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domingo, 22 de noviembre de 2015

Una de las muchas maneras desagradables de morirse que hay en Madrid (II)

Hace algo más de dos años hablábamos en esta bitácora del asesinato de Jorge Caballero delante de lo que era entonces el cine Azul, en 1980.
Hablamos también de la tranquilidad de que gozaban los matones de la ultraderecha, en su caso y en otros, en lo que respecta a la policía, los tribunales y demás engranajes de la maquinaria sistémica, y del paradero desconocido del asesino de Jorge, José Llobregat, conocido como Pepe el loco.
Leemos estos días, sin embargo, que el paradero de Pepe no es ya desconocido, sino que se ha confirmado que reside en la República Dominicana desde hace años y tampoco es que tenga mucho que temer: aun suponiendo que exista un convenio de extradición hispano-dominicano, el asesinato de Caballero llevaría dieciséis años prescrito. Nada que ver, pues, con el del jefe Telefónica en Gipuzkoa Enrique Cuesta, cometido en 1982 (por los Comandos Autónomos Anticapitalistas, que denunciaban su colaboración en las escuchas policiales) y por el que Joxe Andoni Zurutuza fue enjuiciado en 2010 en medio de malabarismos legales, o el de Amancio Barreiro, cometido antes incluso de la aprobación de la Constitución (el 2-IX-78, concretamente) y por el que se juzgó como encubridor a Andoni Zelaia (también miembro de los CCAA, que acusaban a Barreiro de colaborar con la policía) en 2006-2007. Teniendo en cuenta la diferencia de perfiles entre asesinos y muertos, pelillos a la mar.


martes, 21 de julio de 2015

Catorce años y un día

Parece increíble que hayan pasado ya catorce años desde la muerte de Carlo Giuliani en Génova, catorce años y un día, como una condena. Y catorce años desde el asalto a la Escuela Díaz.
Nosotr@s, que tuvimos por comadrona a la desindustrialización, que fuimos bautizad@s por los GAL con pasotismo en vez de agua bendita mientras quemaban heroína en los incensarios, entre los gritos de los estibadores en lucha. Nosotr@s, que hicimos la comunión en centros sociales okupados bajo la protección de nuestros hermanos insumisos y antifascistas. Nosotr@s nos confirmamos aquel verano de 2001 comiendo el cuerpo de Carlo y bebiendo su sangre en cálices de plástico.
Recuerdo que el Poder no tocó el órgano: puso por música los gritos policiales de la Díaz, el crujir de costillas y extremidades de nuestr@s compañer@s, sus dientes rotos, los electroencefalogramas monitorizando cerebros en coma, las sirenas, los sollozos de terror. Yo iba a cumplir 18 años, Carlo era mayor, tenía 23. Ahora yo soy el mayor de los dos: voy para 32 y Carlo sigue teniendo 23, eternamente 23. El Enemigo congela a l@s muert@s en el tiempo y convierte su inmortalidad en la prueba de que el tiempo pasa.
Bien, pues no nos hemos rendido, no hemos dejado que la amargura ni el odio nos consuman, ni nos hemos ablandado. Seguimos aquí y vamos a por todas. Tomad nota, porque vamos tan en serio que vamos a desmontar todo este tinglado sin guillotinas, sin paredones, sin linchamientos. Llevamos en la sangre las caras y nombres de nuestr@s muert@s, nuestr@s suicidad@s, nuestr@s deprimid@s y no recuperad@s. Tomad nota porque, por tod@s ell@s, estamos tan viv@s y llen@s de vida que lo peor que haremos con vuestras cabezas es llenarlas de asombro.

jueves, 11 de junio de 2015

Nuestros desaparecidos

La conflictividad armada en la España de finales del franquismo y de la llamada «transición» está muy lejos de la violencia extrema del franquismo de posguerra e incluso de la que se vivió, más o menos en los mismos años de nuestra transición, en un país como Argentina. Y, pese al nivel de violencia, y a que no fuera bilateral, el número de personas desaparecidas está muy por debajo de los miles de Argentina o de las más de cien mil de la España del primer franquismo.
No obstante, hasta nueve personas desaparicieron en puntos del País Vasco francés cercanos a la frontera española, entre 1973 y 1983, por causas que, según el caso, están o podrían estar relacionadas con la política española.
¿Hablamos de desaparecidas políticas? En los dos últimos casos (José Antonio Lasa Arostegi y José Ignacio Zabala Artano, en octubre del 83) es seguro que sí, como es seguro que la autoría del crimen fue estatal.
En los otros siete, ni una ni otra cosa son seguras, pero la motivación política parece probable y el olvido de las víctimas nunca es una opción.

Las tres primeras son las de José Humberto Fouz Escobero, Jorge Juan García Carneiro y Fernando Quiroga Veiga, tres jóvenes trabajadores gallegos emigrados a Euskal Herriak. Se les pierde la pista el 24-III-73 y, desde entonces, es como si se los hubiera tragado la tierra. El ex-etarra arrepentido Juan Manuel Soares Gamboa y el agente secreto español conocido como Lobo o Mikel Lejarza aseguran haber oído a etarras hablar de la muerte de aquellos jóvenes, de quienes se habría sospechado que pudieran ser policías españoles después de coincidir en un bar de música. Hay versiones distintas: según una, un primero habría muerto por las heridas recibidas en una pelea en el bar y su cuerpo habría sido despeñado por un acantilado; luego, sus dos acompañantes habrían sido llevados a un lugar donde se les habría interrogado (torturas incluidas) antes de matarles. Según la otra versión, esto último habría ocurrido con los tres.
De quienes podrían desmentir o confirmar esto, Tomás Pérez Revilla fue asesinado por los GAL once años después y ninguno de los demás ha querido hablar. 


A mitad del marco temporal que nos ocupa, los policías Jesús María González Ituero y José Luis (o Jesús, según la versión) Martínez Martínez estuvieron desaparecidos desde el 4-IV-76 hasta el 18-IV-77, en que fueron hallados sus cadáveres en la paradójicamente llamada playa de la Chambre d'Amour, en Angelu. Tenían uno y dos orificios de bala y mutilaciones en los dedos (desconocemos si podría tratarse de señales de tortura, como se afirma desde algunos medios de comunicación).




 Por último, intercalados en este marco, dos casos de nuevo sin cadáveres y con doble posibilidad de motivación política. Nos referimos a las de Eduardo Moreno Bergaretxe, alias Pertur, y José Miguel Etxeberria Álvarez, alias Naparra o Bakunin.

Pertur está considerado la principal cabeza pensante de ETA-(p-m), que dejaría las armas unos años después, y se le pierde la pista el 23-VII-76. A favor de la hipótesis paraestatal está el que su desaparición fuera reivindicada por el BVE (Batallón Vasco Español) y, sobre todo, la investigación del juez italiano Giovanni Salvi. Este investigó las conexiones de un sector del neofascismo italiano (Ordine Nuovo) con las autoridades italianas, españolas y chilenas y sospechaba que era Pertur la persona que, según los ultraderechistas Sergio Calore y Angelo Izzo, había sido drogada y secuestrada en Francia para ser entregada a la policía española, quien a su vez la interrogaría (de nuevo, torturas incluidas) en una masía de Barcelona, la asesinaría y haría desaparecer el cadáver. Calore apareció muerto, apalizado y degollado, en octubre de 2010; Izzo sólo sabía lo que le había contado Pierluigi Concutelli y este no ha dado datos más concretos que permitan localizar el cuerpo o avanzar en algún otro sentido.
Más aún, Marta Bergaretxe, la madre de Pertur, fue secuestrada precisamente a principios de abril del 76 por policías españoles cuando iba a cruzar la frontera para ver a su hijo. Decimos «secuestrada» porque ni se le acusó de nada, ni se la custodió en comisaría: se la encerró en el domicilio particular de Eduardo López Maturana, comisario de policía Irún, durante tres días. Hacía unos días que habían desaparecido los policías González Ituero y Martínez Martínez  y, a la vez, se agotaba el ultimátum dado por ETA-(p-m) a la familia del empresario Ángel Berazadi, al que habían secuestrado, para pagar el rescate pedido. Hubo quien dijo que con este movimiento inexplicado la policía intentaba llegar a Pertur para conseguir a Berazadi vivo y hubo quien dijo (concretamente, el abogado Maurice Abeberry y el diario Unidad; también reconoció que se había valorado esta posibilidad el subcomisario José Amedo) que se trataba de conseguir rescatar vivos a los policías desaparecidos. En cualquier caso, no consta que el servicio secreto hiciera ninguna investigación sobre el paradero de Pertur y parece que se limitaron a dar por buena la segunda hipótesis.
A favor de esta otra, a saber, la de que fueron compañeros suyos de ETA-(p-m) quienes le desaparecieron –más concretamente, Francisco Pakito Múgica y Miguel Ángel Apala Apalategi, miembros de los komando bereziak o comandos especiales de esa organización–, está el que estos ya le hubieran arrestado tres meses antes, en un contexto de tensiones por matar o no matar a Berazadi, e impedido así asistir a una reunión de la dirigencia de su organización. Su entonces pareja también asegura que Pertur vivió esos últimos meses entre sospechas por parte de sus propios compañeros y el consecuente malestar. Igualmente, uno de sus entonces compañeros, Juan José Gurrutxaga, asegura haber visto cómo, sorprendentemente, los líderes de los bereziak no mostraban interés por conocer el paradero de Moreno.

En el caso de Naparra, hablamos de un ex-miembro de los komando bereziak y miembro de los Comandos Autónomos Anticapitalistas,  y no de uno cualquiera. Si bien los CAA evitaron centralizaciones ejecutivas o ideológicas, sí designaron, por motivos prácticos, una persona que se ocupara de cuestiones logísticas como conseguir las armas. Esa persona, hasta su desaparición, hace hoy 35 años, fue Naparra. No obstante, fue precisa y probablemente esa responsabilidad lo que le puso en el disparadero; otra cosa es quién lo barrió de la faz de la tierra. La hipótesis etarra dice que miembros de ETA-(m), en competencia abierta con los CAA –competencia en la que los autónomos, de todos modos, iban perdiendo– querían golpear directamente  a los autónomos; en este sentido apunta el comunicado que los propios CAA emitieron al mes de la desaparición de Etxeberria y donde insinuaban que lo mismo podía haber pasado cuatro años antes con Pertur. Según algunas fuentes, además, Naparra se valía de contactos (¿algún traficante de armas? nunca se ha precisado) que también colaboraban con ETA-(m) y el día de su desaparición habría tenido una reunión con representantes de esta última organización a la que habría ido con la misma actitud de discusiones anteriores: no iba a renunciar a esos contactos y no iba a dejar parte de sus actividades para así reducir sus riesgos y comprometer menos a esos contactos.
La hipótesis paraestatal señala que aquel no sólo fue el momento de máxima actividad etarra, de los CAA, etc., también del entramado parapolicial que solía usar el nombre de BVE (aunque otras veces fuera AAA, OAMAS, etc.). Se suele pensar que toda la actividad de estos grupos iba contra ETA-(m) y organizaciones cercanas (HB y demás), pero hubo ataques contra locales y personas vinculados al PCE-(r), Joven Guardia Roja, CNT o ETA-(p-m) VIII asamblea, por citar sólo algunos. En el caso de los CAA, parece mucha casualidad que los GAL mataran el 1-III-84 a Jean-Pierre Leiba, trabajador de la SNCF (ferrocarriles franceses) sin adscripción política conocida, pero compañero de trabajo de Pedro Isart, Pelitxo (con quien podrían haberle confundido), activista de los CAA que supuestamente había participado en la muerte de Enrique Casas una semana antes y que sería asesinado junto a tres de sus compañeros tres semanas después en la bahía de Pasaia (cuádruple muerte por la que aún no ha habido juicio).

El sucesor de Naparra como proveedor de los CAA, por cierto, también habría figurado como objetivo de los GAL en sus primeros tiempos, sin haberse llegado a consumar este plan. Nos referimos a José Luis Salegi, Txipi, que seguiría huido el resto de su vida y que fuentes policiales resituaron varias veces en el disparadero a lo largo de la década de 1990 como el supuesto portavoz de los autónomos clandestinos y presos en sus supuestos contactos con ETA-(m) para unírseles, ya fuera en sus campañas de atentados o en un hipotético proceso de paz que aún no se consumaba. En las semanas que siguieron a la muerte del concejal vizcaíno Miguel Ángel Blanco a manos de ETA-(m), el 13-VII-97, un antiguo colaborador y dos miembros de comandos vizcaínos de ETA-(m) murieron (otro moriría en extrañas circunstancias dos años después) y J. L. Salegi desapareció en su exilio mexicano de Irapuato, para reaparecer muerto de un infarto dos días después.

lunes, 1 de junio de 2015

Hace unos días me desayuné con la noticia de la muerte de Federico Arcos.
No tiene sentido abundar en su biografía, otras páginas web cuentan más y quizá mejor sobre lo que fue su vida y su trayectoria militante. Una de esas vidas que inspiran envidia, no porque sean envidiables los avatares a los que se vio enfrentado, sino porque las actitudes que dejan ver y los valores que las inspiran son estimulantes y, aunque normalmente evite estos adjetivos, son admirables.
Hay dos cosas para mí más personales en esta historia. Una, quizá la menos relevante, es la implicación de Arcos en la intensa vida política y asociativa del barrio barcelonés del Clot en aquella década de 1930. Yo viví allí entre 2004 y 2006 y casi todo parecido con la década de 1930, allí incluso más que en muchos sitios, era pura coincidencia; yo mismo fui un buen ejemplo de ello, pues fue una de las épocas menos activistas de mi vida. El colmo de la deshonra, de todos modos, llegaría en 2012 al establecerse allí cierto local de extrema derecha de cuyo nombre no quiero acordarme.
La segunda es que, si recordaba el nombre de Arcos, es por la charla que dio Dolors Marín en el Encuentro del libro anarquista de 2013. Hablaba Dolors de la tenacidad de quienes luchaban desde el anarquismo en aquellos tiempos y el nombre de Federico Arcos surgió sobre todo por su gran implicación en el periódico Ruta, órgano de la federación catalana de las Juventudes Libertarias. Llegada la clandestinidad franquista, contaba Dolors Marín, de cada número de Ruta había dos ejemplares ya asignados: uno para el Jefe Superior de Policía, no fuera a hacerse ilusiones de haberles derrotado, y otra para una hemeroteca, que quedara para la posteridad. Dolors fue a ver a Arcos en Canadá, donde ha vivido los últimos sesenta y tres años de su vida, y le preguntó el por qué de esa constancia en esos dos ejemplares de Ruta tan asignados. Quizá con otras palabras, Arcos le respondió ¿Verdad que los encontraste? Para eso los dejamos. Para que los encontrases. Para que los encontraseis. Para el futuro, para que quedara constancia, para que la semilla -poco o mucho- germinara.
La vista que Arcos y demás quijotes de nuestra clase social, entre lo osado y lo ingenuo, tenían tan puesta en el futuro nos pone los ojos como platos, pero es admirable. Cómo no entender el título de aquel libro sobre las colectividades aragonesas de 1936-39, Trabajan para la eternidad. Cómo no querer ser parte de esa corriente que viene del pasado y se proyecta hacia el futuro, hacia el mismísimo horizonte.
En la imagen, Federico Arcos junto a la también mítica Luce Fabbri (1993).

martes, 31 de marzo de 2015

Impresiones de Montevideo

Si Uruguay tiene una imagen asociada, es la del paisito, la de un país pequeño, con características de pueblo a una escala mayor. Y, si algo transmite esa sensación, es la presencia del mate: lo que en Argentina, Paraguay o Rio Grande do Sul es un rito privado aquí, con la ayuda del omnipresente termo de agua caliente, es como un sempiterno biberón del que un@ nunca se desteta. En la calle, en el supermercado o en comisaría, en ninguna parte se interrumpen las mateadas, produciendo al extranjero la sensación de que todo el mundo está en su casa todo el tiempo.
Tal vez sea una cuestión de suerte, pero esa sensación de paisito también es alimentada por la hospitalidad con que he sido tratado por casi todo el mundo las dos veces que he visitado esta tierra.
Aparte de eso, Montevideo, pese a ser una gran ciudad (en torno a un millón y medio de habitantes), no es abrumadora: teniendo en cuenta las cantidades de casas bajas, edificios bajos y, en relativa escasez, edificios altos, parece mucho más desarrollada en horizontal que en vertical.
Veo lugares que recordaba, como la plaza Independencia, y otros que no había visto, como el bello Hospital Italiano o la plaza Matriz (oficialmente, «plaza Constitución») que, como buen visitante, me gusta, pero encuentro demasiado frecuentada por otr@s visitantes.
También paso por un barrio humilde, como es La Unión, y por Tres Cruces y Punta Carretas, sedes de la clase media montevideana. He tenido ocasión igualmente de pasar por la Ciudad Vieja, donde algunas localizaciones me llevan a Benedetti y La tregua (la c/ Brandzen, el cruce de Veinticinco con Misiones, donde no está el café de Santomé y Avellaneda y sí tres bancos y un ministerio) y de confirmar en Minas con 18 de julio que en Uruguay las pizzas sin queso son tan fáciles de encontrar como las otras.
Aquí también hay urbanismo del que rinde culto a dictadores (parque Gabriel Terra), pero he visto al menos dos pintadas y una pancarta en solidaridad con los detenidos en la «operación Pandora», una de ellas ante el bello edificio de la Universidad de la República.
No están en los nombres de las calles, pero en plena Unión, en la calle Rousseau, está la casa en que vivían los hermanos Moretti, Antonio y Vicente, anarquistas porteños más audaces que sensatos, que llevaron a cabo en la plaza Independencia, el 25-10-28, el atraco al Cambio Messina. Lo hicieron con tres españoles que habían llegado de Barcelona (Pedro Boadas Rivas, Agustín García Capdevila y Tadeo Peña) y, aunque desconozco el desarrollo de los hechos, el resultado fue una escabechina: hirieron de gravedad a dos transeúntes (hay quien habla de un tercer herido), mataron al propietario del cambio, mataron a un empleado y mataron al taxista que les había llevado. En poco más de una semana, la casa de la calle Rousseau sería asediada por doscientos o trescientos policías, según la versión, y todos caerían detenidos, salvo Antonio Moretti, que quemó el botín del atraco y se voló la cabeza. Miguel Arcángel Roscigno, que no había querido participar en aquello y lo había desaconsejado, tendría que poner tierra de por medio.
En un lugar algo más céntrico, Monte Caseros con el bulevar Artigas está el lugar donde mataron al comisario Pardeiro un 24-2-32. Otros fueron los condenados, pero es probable que los verdaderos responsables fueran Luis Armando Guidot y el novelesco Bruno Antonelli Dallabella, alias Faccia Brutta («cara fea») inmigrante italiano de la vecina argentina que, como otros paisanos suyos, tenía un pie en el anarcosindicalismo y otro en la Cosa Nostra. Faccia Brutta, al que se daba mucho mejor cometer atracos y salir indemne que hablar castellano, acabó de todos modos en la cárcel y allí le matarían otros reclusos. Un estudio de Hollywood estaba interesado en hacer una película sobre su vida y se dice que quienes le conocían temían que la vanidad le hiciera perder la discreción.

En Punta Carretas, la antigua cárcel, sede de la histórica fuga tupamara de 1971 y de la menos conocida de los anarquistas de 1931, es ahora un centro comercial («Punta Carretas Shopping»). En frente, en el 2529 de Francisco Solano García, una tienda de ropa donde estuvo la carbonería (El buen trato) que José Baldi («Gino Gatti») compró para cavar, con otros tres compañeros, un túnel -según quién lo cuente- de entre 43 y 54 metros de longitud (ver foto) con el cual sacar de prisión a Roscigno.

Habían dejado una nota en la boca del túnel «Son ácratas aquellos que lo demuestran con los hechos y no con las palabras».
Tanto Roscigno como Moretti fueron detenidos de nuevo (por un chivatazo) en cuestión de días y prefirieron ir a la cárcel en Uruguay que a manos de la policía argentina. De poco parece haber servido: tras cumplir una nueva condena, al acabar 1936, Roscigno, Andrés Vázquez Paredes y otro de sus compañeros fueron liberados y entregados a la policía argentina que, en un anticipo de lo que vendría décadas después, los desapareció.

lunes, 23 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (IV)

Aún hoy día abundan las pintadas y pegatinas con referencias a Perón y/o Evita. Para colmo, hay elecciones generales en el horizonte y el sucesor de Cristina Fernández se ve apoyado por todo un imaginario que idealiza a la todavía presidente y, sobre todo, al difunto Néstor Kirchner, convertido por algunos en un submito dentro del mito peronista que irradiaría a su viuda y a cuantos se hayan relacionado con uno u otra.
Otra cosa que me sorprende de la población porteña es el número de andin@s. Me pregunto cuánt@s serán argentin@s (salteñ@s, tucuman@s,etc.) y cuánt@s, inmigrantes venidos de Bolivia o más allá. En todo caso, su presencia me reconforta: no soy el único exótico, no soy el único que habla-castellano-pero-raro.
Mi visita al cementerio de la Chacarita, construido por el mencionado desborde de otros cementerios a partir de 1871, ha sido un tanto frustrante. Resulta que cierra a las 17.00, resulta que entre sus numerosas calles, la que yo busco no parece existir, resulta que el que podría ser el sepulcro que he buscado, el de Wilckens, no tiene ninguna inscripción ni homenaje de ningún tipo, no puedo confirmar ni desmentir el haberlo encontrado. Tampoco tengo tiempo para casi nada. Es una cálida tarde de verano y es extraño estar en un cementerio. Dos chicas jóvenes están sentadas ante una tumba y parecen conmovidas, yo me siento un poco intruso y, a la vez, me pregunto por todas las tumbas que se ven deterioradas o medio hundidas, ¿no queda nadie vivo que se ocupe de ellas?
En general, parece que mi habitual relación con l@s muert@s es más difícil por aquí: Alejandra Pizarnik está enterrada en las afueras (cementerio judío de La Tablada, leo), Baldomero Fernández Moreno, otro tanto (Chascomús, leo), el doctor Favaloro, en un cementerio privado y Aldo Pellegrini... ni la más remota idea.
El barrio de la Chacarita, o al menos la parte que he visto, parece muy comercial: en frente del cementerio hay no pocos bares y tiendas, pero el trozo que recorro de la avenida Warnes (donde trabajaba Gekrepten, me recuerdo) está temáticamente dedicado a la automoción: los talleres mecánicos y tiendas de repuestos se suceden uno detrás de otro, ¿no los habrá en el resto de la ciudad?
La avenida Dorrego no me parece mucho más acogedora y, de hecho, en torno a la estación de tren de Chacarita empieza una zona de casitas bajas, casi chabolas, y, al pasar por el túnel bajo las vías, encuentro la correspondiente concentración de hollín. Al salir al otro lado del túnel, vuelven los parques y las calles de aire más residencial.
He dado vueltas por el sur de Almagro, buscando los antiguos cines míticos del barrio, en Rivadavia, Corrientes y Díaz Vélez, pero ya no existe ninguno. De nuevo, Rayuela es una de las cosas que me ha llevado allí (habla del cine Presidente Roca, entre otros), igual que a la calle Suipacha (casi toda en el centro histórico), pero allí ya sé que no voy a encontrar el café Richmond porque cerró tiempo ha.
En cambio, ir más al centro, al barrio de Caballito, buscando, entre otras cosas, la cortazariana plaza de Irlanda, me ha dado un agradable paseo por calles como Neuquén o la avenida de Avellaneda. Me temo que el nivel económico por aquí, eso sí, sea más alto que la media porteña (y aún estaríamos hablando de una media).

Nota: la foto muestra a Salvadora Medina Onrubia. No he hablado de ella en esta entrada, ni en ninguna otra, pero tiene su relación... y sé que volverá a venir al caso.

jueves, 12 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (III)

Por todas partes gotean aparatos de aire acondicionado. Hay muchos coches antiguos, tanto en uso como abandonados. Algunos, más o menos antiguos, están clamorosamente abandonados: chapa oxidada, basura en el interior, etc. También hay muchos perros callejeros. Pienso en que quizá tengan una vida dura, quizá propaguen parásitos o dejen más mierda, pero hay más perros vivos. La asepsia canina de ciudades como Madrid o Barcelona, me recuerdo a mí mismo, se basa en una política de exterminio constante, púdicamente llevada a las perreras.
Parques, setos y verdor por todas partes. Sigo buscando tras las huellas del movimiento obrero argentino y no siempre encuentro lo que busco. Hay un poco de césped en el antiguo solar del número 1056 de la calle Estados Unidos, sede de un local anarquista en otros tiempos, en una zona visiblemente proletaria del barrio de Monserrat. Voy a Balvanera, otro barrio humilde y donde me han recomendado ir únicamente de día y con cien ojos y busco en los alrededores de la plaza Miserere (antiguamente «plaza Once»), donde se encontraba la sede del combativo Sindicato de Panaderos. Allí se libró una batalla clave el 19 de junio de 1923 que acabó con el panadero español Enrique Gombas muerto con varias balas en la cabeza, un vendedor de fainá, Francisco Facio, muerto bajo los cascos de los caballos de la policía, el agente de la ley José Arias, herido de muerte por bala y hay otros 17 trabajadores heridos graves de bala y/o sable y 163 detenidos, por lo general sableados también en alguna medida (un panadero, por ejemplo, con la nariz partida en dos).
Para llegar allí he tenido que cruzar buena parte de Almagro por la calle Anchorena (recuerdo a Horacio Oliveira diciendo «no sé si te acordás de cuando practicaba judo con los muchachos de la calle Anchorena») y me gusta. Me sorprende la cantidad de judí@s practicantes que veo por Buenos Aires y, en esta zona, much@s no sólo llevan kipa, sino todo el atuendo hasídico: pantalón, chaqueta y sombrero negro, para los hombres, faldas largas y el pelo cubierto por un pañuelo o una peluca, para las mujeres (al menos, creo que ese es el caso de las casadas). Aquí hay también muchos comercios más o menos especializados en el público judío (librerías, alimentación... me sorprende que muchos usen la variante “casher”, como en francés) y algunos edificios más importantes (escuela talmúdica, etc.), protegidos por bolardas de cemento y policía. Desmintiendo los tópicos, es un barrio con mucha población judía, pero no adinerado (a diferencia de lo que pasaba en Montréal con Hampstead y Outremont). Más tarde aprenderé un agradable detalle de la alimentación kosher: al tener prohibido comer lácteos y carne en la misma comida, han desarrollado toda una gama de helados sin leche que, a su vez, han traído a gran parte de l@s vegan@s de Buenos Aires a las heladerías kosher, lo que les ha reafirmado en la oferta vegana. He probado una heladería kosher de la zona y no tengo queja, francamente.
El trozo de la calle Bartolomé Mitre más cercano también está lleno de verde. Los antiguos talleres Vasena, ocupado por sus obreros en 1919 y desalojados violentamente, dando comienzo a la «semana trágica», son ahora un parque, aunque se han conservado trozos de tres muros a modo de memorial. Cerca hay unas cocheras coronadas por alambre de espino y, de alguna parte, llega el olor de un fuego.

El barrio de Parque Patricios no parece muy residencial, más humilde, todo parece más deteriorado y precario. Entre las calles Pichincha, Santa Cruz, 15 de noviembre de 1889 y la avda. Caseros está la doble cárcel de encausados. Es un doble monumento histórico: la primera, en este sentido N-S en que voy, es la más reciente y que sólo estuvo en uso de 1979 a 2001, un edificio visiblemente clausurado y rodeado de una acera descuidada. El segundo, una cárcel decimonónica, también clausurada, medio corroída por su antigüedad y por su abandono y gloriosamente invadida por plantas. Allí pasó sus últimos días Kurt Wilckens y allí lo mató el ultraderechista Jorge Pérez Millán Temperley, miembro de la Liga Patriótica Argentina y a la sazón funcionario de prisiones.
Justo en frente hay otro parque, de los grandes, el Florentino Ameghino –antiguo cementerio, desbordado por la epidemia de fiebre amarilla de 1871, he leído– y, como nueve manzanas al sureste, en el 375 de la calle dr. Carrillo, el antiguo hospicio de las mercedes, hoy Hospital José T. Borda, donde se solía llevar a los condenados con problemas mentales. Allí llevaron a Pérez Millán Temperley a cumplir 8 años de condena por matar a Wilckens. Allí se hizo trasladar Boris Wladimirovich, novelesco anarquista ruso que cumplía condena en Ushuaia, haciéndose el perturbado, para poder vengar a Wilckens, con la complicidad de sus compañeros Timofey Derevianka (ucraniano) y Eduardo Vázquez Aguirre (español). Consiguieron que otro condenado del hospicio, Lucich, matara al ultranacionalista y quedaron impunes, al haber atado todos los cabos. De no haberlo conseguido, tenían un sutilísimo plan B: Vázquez y Derevianka entraban en el hospicio, se llevaban a Pérez Millán Temperley a punta de pistola a la plaza de Mayo y allí lo colgaban.
Es el barrio de Constitución y, al menos esta parte, parece más tranquila, pero también poco poblada, entre el hospital, una fábrica y similares. Cuando empiezo a recorrerlo en sentido norte, en la transición hacia el de Monserrat, me encuentro lo que parece un barrio proleta con riadas de gente en torno a comercios sencillos, olores y ruidos por todas partes y una fuerte concentración de mujeres y personas transgénero prostituyéndose.
Eso me hace pensar en los papelitos (tamaño A8, o menos) que anuncian los servicios de las prostis: los hay millares por buena parte de la ciudad, pegados en largas filas en contenedores de basura, marquesinas y similares.

lunes, 9 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (II)

Me alejo hacia el noroeste, buscando Palermo, y voy pasando más verdor: parque de Las Heras, el Jardín botánico, ... Ahora no hay librerías, hay un mercado de libros al aire libre. Cuando hablo con gente de aquí, me siento muy inseguro: compartimos miles de palabras, pero muchas no significan lo mismo. En otro orden de cosas, casi toda la moneda que veo son billetes, los hay hasta de cinco pesos (unos cincuenta céntimos).
Al recorrer el mercado de libros he pasado en frente de la SRA (Sociedad Rural Argentina) y ahora llego a la calle Fitz Roy, casi en la esquina con la avenida Santa Fe, donde el también anarquista Kurt G. Wilckens hizo justicia del también asesino Varela, verdugo de unos mil quinientos huelguistas en la Patagonia (para alivio de los terratenientes de la SRA) en el verano de 1921-22. El edificio de la dirección de Varela no es el mismo (demasiado reciente), el del zaguán donde Wilckens le salió al paso, tampoco, e incluso el árbol que hay delante es demasiado joven para ser el mismo al que Varela, moribundo por la bomba, se abrazaba mientras intentaba desenvainar su sable y maldecía al alemán y este, arrastrándose con la piernas medio destrozadas por su propia bomba, sacaba una pistola para rematar lo empezado. Ahora veo una pastelería, una (otra) librería, etc. pero casi puedo ver a Wilckens («espíritu sereno y demoledor», diría Severino Di Giovanni) en el suelo, tendiendo educadamente a los testigos la pistola, con la culata por delante, y diciendo en castellano aproximativo «He vengado a mis hermanos».

Como no sólo de historia vive el hombre, punto y aparte. A una manzana hay una tienda de comida vegana casera y, ya con provisiones, sigo marchando. Hay una calle Jorge Luis Borges que nace o desemboca en la plaza Julio Cortázar, me pregunto qué les parecería a uno y otro esa conexión, de haberla conocido. Tengo la impresión de que el cronopio era más humilde, pero quizá sea una cuestión de simpatía personal y afinidad política, quién sabe.
Ayer vi la calle Dellepiane (militar verdugo de huelguistas en la «semana trágica» de 1919) y esta mañana he visto las que recuerdan a Yrigoyen (el presidente que no supo o no quiso evitar aquella orgía de sangre, ni la de la Patagonia) y a Uriburu (militar que depuso a Yrigoyen y se erigió en dictador, y cuyo rodillo represivo terminó de aplastar el poderoso movimiento sindical argentino de los años 10 y 20), ahora encuentro otra muestra de mitología nacional: ayer vi la calle «Antártida argentina» y hoy la plaza «campaña del desierto». Aquí se suele hablar de una «conquista del desierto» (1879-1885 serían sus años de auge) como en Israel se habló de una «tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», no porque sea cierto, sino porque es más agradable. Esa campaña o conquista del desierto (que tuvo su paralelo en Chile) consistió en un ataque militar, donde también participó Falcón, contra los indios del centro y sur de Argentina tan fuerte que consiguió en treinta años lo que el imperio español no había conseguido en trescientos. Conocemos menos a los patagones y mapuches que a los sioux o apaches, pero el caso es que esa gente fue diezmada, aplastada y acomplejada hace pocas generaciones.

domingo, 1 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (I)

Por lo visto hasta ahora, esta ciudad me parece una capital europea. El centro histórico me recuerda más a París o Madrid que a Montevideo, las callecitas del barrio de Palermo, que imagino haciendo babear a l@s modern@s del Norte, me recuerdan más a partes de Londres como Camden que a otra cosa. Tampoco hay que tirar tanto de comparaciones; esta es la ciudad con más librerías que he visto en mi vida, creo (ah, ¿eso no es una comparación?). Probemos esto: pese a ser una gran (enorme, gigantesca, etc.) ciudad, conserva bastante verde, en muchos lugares hay palos borrachos y gomeros de raíces hercúleas. Cada dos por tres huele a pizza en algún horno o a una hierba que conozco, pero, pese a mi esfuerzo, no reconozco (¿sabina?). Pese a la enorme cantidad de urbanismo en cuadrícula, consigo despistarme varias veces por mi extraño mapa –no tiene arriba el norte, sino el sur-suroeste– y el Sol, que a mediodía llega tan arriba que es imposible decir qué es el norte y, por extensión, todo lo demás.
Hay edificios tan imponentes como el de la Secretaría de comunicaciones (justo antes de llegar a la Casa Rosada por la av. Eduardo Madero), la Facultad de ingeniería de la UBA o el Palacio Sarmiento, pero me los encuentro más de lo que los busco. En cambio, me alejo de la plaza de Mayo por la avenida de ídem buscando la cafetería Iberia, bastión de los emigrantes y exiliados españoles de cuatro generaciones. Bingo. Se me aparece delante, en la esquina con la calle Libertad (amén), con una reciente placa que recuerda a los cientos de argentin@s que combatieron contra Franco.
Me pierdo entre Recoleta y Retiro y entre calles que podrían pertenecer a cualquier otra capital occidental, llego al cruce de Callao con Quintana, donde Simón Radowitzky ajustició al coronel Falcón (1909), famoso por haber reprimido a tiros el meeting del 1º de mayo en la llamada semana roja (al menos 14 muert@s y 80 herid@s, activistas detenid@s, deportad@s, etc) y antes, haber desahuciado (¿os suena, paisan@s?) a inquilin@s en huelga con cañones de agua casi helada. Falcón tiene una placa que le recuerda como «guardián del orden» (salpicada de pintura roja, que le recuerda aún más) y, a pocas manzanas, una estatua. Radowitzky tiene un pedazo de su alma impregnando el penal subpolar de Ushuaia y el eco de un rugido de todas las movilizaciones por su libertad durante 21 años de presidio: manifestaciones, huelgas, la infiltración de Miguel Arcángel Roscigno en el cuerpo de funcionarios de prisiones para intentar sacarle de allí, su bomba en el domicilio del director del penal, …
Doy vueltas por los (muchos) parques de plaza Francia y alrededores y sigo pensando en las cuatro vidas de Radowitzky, niño y adolescente ucraniano, luchador anarquista y preso en Argentina, brigadista en España, exiliado en México.

lunes, 21 de abril de 2014

Qué tengo yo que ver con Fredy Villanueva

Yo llegué a Montréal, la capital oficiosa del Canadá francófono, un 21 de agosto de 2008, once días después de que se produjeran los primeros disturbios graves en la historia de la aglomeración montrealesa. En concreto, habían sido en la periferia precaria y llena de población inmigrante de Montréal-Nord y lo que parecía haberlos desatado era la muerte a manos de la policía municipal (SPVM) de Fredy Villanueva, un chico de origen hondureño.

La mitología (neo)liberal quiere que todo suceda de manera inconexa y más o menos casual, mientras a la clase dirigente no le convenga sostener lo contrario, así que debe de ser casualidad que en Montréal-Nord se acumulara una masa de inmigrantes y refugiados superior al promedio de la isla, que sus habitantes tengan mayor tendencia a la precariedad laboral y el paro y que la tasa de delincuencia también supere la del entorno. En este goteo de coincidencias, tampoco requiere mayor explicación que Fredy Villanueva acabara llevándose dos tiros mortales porque sí.

Lo más inquietante del asunto es lo gratuito: imaginemos un grupo de jóvenes jugando a los dados (apostando con dinero) en un aparcamiento de Montréal-Nord. Como ese tipo de prácticas están prohibidas en la vía pública por aquellos lares, imaginemos a una patrulla del SPVM bajándose del coche para acabar con la infracción. La piedra ya está rodando; sigamos imaginando: la situación se convierte en una discusión, uno de los jóvenes (Dany Villanueva, hermano mayor de Fredy) se acerca a los agentes en una actitud que est@s consideran agresiva, de modo que cada uno le agarra de un brazo y lo llevan hasta su coche patrulla, donde lo inmovilizan contra el capó. Imaginemos que Dany había sido miembro de una pandilla callejera, que asegura haber abandonado antes de la muerte de su hermano, después de una estancia en prisión, y que tenía antecedentes por hurtos y que, de hecho, ya conocía al agente Lapointe –que luego abrirá fuego– porque este, según él, le había sorprendido en infracción de tráfico un año de antes y le había ofrecido ahorrarse la multa a cambio de ser confidente policial y, puestos a imaginar, que un testigo aseguraba que el agente Lapointe le había preguntado «desde cuándo los latinos y los negros hacen piña», entre otras provocaciones.
Ya puestos, imaginemos que toda la situación se violenta: Dany se revuelve en la presa, consigue zafarse de la compañera de Lapointe, este le derriba, le placa y, según Villanueva, le dificulta la respiración. Imaginemos, pues, que Dany empieza a revolverse con menos facilidad y más desesperación, que sus compañeros empiezan a estrechar el cerco en torno a Lapointe y este, al notarlo, se considera en serio peligro. Las versiones difieren: ni l@s otr@s chic@s, ni la investigación oficial posterior consideran que Lapointe llegara a ser estrechamente rodeado, mucho menos que se le abalanzaran encima (su compañera de patrulla dijo que en ningún momento había sentido su vida amenazada). Tampoco es que eso cambie ya algo, la piedra ya es una avalancha: el agente Jean-Loup Lapointe, ex-militar, efectúa cuatro disparos, de los que dos matan a Fredy Villanueva, de 18 años, al impactarle en el torso y otros dos (uno de los cuales también ha atravesado un antebrazo de Fredy) hieren a otros dos chicos en la espalda y un hombro, respectivamente.


Dada la gravedad del asunto y de los disturbios del día siguiente, se llevó a cabo una investigación oficial, más allá de la policía, que es la que ha permitido ver qué hay de contrastado y qué de dudoso en las diferentes versiones sobre los hechos... pero nada de eso cambia un muerto de 18 años y dos heridos de bala por apostar dinero a los dados.
Más aún: la familia Villanueva había llegado a Canadá en 1998 huyendo de las amenazas que pesaban sobre los padres de Dany y Fredy por un litigio sobre tierras. Las andanzas pandilleras de Dany supusieron que se le rechazara el status de refugiado en 2006 y la CBSA o ASFC, la Agencia de Servicios Fronterizos de Canadá (que repatrió a la fuerza al autor de estas líneas en octubre de 2008), solicitó que se le expulsara del país, como volvieron a solicitarlo en 2007 (sin éxito) y 2009, solicitud que llevó a que se le expulsara en 2011, muy oportunamente, pues Dany iba a testificar ante la comisión que investigaba la muerte de su hermano y no pudo, por ello, hacerlo.
El retorno de Dany a Honduras, dadas las amenazas que pesaban sobre la familia Villanueva, supuso que dos de sus primos, Daniel José Madrid y Gustavo Madrid, posiblemente confundidos con Dany, fueran objeto de intentos de asesinato en el país centroamericano en aquel otoño de 2011; el uno habría muerto y el otro habría resultado herido de gravedad. El agente Lapointe, por su parte, nunca ha sido acusado de ningún delito, por lo que ha seguido y sigue en el SPVM; de hecho, según una periodista de la Montreal Gazette, ahora estaría destinado en el Grupo táctico de intervención, lo que en el SPVM sería el equivalente de las unidades SWAT, GEO, etc. de otras policías.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Saber morir: últimas cartas antes de ser fusilado


Quizá el mayor reto en la vida sea saber vivir y, para ello, probablemente haga falta saber morir. Del libro La vie à en mourir. Lettres de fusillés (que también se publicó en traducción al castellano: Vivir a muerte. Las últimas cartas de los fusilados en los campos de concentración) me han impresionado muchas cosas, pero una por encima de todo. Me refiero a la serenidad lúcida con que muchos parecen afrontar su muerte y, en concreto, los casos de Fernand Zalkinow, que lo hizo a los 18 años, y Marcel Rayman, a los 20. El caso de Marcel Rayman es aún más chocante, ya que el joven, confrontado a la muerte, desborda vitalidad.
La traducción de Dánae Barral Hortet publicada por la editorial Barril Barral, dicho sea con el debido respeto y la debida humildad, no me convence, como tampoco otras decisiones editoriales –un subtítulo absurdo, pues muchos de ellos nunca fueron a campos de concentración, erratas de la edición original no corregidas, etc.–, por lo que me permito traducir a mi manera tanto el fragmento de Zalkinow, como la carta de Rayman y las reseñas biográficas, un tanto resumidas.

«Me parece que todo ha sido alegre en mi infancia, junto a vosotros. Habría estado muy bien vivir, amar. Me parece que nunca he sido tan joven como en este momento. Hoy hace sol y estoy muy contento.

(…)

Quizá toda la vida haya sido sólo un sueño. Nunca creí que la muerte fuera para Mí. Los demás podían morir, ¡yo, no! Y creo que aún no lo creo, tal vez es por eso por lo que soy tan valiente.

Los compañeros y yo no hemos sido cobardes. Lo que pasa es que es muy difícil, quienes no han pasado por esto no pueden saberlo. Sí que somos niños, unos y otros; nunca hemos pretendido ser héroes, no hay que pedirnos demasiado.

Hemos pedido como última gracia morir juntos; si nos la conceden, ya será mucho más fácil, somos capaces de morir sonriendo.»



Fernand Zalkinow (1923-1942), en la carta a su hermana mayor.

Peletero después de haber sido administrativo, militó en las Juventudes Comunistas desde el verano de 1940, en los Batallones de la Juventud (verano del 41) y fue miembro del comando que mató al aspirante de marina Alfons Moser en Barbès (París) y del que atacó a un suboficial alemán en el bulevar de Strasbourg, entre otras acciones. Fue detenido el 31-X-41 y fusilado el 9-III-42 con otros seis jóvenes resistentes. Su padre, Nojm, fue fusilado cinco meses más tarde y el resto de la familia, deportados a Auschwitz y Sobibor y gaseados.






«Mi querido Simon,



Cuento contigo para hacer por mí todo lo que yo no puedo hacer. Te mando un abrazo, te adoro, estoy contento, vive feliz, haz feliz a Mamá como habría querido hacerlo yo si hubiera vivido. Viva la vida hermosa y alegre, que todos tendréis. Avisa a mis amigos y camaradas de que les quiero a todos. No hagas caso si esta carta es alocada, es que no puedo quedarme serio.



Marcel»



Marcel Rayman (1923-1944), carta a su hermano Simon (1928-¿?).

Llegó de Polonia con sus padres en 1930, trabajó como tejedor y se unió a la MOI,  después a la Unión de la Juventud Judía y, en fin, a los FTP-MOI, hasta convertirse en responsable militar del Equipo Especial en el verano de 1943, una de cuyas acciones fue la ejecución del SS-Standartenführer Julius Ritter (28-IX-43). Figura en el famoso cartel rojo con la inscripción «13 atentados» y fue uno de los 22 fusilados en el monte Valérien el 21-II-44.

lunes, 24 de febrero de 2014

Los puños en alto no salen en la foto

Albert Einstein, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Jack London, Benito Pérez-Galdós, Érik Satie, George Bernard Shaw, Oscar Wilde... ¿por qué cuesta tan poco hablar de ellos y tanto reconocer que eran socialistas? Libertarios o autoritarios, militantes o simpatizantes, todos lo fueron... y, quizá parezca ingenuo, pero no deja de sorprenderme que rara vez se diga.

viernes, 24 de enero de 2014

Belgrado y yo

Hay crímenes de los que un@ tiene noticia, crímenes cometidos en nombre de un@ y crímenes que casi consiguen la aprobación de un@. Todas estas categorías, claro, están representadas en el mundo del crimen político y, si los ejemplos de lo primero se dan a paladas (de Lucrecia y Guillem Agulló a Ruanda, de ETA a la guerra civil siria o de Rodney King y Reginald Denny a las turbas islamófobas que se están dando en Birmania últimamente), los de las otras dos categorías también existen. Esta es una de esas veces que escribo, como un colegial, en primera persona del singular y lo hago porque he vivido en dos estados distintos, ambos miembros de la OTAN, y he sido utilizado para justificar los sucesivos ataques contra Yugoslavia, Iraq y Libia (¿y Siria... ?). He aquí algunas de las cosas que más me inquietan en el caso de Yugoslavia: que puede que fuera el menos cruento, pero eso no resucitará a l@s muert@s ni reparará el daño hecho, incluso sin tener en cuenta las vidas segadas, que a l@s menos madur@s –yo tenía 15 años– nos convencieron de que había un@s mal@s y que, visto lo que vendría después, nos empezaron a insensibilizar con aquello.

Oyendo la radio de entonces, leyendo los periódicos de entonces, viendo la televisión de entonces estaba claro que Milosevic era un tirano que estaba deportando a albanokosovares a campos de exterminio. Por extensión, si «los serbios», militares o paramilitares, eran los malos malísimos, los milicianos de la UÇK eran los buenos. Con 15 años, los hombres de la UÇK me parecían héroes, los maquis de nuestro tiempo... y eso que no sabía nada de ellos, aparte de que combatían contra «los serbios» por la independencia de Kosovo.
Cuando «por fin» «intervino» la OTAN  –eso se dijo, tranquilamente, en los mass media españoles– no se hizo con una invasión por tierra, como mi yo quinceañero deseaba, sino con bombardeos aéreos. Las muertes de civiles serbios, la persistencia de Milosevic en el poder y la supuesta persistencia del supuesto genocidio me parecieron la confirmación de mi hipótesis: se estaba matando sólo por hacer algo, Yugoslavia debía parecerse menos a Iraq y convertirse en la Francia de 1944. La OTAN me decepcionó, como, por otra parte, era lógico; Kosovo se convirtió en una especie de extraño protectorado independiente de facto de Yugoslavia, luego de Serbia, y el asunto pasó a ocupar poco espacio en mi memoria durante años.
Tuvo que ser la creación humana, la música de Hechos contra el Decoro, corroborada en 2012 por la obra Belgrado de Angélica Liddell, quien me recordara que en Belgrado y en toda Yugoslavia se había matado, herido, destruido y envenenado más allá de cualquier idea de lo que puede ser una intervención militar para detener una campaña militar  –por no hablar del problema de la legitimidad en cuanto a que la OTAN haga esto contra un estado que no pertenece a ella o de que los líderes carguen de palabra contra otros líderes y lo pague la clase oprimida –. «Los escombros eran tan fríos que mis lágrimas se congelaron», cantaban HcD en ruso, y sólo después de oír eso, años después, me di cuenta de lo difícil que me habría sido justificar algo así de ser mi ciudad la bombardeada, mi tierra (lo que quiera que signifique eso) la eviscerada con municiones de uranio. A la luz de lo que vendría después en Afganistán, Iraq, Libia y Siria, así como de las declaraciones parsimoniosas de Javier Solana, ese afable criminal de guerra, un@ se da cuenta de hasta qué punto Yugoslavia fue objeto de un experimento. Y de lo poco que nos importaron a l@s demás l@s más de mil o dos mil muert@s, los miles y miles de herid@s, el uranio de las 31.000 bombas arrojadas, la contaminación del suelo, el aire y el agua, la contaminación de los cuerpos de l@s muert@s, de l@s nacid@s y de quienes aún habían de nacer, los cientos de edificios, puentes y monumentos destruidos.


lunes, 30 de septiembre de 2013

Gracias por esta herencia

Aún no se nos ha echado encima el 35º aniversario de la última constitución española, así que hay que aprovechar para hacer cualquier balance antes de que, por enésima vez, nos embuchen con el balance oficial como a ocas. Como «de bien nacido es ser agradecido», hemos decidido hacerlo en forma de agradecimientos.

Gracias a la clase dirigente por la torpeza con que han gestionado su bajeza: su avaricia, su cobardía ante el poderoso (sean los EEUU en el exterior o la banca en el interior y exterior), ... Su carácter de casta no ha sido menos importante: la tradición dinástica de los Borbón no ha sido desmerecida por los Aznar, Oreja, García Valdecasas, Pujol o Maragall.
Un agradecimiento especial a la dirigencia del PSOE que, en su búsqueda de un cómodo asiento en el Sistema pasó, primero, de predicar la ruptura con el franquismo al pacto, después, a renegar del marxismo y, en última instancia, a ser consecuentes con esa estrategia: aceptación de franquistas en sus filas (Barrionuevo o F. Fernández Ordóñez, pero quizá también J. A. Griñán o el mismísimo F. González), terrorismo parapolicial, entrada en la OTAN, UE y relaciones diplomáticas plenas con Israel, implantación del IVA, reconversión industrial, creación de las ETTs, reformaza constitucional de 2011...
Otro, también especial, para los dirigentes del PCE-IU que, por los mismos motivos aunque con un poder progresivamente menor, hicieron lo que pudieron por conducir a los habitantes de este estado hacia esa misma transición, hacia ese pacto nacional en el que aún chapoteamos y a una concepción sobre todo institucional –y, por tanto, electoral– de la política.
Aún otro agradecimiento especial al gran empresariado que, aun rebajando su perfil político respecto de épocas prefranquistas, ha exhibido su codicia como lobby neoliberal en estas tierras y aún más en las que querían recolonizar (Hispanoamérica, Marruecos, Guinea Ecuatorial).

Gracias a la dirigencia de los «grandes sindicatos» (CCOO, UGT, USO, ELA, ...), cuyas posaderas han demostrado ser igual de adaptables a todo asiento y que, sin rubor, se ha mullido un buen cojín a base de predicar «diálogo social» y aceptación del poder patronal y de la supuesta legitimidad capitalista.

Gracias a la farándula hiprógrita por decirnos que votáramos a «la izquierda», que ya estaba todo ganado, que podíamos seguir la fiesta en casa, que todo era cuestión de darse a las metas y placeres individuales y que la libertad y el poder eran para quienes los consiguieran y que la responsabilidad era para l@s carcas y palet@s (a l@s que no se han sumado l@s canis y ninis, aunque est@s últim@s ni siquiera está muy claro quiénes son, pero sí que también debemos mirarles desde bien arriba de nuestra torre de marfil snobista).

Gracias a los mass media por enseñarnos a pensar poco y profundizar menos, por explicarnos que las cosas son como son, y son tan complicadas y raras que más vale sonreír y salir a comprar cosas.

Gracias a los policías de todos los cuerpos por enseñarnos que la ley es más importante que la justicia, el sueldo más que la ética y que lo de las garantías legales y los derechos humanos depende de quién le echa «más cojones» y quién tiene más miedo. También a sus sindicatos y asociaciones, sean peperas (CEP) o no (SUP, AUGC) por intentar darle carácter orgánico a todo esto, que es como decir a la cuadratura del círculo.

Gracias a l@s dirigentes nacionalistas catalanes y vasc@s por enseñarnos a distinguirles de quienes les padecen: est@s últim@s no llevan necesariamente el victimismo y el golpe de pecho identitario por banderas y mucho menos lo hacen mientras llaman a las escuadras de la Ertzaintza o los Mossos d'Esquadra (quizá más adelante tengamos que decir lo mismo de la BESCAM, permanezcan atent@s a sus pantallas).

Gracias a ETA y los GRAPO por enseñarnos, como l@s antes citad@s, pero supuestamente desde la izquierda, que la vida no vale nada, que las personas son piezas que se mueven en un tablero político (con destreza o torpeza, tanto da, pues sólo cuenta el resultado a largo plazo), sobre todo si son l@s demás, y que, si la realidad dice una cosa y la teoría otra, está claro que la realidad se equivoca.

Gracias a tod@s aquell@s españoles –por lo general, de 56 años para arriba– que convierten esto en una cuestión generacional diciendo o insinuando que ellos ya hicieron la Transición (¿?) o ya lucharon por la libertad y ahora «nos toca» a l@s jóvenes, como si hasta en lo referente a luchar hubiera una jubilación y ell@s se la hubieran ganado, independientemente de lo que le quede al derecho real a la jubilación.

Os damos las gracias a tod@s, pues, por vuestro afán de poder y falta de autocrítica, gracias por practicar el «sálvese quien pueda» mientras predicabais grandes valores y por ser fuertes con los débiles y débiles con los fuertes.
Gracias a vosotr@s, a este muestrario vuestro de la deshonra, no hemos tenido la oportunidad de hacernos ilusiones con este sistema y pensar que pudiéramos reformarlo: acabaremos con él o él acabará con nosotr@s.

sábado, 3 de agosto de 2013

Una de las muchas maneras desagradables de morirse que hay en Madrid

Para mí, el Azul fue uno de los cines de la Gran Vía, aquel en el que vi Cristal oscuro poco antes de cumplir los 13, según me recuerda mi colección de entradas, que recopila diez años.
Hoy día, el local, el 76 de Gran Vía, es un restaurante más de la cadena TGI Friday's, pero hace unos meses supe que también fue escenario de uno de tantos episodios de una Transición que, nos dicen, fue modélica y que, lo sabemos, lo vivimos, ha sido la triste reconciliación entre «los que quisieron ganar y los que quisieron perder, los que mataron a Lorca y los que mataron a Nin» para evitar a cualquier precio salir de la triste normalidad.

Dicho apaño fue bruñido con la sangre de mucha gente y, entre ell@s se contó Jorge Caballero. Jorge tenía 21 años el 28 de marzo de 1980, era anarquista y militante de la CNT y, no contento con serlo, llevaba una insignia que le delataba, no sé si un pin o una chapa, con la A circulada o tal vez el símbolo del anarcosindicato (también depende de la versión). Cuando una banda de una decena de matones de la ultraderecha vio esa insignia, saliendo Jorge y su compañera del cine Azul, se ganó una paliza con puñetazos, patadas, estacazos, porrazos y, en fin, un cuchillo de monte que le atravesó un pulmón y el hígado. Como en otros ataques fascistas de la época, de poco sirvió la ayuda que la chica consiguió, pues Jorge murió en el hospital diecisiete días después, pero a los asesinos les vino muy bien la ayuda de las instituciones.
Tras ser detenidos, la mitad fueron liberados sin cargos y, del resto, a los dos que eran hijos de militares les fue también levantado el procesamiento, de modo que quedaron sólo dos pobres diablos para cargar de facto con el muerto, porque el autor de la puñalada, José Juan o José Antonio (también en esto varían las versiones) Llobregat Ferré, Pepe el Loco, desapareció entretanto de España ‒dicen que con ayuda‒ por muy imputado que estuviera y no se le ha vuelto a ver por la «piel de toro».
Los magistrados de la Audiencia Provincial de Madrid, no contentos con evitar responsabilidades a según quién, dilataron el proceso cuanto pudieron y pidieron una gran suma de dinero como fianza para la acusación. A los dos cómplices, en cambio, se les condenaría en 1987 y a sendas multas de 50.000 ptas por «desórdenes públicos». La policía, por su parte, trataría a los ultras detenidos con comprensión y hasta les invitaría a beber un poco de vino (¿¡!?) y, en las dos ocasiones en que enlaces austríacos de Interpol les informaron de haber localizado a Pepe el Loco en Viena, sus homólogos españoles decidieron... nada. Ni comunicaron lo sabido a la acusación o a nadie ni respondieron hasta un mes más tarde.
No hemos encontrado ninguna confirmación sobre el paradero posterior de Llobregat Ferré, que, según un comentario anónimo en Internet, habría reaparecerido sucesivamente en Venezuela (donde habría intentado matar a otra persona, también de una puñalada), República Dominicana y México, donde dice el anónimo comentador que seguía viviendo hace unos años, con mujer, dos hij@s y una empresa financiada por sus padres.

Así pues, en estos tiempos en que se supone que los malos malísimos a quienes no hay que dar asilo son los Cesare Battisti y Julian Assange, los Joxean Zurutuza y Edward Snowden, se entera uno de esto. Uno, eternamente frustrado por no poder oler la sangre del pasado, por rastrear ¿demasiado o demasiado poco? las pisadas de hollín, grasa y dolor de la historia chica, descubre que la sangre derramada ante el Azul, como en Aluche y en Vallecas, en Santa María de la Cabeza y el bar San Bao como en Malasaña, deja una pista que lleva al exilio tranquilo que los más fieros franquistas de segunda generación se montaron en Latinoamérica con la complicidad de funcionarios españoles y latinoamericanos (especialmente, paraguayos) y ultras italianos.