Marc Rouillan. A Jann-Marc se le pueden reprochar algunas cosas, según el criterio de cada cual, pero la falta de honestidad no es una de ellas. Recuerda, en aquel 1970, un documental en la tele francesa donde Benoît Frachon, anciano líder de la CGT y el PCF, renegaba (sonrisilla de superioridad condescendiente incluida) de sus años jóvenes de agitador anarquista y recuerda Rouillan cómo él y sus compañeros de la época por excelencia, Enric La Carpe Oller y Henry Martin, también anticapitalistas de Toulouse, se preguntaban si ese tipo de degeneración mental era inevitable con los años y si a ellos les daría tiempo a padecer algo así. Habiendo muerto ambos a posteriori, Rouillan escribe: 
No, en efecto, no hubo tiempo. La Carpe murió a los veinticinco años. La revolución no había llegado. Pero Henry nunca traicionó, él tampoco, obrero hasta el final, hasta el último día.
¿Y yo… ? A finales de los años ochenta, cuando acudía a una cita en el Père-Lachaise, al dejar la tumba del compañero Blanqui, pasaba delante del pequeño mausoleo de piedra que aplasta los restos del viejo sindicalista Frachon. Me vino a la cabeza nuestra discusión de la casita. No, yo tampoco había roto con mis sueños. El oportunismo no es un mal que llega, inexorable, con la aparición de las canas. Como tampoco la traición es un reumatismo del cerebro provocado por la humedad de los calabozos.
Mi mirada sumergida en los ojos negros del tipo pequeño [habla de sí mismo] fichado una tarde de septiembre de 1970 en la Rempart Saint-Étienne, sí puede sonreír ante algunos de sus extremismos, a la mímica de rebelión en eterna cólera, sé que no he traicionado nada de lo esencial. Nunca. Y no es ahora, con cincuenta y dos tacos que empezaré a hacerlo.
 

El apodo de La Carpe me hace pensar en los hermanos Makhnó. El más conocido es Néstor (1889-1934), que fue, en la zona de Ucrania en que se encuentra Guliái-Polie (su ciudad), el principal promotor de la resistencia contra quienes querían dar marcha atrás al calendario de la historia, a partir de aquel 1917. Peor aún, Makhnó y miles de sus paisanos querían llevar la revolución hasta sus últimas consecuencias y, una vez abatido el enemigo común, los bolcheviques les recompensaron por ello con cárcel y fusilamientos por miles. Tres de los hermanos Makhnó padecieron esa persecución; los otros dos, incluido el primogénito, Karpa, fueron fusilados, simplemente, por ser sus hermanos.

Y entonces, ¿qué queda de Néstor Ivánovich Makhnó, de todo lo que representa y, sobre todo, de aquella revolución abortada? Quedan, claro, los logros conseguidos, la dignidad y el coraje aprendidos y la memoria que transmite todo eso y no deja morir el virus del deseo de vivir. En este sentido, me sorprendió mucho lo que encontré intentando averiguar qué fue de la hija que N. M. tuvo al llegar a su exilio francés. De la pequeña, coetánea de mis abuelos varones, ni rastro. En cambio, me encontré con Sophie Makhno, que resulta ser una pieza importante de la música en Francia en los años 70 ( en que sacó sus propios discos) y ya antes, al ser promotora de conciertos y compositora de canciones cantadas por Barbara y Gérard Lenorman, entre otr@s.
Y ¿no es hija del susodicho... ? No, es un apellido elegido. Es un homenaje. Un homenaje de esta mujer con cara de pillina y que canta canciones cabareteras desde los tiempos del imperio ye-yé. De una mujer que abraza como propio un apellido perseguido a tiros, mientras se declara influida, entre otr@s much@s, por Boris Vian, Pier Paolo Pasolini, Georges Brassens, Virginie Despentes o Coluche. Con semillas tan difíciles de matar, ¿cómo no sonreír?

domingo, 22 de mayo de 2011

La realidad me absorbe y la Historia nunca se ha ido

Tendrías que ver cómo está la Puerta del Sol, cómo está todo el centro, cómo está Madrid (la gente hablando con interés de política por todas partes: en el metro, en Internet, en las aceras... ). Cómo está toda España y, entre unas cosas y otras, cómo el virus se ha seguido propagando por todo el mundo.
Te habría gustado, de eso estoy bien seguro. No sé si habrías ido, la verdad -pienso que sí y me gusta pensarlo, pero no lo sé-, de lo que estoy seguro es de que te habría gustado. Tendrías 62 años, no está mal, hay gente de esa edad y más, te lo aseguro.
Tú te lo pierdes, yo te lo pienso seguir contando, como si esperara que entendieras por qué nunca debiste rendirte. Como aprovechándome de que esta vez no me vas a llevar la contraria; como diciéndote lo que llevo años diciéndome a mí mismo y diciéndole a todo el mundo: que rendirse no es una opción. Rendirse es renunciar a todas ellas.
En eso estamos, en no rendirnos. Ni morir, ni limitarnos a sobrevivir, estamos más cerca que nunca de vivir, con todos los problemas y contradicciones que pueda traernos. Nada se ha terminado, que decía la canción, seguimos en lucha como nunca, decididos a vivir.

sábado, 30 de abril de 2011

De por qué voy a conmemorar el 1º de mayo

Las efemérides tienen algo peligroso: impregnan el calendario y, para quienes vivimos empeñados en no olvidar (ni en la memoria personal ni en la colectiva), pueden llegar a pesar demasiado en conjunto y pueden llegar a enraizar tanto en sus respectivos días que se vuelvan invisibles de puro obvio.
Estas amenazas se concretan en que podemos acabar más pendientes de recordar el pasado que de construir el futuro viviendo el presente y en que podemos convertir las conmemoraciones de tal o cual día (y el 1º de mayo merece, en ese sentido, una mención especial) en algo vacío, el ritual por el ritual.
Entonces, Mr. Brown no sabe qué es peor: que en EE.UU., donde empezaron los hechos que se conmemoran, se trabaje en ese 121º día del año y apenas se conozca el Día internacional de lucha por la jornada de 8 horas de 1886 o que en otros, como España, se lo llame a menudo "día del trabajo" o, engendro entre los engendros, "fiesta del trabajo". Para colmo, quien pronuncia este inquietante pseudonombre agrega, en un 50% de las veces, el apunte (pretendidamente ingenioso) "Que se llama así, aunque no trabajamos." o "Que no sé por qué se llama así, si no trabajamos.", situación que desborda al autor de estas líneas, entre la ignorancia, la frustración, el escándalo, la sorpresa autoconsciente por frustrarse y escandalizarse...
No voy a citar las declaraciones de Lingg, Parsons, Engel, Spies y Fischer durante su juicio; todas ellas están recogidas en las crónicas que José Martí hizo de aquella farsa legal y, como proyección de los acontecimientos, transmiten su energía y su tragedia con un fuego que podría abrasar cien mundos. No se trata de llamar a nadie a movilizarse en este próximo 1º de mayo cuando la mayoría de quienes no salgan ese día a la calle (y de quienes lo harán bajo ciertas banderas, ciertas subvencionadas y ya decadentes banderas) tampoco lo harán el resto del año.
Quizá sea inútil recordar que Louis Lingg se suicidó en su celda la noche antes de las ejecuciones para quitarse él la vida antes que ningún estado; que Albert Parsons, George Engel, August Spies y Adolf Fischer acabaron colgando como frutos del cadalso por el mismo motivo que Lingg se quitó la vida: por defender el socialismo y la anarquía; que los otros tres condenados en el juicio, ante el agravio comparativo (pena de muerte/prisión) para un delito que no era tal, se solidarizaron con sus compañeros y solicitaron para todos la misma pena, así fuera la muerte; que las condiciones en que trabajaba y vivía casi todo el mundo entonces (y en que lo hace buena parte de quienes tejen hoy nuestra ropa y fabrican nuestras máquinas) no deja mucho tiempo fuera del trabajo que no sea para ocuparse del hogar, intentar descansar o convalecer por las condiciones en que se vive.
Lo que se conmemora mañana, en el fondo, son los últimos 125 años de lucha por un mundo en que quepan todos los mundos y Mr. Brown, por una cuestión generacional y de sentimentalismo, no puede poner la losa sobre esta entrada sin recordar al colombiano Nicolás Neira (1990-2005) y a la francesa Zoé Aveilla (1986-2009).
A Nicolás lo mataron los antidisturbios de Bogotá, en un país donde el valor de la vida está especialmente de(s)preciado, por participar en la manifestación equivocada.
A Zoé le estallaron las sustancias que estaba manipulando y con las que quizá pretendiera fabricar una bomba, eso aún no está claro. Lo que sí está claro es que sus muertes, como las de los "mártires de Chicago" y tantas otras, fueron tan absurdas como el mundo en que ell@s y nosotr@s hemos vivido, no más. Perdemos nuestras vidas poco a poco haciendo cosas que les quitan su valor y, a veces, intentando golpear al sistema en que se enmarcan.
Para acabar la noche de Walpurgis y empezar el día del Beltaine, el más importante del calendario celta, un brindis para unir un poco más toda nuestra sangre; la suya, derramada, la nuestra, tibia y fluyendo al ritmo de nuestros corazones.

viernes, 15 de abril de 2011

Museo del coraje: el manco de La Pesquera

Aunque al día ya le queden pocas horas, aprovecho que hoy se cumplen 103 años del nacimiento del "Manco de La Pesquera" para hablar de él y, claro, de lo que representa su historia.
Basiliso Serrano Valero, alias "el Manco de La Pesquera", nació, pues, en ese pueblo conquense el 15 de abril de 1908 y murió ante un pelotón de fusilamiento formado por seis guardias civiles, en Paterna (Valencia) el 4 de noviembre de 1955. Esto último deja claro, desde luego, que no escribo esto porque le conociera personalmente. Y, entonces, ¿qué? ¿Fue un importante científico, un gran ingeniero o arquitecto, un memorable profesor... ? Nanay. ¿Un brillante escritor...? Tampoco, de hecho, en el principal sitio web de homenaje a Basiliso (del que Mr. Brown ha sacado y editado la foto que preside esta entrada, me he tomado esa libertad) aparecen varios poemas que el Manco escribió "en la sierra" y que el autor de estas líneas sólo puede encontrar mediocres. Pese a lo cual, le da igual si escribía poemas mediocres o cuartillas rellenas con la frase "Ahí se mueran todos los que se hacen llamar 'Brown' o cualquier cosa parecida", Basiliso seguiría siendo, con mucho, uno de esos personajes ante los que Mr. Brown se quita el sombrero.
Ya he hablado del pelotón del fusilamiento y he dejado caer lo de "la sierra", así que más vale entrar en detalles, porque lo importante no es cuándo, dónde o cómo muere un@, sino cómo vive. Y Basiliso, anarquista y militante de la CNT, participó en la revolución que se operó en muchos puntos de España a partir de julio de 1936, aprovechando el vacío de poder creado por el golpe franquista, la desidia republicana y la acción contraofensiva de much@s revolucionari@s. Por desgracia, para much@s, la renovación revolucionaria se mezclaba con las ganas de venganza y era un buen momento para matar a todo aquel al que se considerara contra-revolucionario (políticos de derechas, empresarios, encargados, terratenientes, miembros de la Iglesia Católica ... ). En el caso concreto de La Pesquera, donde fueron bien recibidos los milicianos anarcosindicalistas que venían de la ciudad con ganas de depurar ("¿Quién sobra aquí?"), se cuenta que el Manco soltó algo tan sencillo como sorprendente: "Aquí no sobra nadie, falta pan y faltan brazos, compañeros". El terrateniente, el cura, el cabo de la guardia civil, típicos granos en el culo de todo pueblo español que se preciara, carne de paredón o de exilio a "la otra España" en aquellos días, en aquellos pueblos, se salvaron (como mínimo, en parte) de acabar igual gracias a la intervención de Serrano. Trabajaron en el campo como los demás y vivieron como los demás.
Como una tercera parte de la España antifascista, la provincia de Cuenca cayó bajo el empuje de las tropas de Franco y la rendición de Madrid en los últimos cuatro días de marzo de 1939.
En aquel momento, Basiliso, que ha combatido contra la cruzada, debe de ser muy odiado más allá de La Pesquera, tanto por su papel destacado en la CNT local antes de la guerra, como por el que ha jugado durante esta, en el pueblo y en el frente, porque es acusado de pertenecer a la creciente guerrilla, pese a que en realidad está oculto en La Pesquera, cosa que, en un primer momento, fingen desconocer tod@s... incluido el cabo de la Guardia Civil (que acabará por ser enviado a otro destino por sus superiores), el párroco y el cacique local.
Cuando se le empieza a acusar de muertes, cuando se le avisa de que ya han detenido, como quien dice, a medio pueblo (incluidas las figuras "respetables" mencionadas) para intentar encontrarle y hacerle pagar por algo que probablemente no haya hecho; cuando la presión en torno a su pista es tan evidente y las palizas a sus familiares, habituales, Basiliso acaba por huir al monte como tantos otros y, al cabo de poco tiempo, un 15 de febrero de 1946, contacta con una partida de maquis. Aquel fue el año en que la guerrilla española toca techo, con las incorporaciones y reincorporaciones de veteranos de la Resistencia francesa y cierta ilusión respecto a una posible derrota militar del régimen franquista. En esta zona en que se unen Cuenca, Valencia y Teruel hay muchas y grandes partidas, que se coordinan en la Agrupación Guerrillera del Levante y Aragón o AGLA y que tiene la particularidad (dentro de que la formación política con más ascendencia sobre la mayoría de sus partidas sea el PCE) de ser bastante heterogénea en cuanto a las ideas de sus miembros y de estar lo bastante consolidada como para tener un periódico propio y una academia de guerrilla.
No obstante -y esto sólo lo sabemos desde el tiempo transcurrido- el maquis estaba en decadencia y, por más que aún hubiera incorporaciones, caín hombres y mujeres, caían partidas, redes y agrupaciones enteras. El 27 abril de 1952, Basiliso Serrano Valero es capturado cuando ya se disponía a marchar a Francia y tras ser juzgado y condenado a muerte por un tribunal militar, ya está dicho, más de tres años después, lo matan a sus 47 años. Muere con fama de bandolero (es uno de los casos en que más se ahondó en esa idea del partisano como delincuente común) y de haber matado a más de treinta personas, entre guardias civiles, chotas y demás.
Tengo que acabar con las palabras de algún indeterminado "recolector de historias" que recogía, a su vez, Pedro García Olivo en El husmo:

En La Pesquera, todo el mundo me habló bien del Manco. Y cuando les dije que se habían escrito libros en los que se le acusa de ser el responsable de treinta y tantas muertes, sus paisanos se alzaron de hombros. A un campesino con el que estuve paseando largo rato por las afueras del pueblo, se le escaparon estas palabras 'Si es verdad eso, aún mató a pocos. Ustedes, los de la ciudad, no saben la de perrerías que nos hicieron pasar algunos ricachos después de la guerra. Son los amos hasta del aire que respiramos. Y eso, no se le olvide, dura desde el año 1939'.

miércoles, 6 de abril de 2011

Elogio de las manzanas y de Santiago Alba Rico

Publicó el gran Santiago un artículo el pasado 9-III titulado Elogio de las manzanas. Como otros escritos suyos, vale mucho y quizá un indicio sea que empieza con la frase "El mal es una manzana". Pero, si tuviera que elegir un solo indicio de la grandeza del texto, no sería tanto esa chocante frase como este fragmento:

Hace falta un gran optimismo mundano -adicción a lo concreto- para cuidar a un enfermo en Auschwitz, para pelar una patata en Hiroshima, para cantar a un bebé en Palestina, para quitar el polvo a una mesa en Dresde, para enseñar a leer a un niño en Bagdad, para volver a relatar el mundo, cada mañana, en medio de la guerra.

Estáis invitad@s a leerlo aquí:
http://rebelion.org/noticia.php?id=123882

[El cuadro que propongo es Las dos mujeres, pintado por Rafael Zabaleta (1903-1960) en 1958.]

viernes, 11 de febrero de 2011

En el eco del dolor, del odio, de la aceptación...

Un@ sabe lo que hace en la medida en que sabe qué consecuencias tendrá. Más allá de eso, se extiende el mundo de lo inesperado y, en lo que a la vida de Mr. Brown respecta, la última demostración de esto ha sido el, de momento, último relato publicado, Cicatrices.
Me escribe una coleguita -que quizá esté leyendo esto- preguntándome si conozco (y si no me habré inspirado en) el proyecto Forgiveness. Ahora, gracias a ti, sí. Y no puedo dejar de darlo a conocer, aunque sea por un medio tan humilde como esta bitácora -y como cualquier futuro escrito o conversación sobre el tema-. Porque, si la narrativa habla de todo aquello que podemos llegar a hacer-ser, la realidad nos permite demostrarlo y verlo en l@s demás. Así pues, os propongo empezar a conocer ese proyecto, como ella hizo conmigo, por la historia de Jo Berry y Pat Magee, hija de un político asesinado por el IRA provisional y responsable de ese atentado, respectivamente, y de cómo han llegado a conocerse (subrayo este verbo) más allá del dolor:
http://theforgivenessproject.com/stories/jo-berry-pat-magee-england/
Parecida, aunque difícilmente tan conmovedora, es la historia de José Antonio Gurriarán, el periodista español que, a raíz de ser víctima de una bomba puesta por nacionalistas armenios en Madrid hace treinta años, se convirtió en un gran conocedor, divulgador y defensor del reconomiento del genocidio armenio, como él cuenta en entrevistas como esta:
http://www.radical.es/informacion.php?iinfo=6678
Más allá de una historia y de un sistema económico-político presente que nos embrutecen y pretenden que legitimemos cualquier crimen en nombre de un cómodo silencio y que enarbolemos lo sufrido para menospreciar o desear el sufrimiento ajeno, más allá de esto, decimos, late la consciencia, sensata y sentimental, de que el odio puede ser comprensible, pero no nos hace vivir mejor.