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lunes, 1 de junio de 2015

Hace unos días me desayuné con la noticia de la muerte de Federico Arcos.
No tiene sentido abundar en su biografía, otras páginas web cuentan más y quizá mejor sobre lo que fue su vida y su trayectoria militante. Una de esas vidas que inspiran envidia, no porque sean envidiables los avatares a los que se vio enfrentado, sino porque las actitudes que dejan ver y los valores que las inspiran son estimulantes y, aunque normalmente evite estos adjetivos, son admirables.
Hay dos cosas para mí más personales en esta historia. Una, quizá la menos relevante, es la implicación de Arcos en la intensa vida política y asociativa del barrio barcelonés del Clot en aquella década de 1930. Yo viví allí entre 2004 y 2006 y casi todo parecido con la década de 1930, allí incluso más que en muchos sitios, era pura coincidencia; yo mismo fui un buen ejemplo de ello, pues fue una de las épocas menos activistas de mi vida. El colmo de la deshonra, de todos modos, llegaría en 2012 al establecerse allí cierto local de extrema derecha de cuyo nombre no quiero acordarme.
La segunda es que, si recordaba el nombre de Arcos, es por la charla que dio Dolors Marín en el Encuentro del libro anarquista de 2013. Hablaba Dolors de la tenacidad de quienes luchaban desde el anarquismo en aquellos tiempos y el nombre de Federico Arcos surgió sobre todo por su gran implicación en el periódico Ruta, órgano de la federación catalana de las Juventudes Libertarias. Llegada la clandestinidad franquista, contaba Dolors Marín, de cada número de Ruta había dos ejemplares ya asignados: uno para el Jefe Superior de Policía, no fuera a hacerse ilusiones de haberles derrotado, y otra para una hemeroteca, que quedara para la posteridad. Dolors fue a ver a Arcos en Canadá, donde ha vivido los últimos sesenta y tres años de su vida, y le preguntó el por qué de esa constancia en esos dos ejemplares de Ruta tan asignados. Quizá con otras palabras, Arcos le respondió ¿Verdad que los encontraste? Para eso los dejamos. Para que los encontrases. Para que los encontraseis. Para el futuro, para que quedara constancia, para que la semilla -poco o mucho- germinara.
La vista que Arcos y demás quijotes de nuestra clase social, entre lo osado y lo ingenuo, tenían tan puesta en el futuro nos pone los ojos como platos, pero es admirable. Cómo no entender el título de aquel libro sobre las colectividades aragonesas de 1936-39, Trabajan para la eternidad. Cómo no querer ser parte de esa corriente que viene del pasado y se proyecta hacia el futuro, hacia el mismísimo horizonte.
En la imagen, Federico Arcos junto a la también mítica Luce Fabbri (1993).

miércoles, 19 de marzo de 2014

Saber morir: últimas cartas antes de ser fusilado


Quizá el mayor reto en la vida sea saber vivir y, para ello, probablemente haga falta saber morir. Del libro La vie à en mourir. Lettres de fusillés (que también se publicó en traducción al castellano: Vivir a muerte. Las últimas cartas de los fusilados en los campos de concentración) me han impresionado muchas cosas, pero una por encima de todo. Me refiero a la serenidad lúcida con que muchos parecen afrontar su muerte y, en concreto, los casos de Fernand Zalkinow, que lo hizo a los 18 años, y Marcel Rayman, a los 20. El caso de Marcel Rayman es aún más chocante, ya que el joven, confrontado a la muerte, desborda vitalidad.
La traducción de Dánae Barral Hortet publicada por la editorial Barril Barral, dicho sea con el debido respeto y la debida humildad, no me convence, como tampoco otras decisiones editoriales –un subtítulo absurdo, pues muchos de ellos nunca fueron a campos de concentración, erratas de la edición original no corregidas, etc.–, por lo que me permito traducir a mi manera tanto el fragmento de Zalkinow, como la carta de Rayman y las reseñas biográficas, un tanto resumidas.

«Me parece que todo ha sido alegre en mi infancia, junto a vosotros. Habría estado muy bien vivir, amar. Me parece que nunca he sido tan joven como en este momento. Hoy hace sol y estoy muy contento.

(…)

Quizá toda la vida haya sido sólo un sueño. Nunca creí que la muerte fuera para Mí. Los demás podían morir, ¡yo, no! Y creo que aún no lo creo, tal vez es por eso por lo que soy tan valiente.

Los compañeros y yo no hemos sido cobardes. Lo que pasa es que es muy difícil, quienes no han pasado por esto no pueden saberlo. Sí que somos niños, unos y otros; nunca hemos pretendido ser héroes, no hay que pedirnos demasiado.

Hemos pedido como última gracia morir juntos; si nos la conceden, ya será mucho más fácil, somos capaces de morir sonriendo.»



Fernand Zalkinow (1923-1942), en la carta a su hermana mayor.

Peletero después de haber sido administrativo, militó en las Juventudes Comunistas desde el verano de 1940, en los Batallones de la Juventud (verano del 41) y fue miembro del comando que mató al aspirante de marina Alfons Moser en Barbès (París) y del que atacó a un suboficial alemán en el bulevar de Strasbourg, entre otras acciones. Fue detenido el 31-X-41 y fusilado el 9-III-42 con otros seis jóvenes resistentes. Su padre, Nojm, fue fusilado cinco meses más tarde y el resto de la familia, deportados a Auschwitz y Sobibor y gaseados.






«Mi querido Simon,



Cuento contigo para hacer por mí todo lo que yo no puedo hacer. Te mando un abrazo, te adoro, estoy contento, vive feliz, haz feliz a Mamá como habría querido hacerlo yo si hubiera vivido. Viva la vida hermosa y alegre, que todos tendréis. Avisa a mis amigos y camaradas de que les quiero a todos. No hagas caso si esta carta es alocada, es que no puedo quedarme serio.



Marcel»



Marcel Rayman (1923-1944), carta a su hermano Simon (1928-¿?).

Llegó de Polonia con sus padres en 1930, trabajó como tejedor y se unió a la MOI,  después a la Unión de la Juventud Judía y, en fin, a los FTP-MOI, hasta convertirse en responsable militar del Equipo Especial en el verano de 1943, una de cuyas acciones fue la ejecución del SS-Standartenführer Julius Ritter (28-IX-43). Figura en el famoso cartel rojo con la inscripción «13 atentados» y fue uno de los 22 fusilados en el monte Valérien el 21-II-44.

jueves, 30 de agosto de 2012

Joyeux anniversaire!

Querido Jann-Marc:

Ante todo, feliz cumpleaños. Me permito escribirte en castellano por dos motivos: el primero es que dijiste que lo entendías; el segundo, que seguramente no llegues a leer nunca esta carta, por lo que vas a ser, como diría un lingüista, su destinatario, pero no su receptor (este papel lo jugarán quienes lean este blog). Esto es, básicamente, una buena noticia, ya que esta carta es una suerte de sustituto de la que había pensado en escribirte si hubieras seguido entre los muros de Muret.

Si no me equivoco, este sexagésimo cumpleaños es el segundo que celebras de verdad, fuera de prisión, en 4 años y el tercero en 26. Se dice pronto. Como -ya está dicho- es más probable que esta carta la lean otras personas que que lo hagas tú, entenderás que haga de ella algo distinto que un intento de comunicación de un lado a otro de los muros carcelarios y de las singularidades personales.
En primer lugar, es una reivindicación de la honestidad, algo que tú no has inventado, pero sí cultivado. De haber nacido treinta años antes y no durante la vida de Action Directe, quizá tampoco habría apoyado algunas de vuestras acciones, tal vez ni siquiera habría apoyado todas las de los GAI-GARI, pero respeto y comparto el fondo de vuestra acción y discurso y pienso que cualquier anticapitalista honesto lo haría, incluso quienes prefieran promover y practicar sólo las acciones no-violentas. Más aún, recuerdo haber visto el documental Ni vieux, ni traîtres ("Ni viejos, ni traidores", visible gratis y con subtítulos en castellano aquí) y cómo, a partir de los 87'57", tu carta, leída por uno de los directores, hace una crítica serena e implacable de la implicación política de vuestra generación, de su fracaso y de su escasez. Entre los lobos de la autocomplacencia y el precipicio de la traición, elegiste volar. Te negaste a elegir cuando la elección era toda ella una trampa. Bien por el hecho en sí y por el desmentido de tópicos como que hoy día no hay referentes de valores o -la clase de frase que puedes escuchar en España, te lo aseguro- que "faltan cojones", así, en general.
En segundo lugar, esta carta es un mensaje para otras personas que tampoco podrán leerla. Por ejemplo, para Mario, que sigue desaparecido (y muy bien que hace) porque no le perdonan haber sido de los GAI-GARI hace 37 años. Como se niegan a perdonarle en las policías españolas, se niegan -por falta de interés y paladas de ignorancia- en las de Francia, Finlandia o Canadá. Y Mario, entre tanto, seguirá tan flamenco y rebelde corriendo, acosado pero libre, en esta noche de Luna llena.
También para Salvador, Enric y Oriol que, como tod@s l@s muert@s, son invencibles pero que, a diferencia de much@s muert@s, no tienen que alimentar la tierra bajo la losa del oprobio que supone una vida de colaboración con la Muerte misma. Salvador era apenas nueve meses mayor que mi propio padre, el tiempo que tarda en germinar un ser humano, y me parece un buen ejemplo de lo que decía Brecht y que citaba Jacques (en uno de los pocos momentos en que no sonreía), también en Ni vieux, ni traîtres (80'36"), eso de "Nuestras derrotas, lo único que demuestran es que somos poc@s l@s que luchamos contra la infamia y de l@s espectadores esperamos que, al menos, se sientan avergonzad@s".
También para Jean-Claude y para Joëlle, entre otras cosas, porque la vida en sí misma es dura (y más, en prisión) y porque fue ella quien formuló, en esta entrevista, la frase que yo te adjudicaba a ti y que explica perfectamente vuestro noble rechazo del arrepentimiento. La idea -que Nathalie, Georges y tú mismo habéis defendido- de que vuestras acciones habían pretendido ser contribuciones a la lucha de clases y, como tales, abjurar de ellas habría equivalido a intentar reapropiároslas, negárnoslas a l@s demás y contribuir a nuestra desposesión de referentes colectivos.
De hecho, aunque no creo que tú les conocieras personalmente, esta carta también es un guiño a Naparra y Pertur, mejores miembros de vuestra generación que much@s de quienes les sobrevivieron, porque hoy se está hablando de desaparecid@s y parece que nadie quiera acordarse de que l@s últim@s desaparecid@s polític@s en España no son del 39, ni de ningún otro año anterior al 76.

En definitiva, el sentido de esta carta tiene que ver con reivindicarte como sujeto, no sólo un nombre en los libros de contrahistoria o en esos periódicos de hemeroteca que tanto miedo dan a algun@s; tiene el sentido de decir que, jóvenes, madur@s o ancian@s, aquí seguimos, armad@s de memoria y de voluntad e intentando montar un polvorín de coraje y dignidad, a ver qué tal se nos da.
Una confidencia, para acabar. Mirándome al espejo, le he pedido un favor a mi reflejo, uno solo. Le he pedido que, si yo también acabara abjurando de la Revolución y la Idea, postrándome ante la Bestia capitalista, me escupa en la cara sin contemplaciones y con mucha bilis. Ha sonreído, que es su manera de aceptar el trato.
Seguiré leyéndote, seguiremos del mismo lado de la barricada. Sé feliz,


B

domingo, 8 de abril de 2012

De manos tendidas y puños cerrados

Me han pasado, hace bien poco, un artículo de Diagonal sobre la mítica huelga barcelonesa de "la Canadiense" (1919) y he conocido, así, una anécdota histórica que es todo un programa en sí misma.

Unos cuantos datos: Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, fue el mayor cacique de la provincia de Guadalajara durante los últimos años del siglo XIX y buena parte del siglo XX. También uno de los dirigentes más importantes del Partido Liberal y, como tal, ministro en muchos gobiernos y presidente de tres de ellos, incluido el que sucedió al asesinado José Canalejas y otro, también breve, entre 1918 y el 19. En este segundo lapso tendría lugar la mítica huelga que demostraría la capacidad de los trabajadores de Catalunya de paralizar la gran ciudad -y, prácticamente, Catalunya entera- y vencer un gran conflicto (que no había empezado siendo "grande" en absoluto) y haría que el gobierno quisiera apaciguarlos estableciendo la jornada diaria máxima de 8 horas, aquella por la que se había empezado a luchar a escala internacional el 1º de mayo de 1886. La represión, durante el conflicto, incluyó la militarización de la capital catalana y detenciones contadas por centenares y, en el post-conflicto inmediato, el inicio de la siniestra ley de fugas con el asesinato de Miguel Burgos (del sindicato de curtidores de la CNT barcelonesa) y la creación, por el Poder, de los autodenominados "sindicatos libres" y sus escuadrones de la muerte. Fue toda esta salida, toda esta constatación de que no había más derecho que la fuerza, lo que acabó con aquel "gobierno Romanones", consideran algunos.

Veinte años después, con el fin de la guerra civil, el conde recuperaba sus tierras en Azuqueca de Henares, Guadalajara (la mitad de la provincia, como buena parte de España, no se había rendido al ejército franquista hasta después de que Madrid lo hiciera, el 27-III-39), que habían sido colectivizadas por campesinos de la zona.
De aquellos quemaiglesias, comecuras y bárbaros sólo cabía esperar que hubieran arrasado los cultivos, pero lo que encontró el aristócrata fue algo muy distinto: las hectáreas de cultivo eran más numerosas, el trabajo estaba más mecanizado y la producción era mayor. Impresionado, dicen, por la labor constructiva de aquellos revolucionarios chiflados, Romanones consiguió localizar a varios de los responsables de aquello y, en la medida de lo posible, los hizo excarcelar. Mejor aún, pudo hacer lo propio con uno de los principales gestores de aquella finca colectivizada de Miralcampo, Jerónimo (o Gerónimo, según la fuente) Gómez Abril, pintor de brocha gorda de Madrid. El aristócrata le propuso volver a ponerse al frente de la explotación de aquellas mismas tierras, esta vez sin guerra de por medio y con la cobertura legal y económica de hacerlo por encargo del propietario.
Gómez Abril, que ya lo había hecho en las peores circunstancias, que había luchado en las mismas filas anarcosindicalistas que la mayoría de colectivizadores de Miralcampo, en las mismas que Miguel Burgos y la mayoría de huelguistas de aquel 1919, en aquellas cuyos proyectos desaparecían engullidos por la trituradora franquista, dijo "No".

martes, 13 de diciembre de 2011

La vida mancha

Georg Elser pasó sus últimos años, más de cinco, recluido en Dachau como "prisionero especial" antes de ser fusilado.
Por sus rodillas de trabajador, de trabajador del tiranicidio, de la tragedia de un hombre al servicio de la causa de millones. Lo siento si a alguien le chirría este tono épico, pero es lo que hay: Elser visitó la cervecería Bürgerbräukeller -a la que sabía que Hitler acudiría- varias veces por semana durante tres meses, calculando minuciosamente y cavando, de rodillas en el suelo (curiosamente, era un cristiano devoto), la cavidad en que ocultar la bomba que debía matar al Führer. Robó explosivos de su trabajo y buscó un empleo nuevo en el que poder robar más explosivos sin llamar la atención. Puso sus conocimientos de relojería y química explosiva al servicio de La Bomba, fabricó una de prueba y la hizo estallar en una finca de sus padres para asegurarse de estar en el buen camino, calculó la operación con todos sus pormenores y pasó al menos treinta mañanas vaciando la columna que albergaría el artefacto. Al final, Hitler no murió por aquella explosión (como sí lo hicieron ocho miembros de su partido) y el joven carpintero fue detenido antes de poder salir del país. Después de todos los indicios que apuntaban a él, sus rodillas fueron la confirmación: estaban magulladas después de decenas de sesiones de trabajo con aquella maldita columna. La expresión es "dejarse los cojones en algo", como podría decirse algo sobre "tenerlos bien puestos", etc., pero lo que Georg tenía eran las rodillas gastadas de hacer lo que alguien tenía que intentar hacer y lo que se dejó en ello fue la vida. Si existiera algo como Valhalla, espero acabar allí y conocernos en persona, mein brüder.

No fue el único: a lo largo de la década de 1970, la guerrilla nicaragüense del FSLN fue ganando en fuerza a lo largo y ancho del país. A medida que la Guardia Nacional se desesperaba por dar caza a "los muchachos" sandinistas como fuera, se normalizó el ejecutarlos sin juicio en función de sospechas. No pocos muchachos de la guerrilla fueron pasados por las armas por tener las rodillas y los codos magullados de reptar por el terreno.

La vida, en fin, deja marca y la lucha, también. Si los conflictos y decisiones dejan huellas psíquicas, elegir la barricada contraria al Poder, ya está dicho, deja huellas físicas que le pueden llevar a uno al cadalso.
Mucho antes del FSLN y de G. Elser, la Commune de París acabó con aplastante derrota. Entre el exilio de cientos y la deportación a Nueva Caledonia de miles... los fusilamientos de decenas de miles, la mayoría, en los distritos orientales de París y, especialmente, en callejones y espacios abiertos (el primero, el cementerio Père-Lachaise) que en la "semana sangrienta" del 21 al 29 de mayo de 1871 serían conocidos como "abattoirs" ("mataderos"). Y, entre los verdugos, destaca el General De Galliffet, cuyo criterio a la hora de matar o no prisioneros no se conoce al cien por cien, pero sí en un detalle: ordenó fusilar a todos los que tuvieran canas. Si las tenían, tenían edad suficiente para haber vivido ya dos insurrecciones: 1848 y 1871, eran "más culpables que l@s demás" (palabras de De Galliffet), tenían demasiada experiencia combativa para permitirles sobrevivir.
Louis-Auguste Blanqui ("l'Enfermé", "el encerrado"), detenido en Burdeos, no llegó a ser fusilado gracias a su avanzada edad, su estado de salud y su prestigio, pero pasó ocho años más en la cárcel. Digo "más" porque ya había pasado 25, de los 66 que tenía.

La vida mancha, desgasta, deja sus muescas en nuestra carne y nuestro ánimo. Y -aún entre tanto desgaste, tanta salpicadura de barro, sudor, lágrimas e incluso sangre- quien realmente vence al miedo, brilla.

martes, 21 de junio de 2011

"La gente es mala" y otros cuentos

A veces oye uno decir cosas por el estilo, como que "las personas somos malas por naturaleza" o, sin mojarse tanto, que "somos malas" o, simplemente, "la gente es mala" ("la gente... ", como comentaba un amigo hace un par de años, es como se empieza una frase cuando uno quiere distanciarse de la masa, con un inevitable deje de misantropía).
Sintiéndolo mucho por quien quiera sacar algo de la misantropía... no, respuesta incorrecta.
Lo podría haber contado, por ejemplo, Chiune Sugihara. Y ¿quién fue ese? Pues "ese" fue un vicecónsul de Japón en Kaunas (Lituania) entre 1939 y 1940. Le destinaron allí porque había dimitido del importante puesto que tenía en Manchuria -donde Japón había aplastado el movimiento revolucionario local e instaurado un régimen títere-, en desacuerdo con el trato colonialista, humillante y racista que Japón daba a los manchúes.
Y ¿qué hizo Chiune en Lituania? Pensemos que, a partir de septiembre de 1939, la vecina Polonia fue invadida desde el Oeste por la Alemania nazi y, lógicamente, los judíos polacos, que se sabían amenazados, huyeron donde pudieron (no pocos de ellos, a Lituania) y los propios judíos lituanos empezaron a buscar la manera de huir del país, por el medio que fuera. Para colmo de la intranquilidad, la U.R.S.S. invadiría el resto de Polonia (partes de las actuales Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Lituania) y empezaría una guerra fronteriza con su ex-hermana Finlandia, en un clima bastante hostil hacia las otras ex-hermanas (Lituania, Letonia y Estonia, que serían invadidas nueve meses después) y sorprendentemente cordial hacia la Alemania nazi. Es el momento de recordar que las autoridades soviéticas llegaron, en aquel momento de romance nazi-bolchevique, a detener a l@s alemanes que, por afinidad con la U.R.S.S., se habían refugiado allí huyendo de la represión nazi y entregarlos a las autoridades alemanas para que hicieran con ell@s lo que consideraran oportuno (prisión, tortura, ejecución... ).
Así, Sugihara se encontró asediado por hombres y mujeres desesperad@s, que suplicaban por un visado para salir de allí; que pedían, no tanto por ell@s como por sus hij@s, un papel que les diera garantías de no ser encerrados en campos o asesinados en cuestión de meses. Entonces, lo que hizo Chiune Sugihara, respondiendo a la dichosa pregunta, fue pedir a sus superiores en Japón -hasta tres veces- autorización para dar esos visados que pusieran a aquella gente a salvo y, mientras esperaba la respuesta, darse él mismo el "sí" y expedirlos tan rápido como era humanamente capaz, pasándose por el forro -provisionalmente- la jerarquía y la tradición japonesa de respetarla cueste lo que cueste.
La previsible respuesta llegó y sus superiores le dijeron que, ciertamente, Japón no compartía la política del Reich sobre los judíos, pero no tenía con estos ningún compromiso y sí con el régimen de la svástica, además de que no tenían ninguna garantía de que aquellas personas fueran a desplazarse a terceros países después, por lo que debía desistir de sus pretensiones de salvar a aquella gente. Bajo una cierta amenaza de que el consulado fuera cerrado en cualquier momento y su carrera profesional se fuera por el retrete, lo que hizo Sugihara, claro, fue lo que much@s otr@s en posiciones parecidas no hicieron: siguió expidiendo visados que permitían a sus portadores pasar por Japón antes de llegar a terceros países para los que la mayoría no estaban documentados (algunos sí, gracias a Jan Zwartendijk, cónsul de los Países Bajos).
Los hizo en el trabajo y los hizo en casa, los hizo a máquina y a mano, los hizo en su escritorio y en la mesa de la cocina, mientras desayunaba; escribió esos malditos pedazos de mediocridad burocrática desde que se levantaba, apenas cuatro horas después de acostarse, hasta ese mismo momento en que se rendía en la cama. El 3 de septiembre de 1940 llegó la orden por la que debía dejar la legación diplomática de Kaunas, dada su indisciplina, y dejarla inmediatamente para su cierre. Al día siguiente, tras una noche en vela escribiendo más visados, Chiune Sugihara tomaba el tren que le llevaba de vuelta a Japón y, de camino a la estación, seguía escribiendo autorizaciones de visados; en el tren, mientras esperaba la partida y una muchedumbre atemorizada se agolpaba alrededor, aún seguía escribiendo esos papelitos que podían suponer la vida o la muerte de esos semejantes suyos y, cuando el tren arrancó, quemó su último cartucho. Había dejado firmadas y selladas con el membrete del consulado más hojas, éstas aún en blanco, que arrojó por la ventanilla, esperando que l@s perseguid@s encontraran quien les ayudara a rellenarlas en japonés para hacerlas creíbles.
El diplomático japonés, desde luego, tenía cómplices. Aparte de la contribución (no acordada) de Zwartendijk, contó con la ayuda de militares soviéticos que, a cambio de sobornos, dejaron entrar a aquellos fugitivos en el transsiberiano sin hacer preguntas y, según algunos investigadores, es probable que actuara en acuerdo con los servicios de inteligencia polacos. Chiune Sugihara creía haber firmado y sellado unos 3.500 visados, pero no se sabe exactamente a cuántas personas salvaron él y sus cómplices, porque puede que no tod@s l@s que consiguieron uno de aquellos papeles se salvaran. A la vez, much@s de l@s salvad@s tuvieron hij@s y niet@s que no existirían de no ser por personas como Chiune Sugihara. Se calcula que son unas 20.000 personas.
Así pues, -Mr. Brown no gusta de ponerse vehemente, pero aquí no hay más remedio- lo de que "la gente es mala" no me vale. Quien no tenga agallas para hacer lo que está en su mano, que lo diga y busque la manera de superar esa vergüenza, pero quien quiera decir semejante mierda, debería pensar en esos miles de pedacitos de mediocridad burocrática transformados en una nueva oportunidad de supervivencia para miles de personas, gracias a la honestidad, gracias a la buena voluntad y a la astucia de aprovechar una buena posición. Quien sostenga semejante chorrada está invitad@ a buscar a esas 20.000 personas y, si tiene redaños, decirles una por una, mientras ell@s se ríen, que no, mira, que tú te crees que hay perros, pastores, borregos y ovejas negras, pero no, tod@s somos igual de mal@s, igual de verdugos.
Esta historia es real, es una entre muchas y habla de coraje y honestidad; quien no quiera escucharla, ya sabrá por qué.

viernes, 15 de abril de 2011

Museo del coraje: el manco de La Pesquera

Aunque al día ya le queden pocas horas, aprovecho que hoy se cumplen 103 años del nacimiento del "Manco de La Pesquera" para hablar de él y, claro, de lo que representa su historia.
Basiliso Serrano Valero, alias "el Manco de La Pesquera", nació, pues, en ese pueblo conquense el 15 de abril de 1908 y murió ante un pelotón de fusilamiento formado por seis guardias civiles, en Paterna (Valencia) el 4 de noviembre de 1955. Esto último deja claro, desde luego, que no escribo esto porque le conociera personalmente. Y, entonces, ¿qué? ¿Fue un importante científico, un gran ingeniero o arquitecto, un memorable profesor... ? Nanay. ¿Un brillante escritor...? Tampoco, de hecho, en el principal sitio web de homenaje a Basiliso (del que Mr. Brown ha sacado y editado la foto que preside esta entrada, me he tomado esa libertad) aparecen varios poemas que el Manco escribió "en la sierra" y que el autor de estas líneas sólo puede encontrar mediocres. Pese a lo cual, le da igual si escribía poemas mediocres o cuartillas rellenas con la frase "Ahí se mueran todos los que se hacen llamar 'Brown' o cualquier cosa parecida", Basiliso seguiría siendo, con mucho, uno de esos personajes ante los que Mr. Brown se quita el sombrero.
Ya he hablado del pelotón del fusilamiento y he dejado caer lo de "la sierra", así que más vale entrar en detalles, porque lo importante no es cuándo, dónde o cómo muere un@, sino cómo vive. Y Basiliso, anarquista y militante de la CNT, participó en la revolución que se operó en muchos puntos de España a partir de julio de 1936, aprovechando el vacío de poder creado por el golpe franquista, la desidia republicana y la acción contraofensiva de much@s revolucionari@s. Por desgracia, para much@s, la renovación revolucionaria se mezclaba con las ganas de venganza y era un buen momento para matar a todo aquel al que se considerara contra-revolucionario (políticos de derechas, empresarios, encargados, terratenientes, miembros de la Iglesia Católica ... ). En el caso concreto de La Pesquera, donde fueron bien recibidos los milicianos anarcosindicalistas que venían de la ciudad con ganas de depurar ("¿Quién sobra aquí?"), se cuenta que el Manco soltó algo tan sencillo como sorprendente: "Aquí no sobra nadie, falta pan y faltan brazos, compañeros". El terrateniente, el cura, el cabo de la guardia civil, típicos granos en el culo de todo pueblo español que se preciara, carne de paredón o de exilio a "la otra España" en aquellos días, en aquellos pueblos, se salvaron (como mínimo, en parte) de acabar igual gracias a la intervención de Serrano. Trabajaron en el campo como los demás y vivieron como los demás.
Como una tercera parte de la España antifascista, la provincia de Cuenca cayó bajo el empuje de las tropas de Franco y la rendición de Madrid en los últimos cuatro días de marzo de 1939.
En aquel momento, Basiliso, que ha combatido contra la cruzada, debe de ser muy odiado más allá de La Pesquera, tanto por su papel destacado en la CNT local antes de la guerra, como por el que ha jugado durante esta, en el pueblo y en el frente, porque es acusado de pertenecer a la creciente guerrilla, pese a que en realidad está oculto en La Pesquera, cosa que, en un primer momento, fingen desconocer tod@s... incluido el cabo de la Guardia Civil (que acabará por ser enviado a otro destino por sus superiores), el párroco y el cacique local.
Cuando se le empieza a acusar de muertes, cuando se le avisa de que ya han detenido, como quien dice, a medio pueblo (incluidas las figuras "respetables" mencionadas) para intentar encontrarle y hacerle pagar por algo que probablemente no haya hecho; cuando la presión en torno a su pista es tan evidente y las palizas a sus familiares, habituales, Basiliso acaba por huir al monte como tantos otros y, al cabo de poco tiempo, un 15 de febrero de 1946, contacta con una partida de maquis. Aquel fue el año en que la guerrilla española toca techo, con las incorporaciones y reincorporaciones de veteranos de la Resistencia francesa y cierta ilusión respecto a una posible derrota militar del régimen franquista. En esta zona en que se unen Cuenca, Valencia y Teruel hay muchas y grandes partidas, que se coordinan en la Agrupación Guerrillera del Levante y Aragón o AGLA y que tiene la particularidad (dentro de que la formación política con más ascendencia sobre la mayoría de sus partidas sea el PCE) de ser bastante heterogénea en cuanto a las ideas de sus miembros y de estar lo bastante consolidada como para tener un periódico propio y una academia de guerrilla.
No obstante -y esto sólo lo sabemos desde el tiempo transcurrido- el maquis estaba en decadencia y, por más que aún hubiera incorporaciones, caín hombres y mujeres, caían partidas, redes y agrupaciones enteras. El 27 abril de 1952, Basiliso Serrano Valero es capturado cuando ya se disponía a marchar a Francia y tras ser juzgado y condenado a muerte por un tribunal militar, ya está dicho, más de tres años después, lo matan a sus 47 años. Muere con fama de bandolero (es uno de los casos en que más se ahondó en esa idea del partisano como delincuente común) y de haber matado a más de treinta personas, entre guardias civiles, chotas y demás.
Tengo que acabar con las palabras de algún indeterminado "recolector de historias" que recogía, a su vez, Pedro García Olivo en El husmo:

En La Pesquera, todo el mundo me habló bien del Manco. Y cuando les dije que se habían escrito libros en los que se le acusa de ser el responsable de treinta y tantas muertes, sus paisanos se alzaron de hombros. A un campesino con el que estuve paseando largo rato por las afueras del pueblo, se le escaparon estas palabras 'Si es verdad eso, aún mató a pocos. Ustedes, los de la ciudad, no saben la de perrerías que nos hicieron pasar algunos ricachos después de la guerra. Son los amos hasta del aire que respiramos. Y eso, no se le olvide, dura desde el año 1939'.