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domingo, 29 de octubre de 2017

Yo tenía un amigo

Yo tenía un amigo.
También tenía una amiga. Estaban juntos. Bastante juntos, las parejas tienden a estar bastante juntas, en general. Dos años después de conocerles, dejaron de estarlo. Poco después, ella me dijo que él la había ido alejando de otras personas, había conseguido que ambos dependieran cada vez más del otro y sometido a todo un proceso de anulación.
Ninguno entró en detalles, pero él reconocía que la relación no era sana y que la ruptura era, en el fondo, lo mejor para ambos. Después, estaba en otra relación, con otra persona, otra buena persona y yo creía que todo iba bien, todo lo bien que pueden ir las cosas en el mundo real, vaya. Él reconocía que había tenido actitudes de puro maltrato psicológico por su inseguridad y que quería dejar eso atrás.
Y me entero, más de cuatro años después de la primera ruptura, de que no es así. De que él ha seguido teniendo actitudes de maltrato, de acoso. Y me pregunto qué puedo hacer, qué debo hacer. Me pregunto si puedo ayudarle a cambiar o, al contrario, debo dejarle de lado como han hecho otros y esperar que el aislamiento le cambie o al menos le dificulte llegar a otras posibles víctimas.
Quedo con él, hablamos de banalidades. Después de mucho rato, saco el tema. Da su versión, no niega nada, se muestra humilde, relativiza lo ocurrido: él no cree haber sido el único con actitudes malsanas, no recuerda que hubiera tanta diferencia entre lo hecho por uno y otra, etc. Me sugiere alejarme de él si lo creo conveniente, por más que desee, dice, que sea para volver a encontrarnos después. Le digo que sí, que prefiero alejarme. No sé si consigo decirle todo lo que siento: que ya no sé si le conozco, que ya no sé si puedo confiar en él, que no sé si estar cerca de él es una manera de ayudarle a cambiar o ayudarle a encubrir lo que, en el fondo, también es. Me alejo de él y lo siento como una ruptura: ¿ha sido su gran final como actor o realmente me ha dejado ir con verdadera humildad y buena intención?
Han pasado más de dos años cuando escribo esto –cuatro años cuando lo releo– y tengo las mismas dudas y el mismo dolor por todo lo ocurrido. El mismo dolor y la misma vergüenza porque no lo vi (¿o no supe verlo?) y no pude ayudar a mi amiga. El mismo dolor y la misma vergüenza porque otro sí supo ayudarla y tanto fue así que se convirtió en su nuevo compañero-enemigo, en su nuevo manipulador infiltrado hasta en el último rincón de su corazón. La misma vergüenza porque sé que mi parte no es tan dolorosa como las de ellas. Tengo la misma vergüenza porque toda esta consciencia, en lo mental y en lo emocional, no cambia una puta mierda de lo ocurrido, aunque quizá me sirva para hacerlo mejor en una situación parecida.
Eso es lo que tengo, lo que de todo esto me queda.

lunes, 1 de agosto de 2016

sábado, 23 de julio de 2016

¿Un gato?

Quizá creí que tenía más de gato de lo que realmente tenía. Quizá tenga algo más de perro. O quizá sólo pase que me haya movido demasiado poco como para averiguarlo aún. ¿Cuántas ocasiones de actuar libremente hay que aprovechar para empezar a sentirse realmente libre? ¿O es que es más fácil sentirse libre primero y luego actuar libremente? ¿Cómo se interrumpe este bucle, cómo se entra en el círculo virtuoso?


«La vida», escribió Søren Kierkegaard, «sólo puede ser comprendida hacia atrás, pero sólo puede ser vivida hacia adelante». Es brillante, pero le faltó quizá decir que lo comprendido a veces no sirve para vivir, que en ocasiones todo parece nuevo, no ilusionantemente nuevo, sino nuevo como un golpe nuevo: no sabemos si nos alcanzará, no se sabe en qué punto ni con qué fuerza, sólo sabemos que es posible que duela. No todo en la vida es triste, ni muchísimo menos, pero muchas de las cosas que no son tristes son banales y acaban resultando, a quien no tiene dramas, aún más tristes que las dramáticas.
Escribió en el Libro del desasosiego Bernardo Soares/Fernando Pessoa, entre otras nostalgias, la de algo (¿libertad verdadera? ¿naturalidad? ¿funcionalidad del hemisferio derecho del cerebro?): «He matado a la voluntad a fuerza de analizarla. ¡Quién me volverá a la infancia de antes del análisis, incluso de antes de la voluntad!».

domingo, 10 de julio de 2016

Arma letal 2, versión postmoderna

En la versión postmoderna de Arma letal 2, Roger Murtaugh, el policía que interpretaba Danny Glover, también se entera de que hay una bomba bajo su WC cuando ya está sentado en él. Ahora bien, todo el mundo le dice que no sea tan negativo. Dejan el temporizador correr y empiezan a acolcharle el retrete para que esté más cómodo, le instalan un equipo de música y una tele en el mismo baño y su familia le lleva allí la comida. Pide un crédito al banco y así puede pagar a profesionales que le echen una mano: un fisioterapeuta que le ayude a mantener las piernas más o menos en condiciones (circulación sanguínea en orden, músculos a tono), un psicólogo para la terapia familiar y un coach que le da claves para motivarse y aprender a tomarse como una oportunidad vital la bomba que tiene debajo del culo.


En esta versión, Murtaugh termina sus días como un anciano convertido en youtuber que sube vídeos y publica algún que otro libro de autoayuda explicando lo importante de una actitud emprendedora y positiva. Llega al final de su vida gagá y rodeado de sus seres queridos, que evitan hablar de la bomba y, cuando lo hacen, es con eufemismos o circunloquios («el tema este» y similares, incluso «lo de la bomba»). Las pocas veces que alguien se atreve a mencionar la posibilidad de intentar desactivar la bomba o incluso la de levantarse por si el artefacto hubiera quedado inutilizado por el paso del tiempo, la persona en cuestión es mirada como una loca de atar y se le replica que las cosas no son tan simples, que vaya soluciones más radicales busca, etc., etc.

martes, 21 de julio de 2015

Catorce años y un día

Parece increíble que hayan pasado ya catorce años desde la muerte de Carlo Giuliani en Génova, catorce años y un día, como una condena. Y catorce años desde el asalto a la Escuela Díaz.
Nosotr@s, que tuvimos por comadrona a la desindustrialización, que fuimos bautizad@s por los GAL con pasotismo en vez de agua bendita mientras quemaban heroína en los incensarios, entre los gritos de los estibadores en lucha. Nosotr@s, que hicimos la comunión en centros sociales okupados bajo la protección de nuestros hermanos insumisos y antifascistas. Nosotr@s nos confirmamos aquel verano de 2001 comiendo el cuerpo de Carlo y bebiendo su sangre en cálices de plástico.
Recuerdo que el Poder no tocó el órgano: puso por música los gritos policiales de la Díaz, el crujir de costillas y extremidades de nuestr@s compañer@s, sus dientes rotos, los electroencefalogramas monitorizando cerebros en coma, las sirenas, los sollozos de terror. Yo iba a cumplir 18 años, Carlo era mayor, tenía 23. Ahora yo soy el mayor de los dos: voy para 32 y Carlo sigue teniendo 23, eternamente 23. El Enemigo congela a l@s muert@s en el tiempo y convierte su inmortalidad en la prueba de que el tiempo pasa.
Bien, pues no nos hemos rendido, no hemos dejado que la amargura ni el odio nos consuman, ni nos hemos ablandado. Seguimos aquí y vamos a por todas. Tomad nota, porque vamos tan en serio que vamos a desmontar todo este tinglado sin guillotinas, sin paredones, sin linchamientos. Llevamos en la sangre las caras y nombres de nuestr@s muert@s, nuestr@s suicidad@s, nuestr@s deprimid@s y no recuperad@s. Tomad nota porque, por tod@s ell@s, estamos tan viv@s y llen@s de vida que lo peor que haremos con vuestras cabezas es llenarlas de asombro.

martes, 12 de mayo de 2015

Veinte problemas en nuestro discurso

Quien más quien menos está acostumbrado a leer publicaciones cuya carga ideológica es distinta, o directamente contraria, a la de un@. Sea un periódico, un panfleto o una entrada en un blog, en general tenemos cierta capacidad de buscar sus puntos débiles y relativizar o invalidar lo que dice el otro... pero ¿estamos dispuest@s a evitar esos mismos problemas en nuestro discurso (y, por tanto, en nuestro discurrir) cuando seamos nosotr@s los que nos expresemos?
Nos hemos puesto a pensar en esto y, con la ayuda de otras gentes*, hemos dado con veinte problemas, más generales o más concretos, que nos convierten a veces en l@s populistas, manipuladores y demás que no queremos ser. Estoy hablando de cuatro problemas en cuanto a cómo se aborda la discrepancia y otros dieciséis más concretos, considerados falacias -argumentos inválidos-, en la tradición filosófica heredada de l@s clásic@s grecorroman@s o en consonancia con esa tradición. Concretamente, como aspectos generales:

· mala fe, ya sea por entender el debate como un enfrentamiento personal, por ser más exigente con l@s demás que con un@ mism@ o con quienes están más cerca, etc.
· argumentación emocional, ya sea en cuanto a los hechos presentados, a la manera de presentarlos, al criterio con que se eligen unos u otros... El miedo y la esperanza pueden ser buenos mecanismos para manipularnos (nota: no pretendemos negar la parte emocional del ser humano ni que pueda afectar a la racional, lo que negamos es la supuesta legimitidad del uso del poder de las emociones para escamotear o retorcer lo racional)
· mentalidad del «mal» como sustancia contaminante. Como detallaremos más adelante, esto se puede concretar de varias maneras: impugnar una idea por la persona que la propugna, hacerlo con una persona en función de algún aspecto de su vida privada, etc.
· de la mano de esto, la «externalización selectiva», esto es, que, una vez que un@ ya ha decidido quién/es  son l@s buen@s y quiénes l@s mal@s (por intuición, por un análisis global o por lo que sea) el criterio se vuelve distinto. A partir de ahí, l@s un@s sólo hacen algo malo por las circunstancias y algo bueno por naturaleza y l@s mal@s, al revés; a un@s les aceptamos que separen medios y fines, o palabras y acciones, ya  l@s otr@s, no; etc.

Como falacias más concretas:

· ad hominem -> para intentar invalidar lo que defiende alguien, le invalido a él o ella como persona.
· ad populum -> la idea de que algo es lógico porque lo hace todo el mundo. También se puede usar -y se usa- dada la vuelta, lo que podríamos llamar «falacia snob»: si parece minoritario o marginal, es acertado o merece algún tipo de aplauso. 
· apelar a la ignorancia (para ignorar objeciones) -> «no hay pruebas de lo contrario, luego es así». ¿Quién no ha visto defender posiciones de fe (religiosa, supersticiosa, new age) sembrando la duda sobre el método científico, para luego no hacerlo sobre la fe?
· argumentación dirigida a las consecuencias -> intento rechazar o afirmar un razonamiento aludiendo a consecuencias deseables o indeseables, pero que no lo hacen más ni menos lógico;
· autoridad irrelevante -> me apoyo en lo dicho o hecho por alguien sin tener en cuenta que el que sea una autoridad en algún aspecto no quiere decir que lo sea en lo demás; 
· ad antiquitatem -> casi una variante de lo anterior: digo que algo es defendible porque es antiguo, porque siempre se ha hecho así, ... Sostener, al contrario, que algo es cierto o merece apoyo sólo por ser nuevo no es menos ilógico (falacia ad novitatem);
· causa cuestionable -> pretendo que existe una relación causa-efecto entre dos hechos sólo porque han ocurrido consecutivamente o a la vez;
· deducción abusiva -> generalizo en cuanto a una persona-figura y a su discurso (si está de acuerdo con algo, se está de acuerdo con todo, etc.) ;
· efecto dominó -> (también llamada de la pendiente resbaladiza) doy por seguro, no como un mero riesgo, que la consecuencia de un acto tendrá, a su vez, otra(s) consecuencia(s) que en realidad no son seguras («quien rompe una ventana acabará matando a alguien si no se le castiga», «quien fuma porros acabará enganchado a la heroína», etc.) para acabar llegando de lo aceptable a lo inaceptable, o al contrario;
· el hombre de paja -> caricaturizo lo que dice el otr@ e impugno la caricatura y no lo que realmente ha postulado; · equívoco -> mezclo ideas utilizando las ambigüedades del lenguaje;
· falacia genética -> afirmo o niego el valor de un argumento en función de su origen (época, país del que procedería... puede ir fácilmente unida a la falacia ad hominem); 
· falso dilema o falsa dicotomía -> intento reducir el debate a dos posiciones -en ninguna de las cuales se sitúan mis oponentes- más allá de las cuales, supuestamente, no hay alternativa; 
· razonamiento circular -> dos proposiciones que son usadas cada una como base de la otra, pese a que no tienen ningún fundamento más allá del círculo que forman;
· reductio ad hitlerum -> busco alguna conexión entre el discurso del adversario, o su persona, incluso si es indirecto o superficial, para relacionarlo con Hitler, el nazismo -por este lado, sería un tipo reciente de falacia- o cualquier otra cosa que un@ considere el colmo del Mal (en el Occidente de los últimos setenta años, son el nazismo y la persona de Hitler);
· secundum quid -> generalizo, asignando lo que hacen algunas personas de un colectivo humano a todo ese colectivo (género, sector político, profesión, comunidad religiosa, étnica, ...).



* Esta entrada quizá no habría existido de no ser por el artículo [en francés] Empirer l'incompréhension. Alain Soral et les règles élémentaires du débat intellectuel, publicado por Frédéric Dufoing en Jibrile y no habría sido tan sencilla de escribir de no ser por (además de Dufoing) Ali Almossawi, que ha escrito y dibujado este estupendo Un libro ilustrado de malos argumentos y por María Corchero, que lo ha traducido al castellano.

martes, 31 de marzo de 2015

Impresiones de Montevideo

Si Uruguay tiene una imagen asociada, es la del paisito, la de un país pequeño, con características de pueblo a una escala mayor. Y, si algo transmite esa sensación, es la presencia del mate: lo que en Argentina, Paraguay o Rio Grande do Sul es un rito privado aquí, con la ayuda del omnipresente termo de agua caliente, es como un sempiterno biberón del que un@ nunca se desteta. En la calle, en el supermercado o en comisaría, en ninguna parte se interrumpen las mateadas, produciendo al extranjero la sensación de que todo el mundo está en su casa todo el tiempo.
Tal vez sea una cuestión de suerte, pero esa sensación de paisito también es alimentada por la hospitalidad con que he sido tratado por casi todo el mundo las dos veces que he visitado esta tierra.
Aparte de eso, Montevideo, pese a ser una gran ciudad (en torno a un millón y medio de habitantes), no es abrumadora: teniendo en cuenta las cantidades de casas bajas, edificios bajos y, en relativa escasez, edificios altos, parece mucho más desarrollada en horizontal que en vertical.
Veo lugares que recordaba, como la plaza Independencia, y otros que no había visto, como el bello Hospital Italiano o la plaza Matriz (oficialmente, «plaza Constitución») que, como buen visitante, me gusta, pero encuentro demasiado frecuentada por otr@s visitantes.
También paso por un barrio humilde, como es La Unión, y por Tres Cruces y Punta Carretas, sedes de la clase media montevideana. He tenido ocasión igualmente de pasar por la Ciudad Vieja, donde algunas localizaciones me llevan a Benedetti y La tregua (la c/ Brandzen, el cruce de Veinticinco con Misiones, donde no está el café de Santomé y Avellaneda y sí tres bancos y un ministerio) y de confirmar en Minas con 18 de julio que en Uruguay las pizzas sin queso son tan fáciles de encontrar como las otras.
Aquí también hay urbanismo del que rinde culto a dictadores (parque Gabriel Terra), pero he visto al menos dos pintadas y una pancarta en solidaridad con los detenidos en la «operación Pandora», una de ellas ante el bello edificio de la Universidad de la República.
No están en los nombres de las calles, pero en plena Unión, en la calle Rousseau, está la casa en que vivían los hermanos Moretti, Antonio y Vicente, anarquistas porteños más audaces que sensatos, que llevaron a cabo en la plaza Independencia, el 25-10-28, el atraco al Cambio Messina. Lo hicieron con tres españoles que habían llegado de Barcelona (Pedro Boadas Rivas, Agustín García Capdevila y Tadeo Peña) y, aunque desconozco el desarrollo de los hechos, el resultado fue una escabechina: hirieron de gravedad a dos transeúntes (hay quien habla de un tercer herido), mataron al propietario del cambio, mataron a un empleado y mataron al taxista que les había llevado. En poco más de una semana, la casa de la calle Rousseau sería asediada por doscientos o trescientos policías, según la versión, y todos caerían detenidos, salvo Antonio Moretti, que quemó el botín del atraco y se voló la cabeza. Miguel Arcángel Roscigno, que no había querido participar en aquello y lo había desaconsejado, tendría que poner tierra de por medio.
En un lugar algo más céntrico, Monte Caseros con el bulevar Artigas está el lugar donde mataron al comisario Pardeiro un 24-2-32. Otros fueron los condenados, pero es probable que los verdaderos responsables fueran Luis Armando Guidot y el novelesco Bruno Antonelli Dallabella, alias Faccia Brutta («cara fea») inmigrante italiano de la vecina argentina que, como otros paisanos suyos, tenía un pie en el anarcosindicalismo y otro en la Cosa Nostra. Faccia Brutta, al que se daba mucho mejor cometer atracos y salir indemne que hablar castellano, acabó de todos modos en la cárcel y allí le matarían otros reclusos. Un estudio de Hollywood estaba interesado en hacer una película sobre su vida y se dice que quienes le conocían temían que la vanidad le hiciera perder la discreción.

En Punta Carretas, la antigua cárcel, sede de la histórica fuga tupamara de 1971 y de la menos conocida de los anarquistas de 1931, es ahora un centro comercial («Punta Carretas Shopping»). En frente, en el 2529 de Francisco Solano García, una tienda de ropa donde estuvo la carbonería (El buen trato) que José Baldi («Gino Gatti») compró para cavar, con otros tres compañeros, un túnel -según quién lo cuente- de entre 43 y 54 metros de longitud (ver foto) con el cual sacar de prisión a Roscigno.

Habían dejado una nota en la boca del túnel «Son ácratas aquellos que lo demuestran con los hechos y no con las palabras».
Tanto Roscigno como Moretti fueron detenidos de nuevo (por un chivatazo) en cuestión de días y prefirieron ir a la cárcel en Uruguay que a manos de la policía argentina. De poco parece haber servido: tras cumplir una nueva condena, al acabar 1936, Roscigno, Andrés Vázquez Paredes y otro de sus compañeros fueron liberados y entregados a la policía argentina que, en un anticipo de lo que vendría décadas después, los desapareció.

lunes, 23 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (IV)

Aún hoy día abundan las pintadas y pegatinas con referencias a Perón y/o Evita. Para colmo, hay elecciones generales en el horizonte y el sucesor de Cristina Fernández se ve apoyado por todo un imaginario que idealiza a la todavía presidente y, sobre todo, al difunto Néstor Kirchner, convertido por algunos en un submito dentro del mito peronista que irradiaría a su viuda y a cuantos se hayan relacionado con uno u otra.
Otra cosa que me sorprende de la población porteña es el número de andin@s. Me pregunto cuánt@s serán argentin@s (salteñ@s, tucuman@s,etc.) y cuánt@s, inmigrantes venidos de Bolivia o más allá. En todo caso, su presencia me reconforta: no soy el único exótico, no soy el único que habla-castellano-pero-raro.
Mi visita al cementerio de la Chacarita, construido por el mencionado desborde de otros cementerios a partir de 1871, ha sido un tanto frustrante. Resulta que cierra a las 17.00, resulta que entre sus numerosas calles, la que yo busco no parece existir, resulta que el que podría ser el sepulcro que he buscado, el de Wilckens, no tiene ninguna inscripción ni homenaje de ningún tipo, no puedo confirmar ni desmentir el haberlo encontrado. Tampoco tengo tiempo para casi nada. Es una cálida tarde de verano y es extraño estar en un cementerio. Dos chicas jóvenes están sentadas ante una tumba y parecen conmovidas, yo me siento un poco intruso y, a la vez, me pregunto por todas las tumbas que se ven deterioradas o medio hundidas, ¿no queda nadie vivo que se ocupe de ellas?
En general, parece que mi habitual relación con l@s muert@s es más difícil por aquí: Alejandra Pizarnik está enterrada en las afueras (cementerio judío de La Tablada, leo), Baldomero Fernández Moreno, otro tanto (Chascomús, leo), el doctor Favaloro, en un cementerio privado y Aldo Pellegrini... ni la más remota idea.
El barrio de la Chacarita, o al menos la parte que he visto, parece muy comercial: en frente del cementerio hay no pocos bares y tiendas, pero el trozo que recorro de la avenida Warnes (donde trabajaba Gekrepten, me recuerdo) está temáticamente dedicado a la automoción: los talleres mecánicos y tiendas de repuestos se suceden uno detrás de otro, ¿no los habrá en el resto de la ciudad?
La avenida Dorrego no me parece mucho más acogedora y, de hecho, en torno a la estación de tren de Chacarita empieza una zona de casitas bajas, casi chabolas, y, al pasar por el túnel bajo las vías, encuentro la correspondiente concentración de hollín. Al salir al otro lado del túnel, vuelven los parques y las calles de aire más residencial.
He dado vueltas por el sur de Almagro, buscando los antiguos cines míticos del barrio, en Rivadavia, Corrientes y Díaz Vélez, pero ya no existe ninguno. De nuevo, Rayuela es una de las cosas que me ha llevado allí (habla del cine Presidente Roca, entre otros), igual que a la calle Suipacha (casi toda en el centro histórico), pero allí ya sé que no voy a encontrar el café Richmond porque cerró tiempo ha.
En cambio, ir más al centro, al barrio de Caballito, buscando, entre otras cosas, la cortazariana plaza de Irlanda, me ha dado un agradable paseo por calles como Neuquén o la avenida de Avellaneda. Me temo que el nivel económico por aquí, eso sí, sea más alto que la media porteña (y aún estaríamos hablando de una media).

Nota: la foto muestra a Salvadora Medina Onrubia. No he hablado de ella en esta entrada, ni en ninguna otra, pero tiene su relación... y sé que volverá a venir al caso.

jueves, 12 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (III)

Por todas partes gotean aparatos de aire acondicionado. Hay muchos coches antiguos, tanto en uso como abandonados. Algunos, más o menos antiguos, están clamorosamente abandonados: chapa oxidada, basura en el interior, etc. También hay muchos perros callejeros. Pienso en que quizá tengan una vida dura, quizá propaguen parásitos o dejen más mierda, pero hay más perros vivos. La asepsia canina de ciudades como Madrid o Barcelona, me recuerdo a mí mismo, se basa en una política de exterminio constante, púdicamente llevada a las perreras.
Parques, setos y verdor por todas partes. Sigo buscando tras las huellas del movimiento obrero argentino y no siempre encuentro lo que busco. Hay un poco de césped en el antiguo solar del número 1056 de la calle Estados Unidos, sede de un local anarquista en otros tiempos, en una zona visiblemente proletaria del barrio de Monserrat. Voy a Balvanera, otro barrio humilde y donde me han recomendado ir únicamente de día y con cien ojos y busco en los alrededores de la plaza Miserere (antiguamente «plaza Once»), donde se encontraba la sede del combativo Sindicato de Panaderos. Allí se libró una batalla clave el 19 de junio de 1923 que acabó con el panadero español Enrique Gombas muerto con varias balas en la cabeza, un vendedor de fainá, Francisco Facio, muerto bajo los cascos de los caballos de la policía, el agente de la ley José Arias, herido de muerte por bala y hay otros 17 trabajadores heridos graves de bala y/o sable y 163 detenidos, por lo general sableados también en alguna medida (un panadero, por ejemplo, con la nariz partida en dos).
Para llegar allí he tenido que cruzar buena parte de Almagro por la calle Anchorena (recuerdo a Horacio Oliveira diciendo «no sé si te acordás de cuando practicaba judo con los muchachos de la calle Anchorena») y me gusta. Me sorprende la cantidad de judí@s practicantes que veo por Buenos Aires y, en esta zona, much@s no sólo llevan kipa, sino todo el atuendo hasídico: pantalón, chaqueta y sombrero negro, para los hombres, faldas largas y el pelo cubierto por un pañuelo o una peluca, para las mujeres (al menos, creo que ese es el caso de las casadas). Aquí hay también muchos comercios más o menos especializados en el público judío (librerías, alimentación... me sorprende que muchos usen la variante “casher”, como en francés) y algunos edificios más importantes (escuela talmúdica, etc.), protegidos por bolardas de cemento y policía. Desmintiendo los tópicos, es un barrio con mucha población judía, pero no adinerado (a diferencia de lo que pasaba en Montréal con Hampstead y Outremont). Más tarde aprenderé un agradable detalle de la alimentación kosher: al tener prohibido comer lácteos y carne en la misma comida, han desarrollado toda una gama de helados sin leche que, a su vez, han traído a gran parte de l@s vegan@s de Buenos Aires a las heladerías kosher, lo que les ha reafirmado en la oferta vegana. He probado una heladería kosher de la zona y no tengo queja, francamente.
El trozo de la calle Bartolomé Mitre más cercano también está lleno de verde. Los antiguos talleres Vasena, ocupado por sus obreros en 1919 y desalojados violentamente, dando comienzo a la «semana trágica», son ahora un parque, aunque se han conservado trozos de tres muros a modo de memorial. Cerca hay unas cocheras coronadas por alambre de espino y, de alguna parte, llega el olor de un fuego.

El barrio de Parque Patricios no parece muy residencial, más humilde, todo parece más deteriorado y precario. Entre las calles Pichincha, Santa Cruz, 15 de noviembre de 1889 y la avda. Caseros está la doble cárcel de encausados. Es un doble monumento histórico: la primera, en este sentido N-S en que voy, es la más reciente y que sólo estuvo en uso de 1979 a 2001, un edificio visiblemente clausurado y rodeado de una acera descuidada. El segundo, una cárcel decimonónica, también clausurada, medio corroída por su antigüedad y por su abandono y gloriosamente invadida por plantas. Allí pasó sus últimos días Kurt Wilckens y allí lo mató el ultraderechista Jorge Pérez Millán Temperley, miembro de la Liga Patriótica Argentina y a la sazón funcionario de prisiones.
Justo en frente hay otro parque, de los grandes, el Florentino Ameghino –antiguo cementerio, desbordado por la epidemia de fiebre amarilla de 1871, he leído– y, como nueve manzanas al sureste, en el 375 de la calle dr. Carrillo, el antiguo hospicio de las mercedes, hoy Hospital José T. Borda, donde se solía llevar a los condenados con problemas mentales. Allí llevaron a Pérez Millán Temperley a cumplir 8 años de condena por matar a Wilckens. Allí se hizo trasladar Boris Wladimirovich, novelesco anarquista ruso que cumplía condena en Ushuaia, haciéndose el perturbado, para poder vengar a Wilckens, con la complicidad de sus compañeros Timofey Derevianka (ucraniano) y Eduardo Vázquez Aguirre (español). Consiguieron que otro condenado del hospicio, Lucich, matara al ultranacionalista y quedaron impunes, al haber atado todos los cabos. De no haberlo conseguido, tenían un sutilísimo plan B: Vázquez y Derevianka entraban en el hospicio, se llevaban a Pérez Millán Temperley a punta de pistola a la plaza de Mayo y allí lo colgaban.
Es el barrio de Constitución y, al menos esta parte, parece más tranquila, pero también poco poblada, entre el hospital, una fábrica y similares. Cuando empiezo a recorrerlo en sentido norte, en la transición hacia el de Monserrat, me encuentro lo que parece un barrio proleta con riadas de gente en torno a comercios sencillos, olores y ruidos por todas partes y una fuerte concentración de mujeres y personas transgénero prostituyéndose.
Eso me hace pensar en los papelitos (tamaño A8, o menos) que anuncian los servicios de las prostis: los hay millares por buena parte de la ciudad, pegados en largas filas en contenedores de basura, marquesinas y similares.

lunes, 9 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (II)

Me alejo hacia el noroeste, buscando Palermo, y voy pasando más verdor: parque de Las Heras, el Jardín botánico, ... Ahora no hay librerías, hay un mercado de libros al aire libre. Cuando hablo con gente de aquí, me siento muy inseguro: compartimos miles de palabras, pero muchas no significan lo mismo. En otro orden de cosas, casi toda la moneda que veo son billetes, los hay hasta de cinco pesos (unos cincuenta céntimos).
Al recorrer el mercado de libros he pasado en frente de la SRA (Sociedad Rural Argentina) y ahora llego a la calle Fitz Roy, casi en la esquina con la avenida Santa Fe, donde el también anarquista Kurt G. Wilckens hizo justicia del también asesino Varela, verdugo de unos mil quinientos huelguistas en la Patagonia (para alivio de los terratenientes de la SRA) en el verano de 1921-22. El edificio de la dirección de Varela no es el mismo (demasiado reciente), el del zaguán donde Wilckens le salió al paso, tampoco, e incluso el árbol que hay delante es demasiado joven para ser el mismo al que Varela, moribundo por la bomba, se abrazaba mientras intentaba desenvainar su sable y maldecía al alemán y este, arrastrándose con la piernas medio destrozadas por su propia bomba, sacaba una pistola para rematar lo empezado. Ahora veo una pastelería, una (otra) librería, etc. pero casi puedo ver a Wilckens («espíritu sereno y demoledor», diría Severino Di Giovanni) en el suelo, tendiendo educadamente a los testigos la pistola, con la culata por delante, y diciendo en castellano aproximativo «He vengado a mis hermanos».

Como no sólo de historia vive el hombre, punto y aparte. A una manzana hay una tienda de comida vegana casera y, ya con provisiones, sigo marchando. Hay una calle Jorge Luis Borges que nace o desemboca en la plaza Julio Cortázar, me pregunto qué les parecería a uno y otro esa conexión, de haberla conocido. Tengo la impresión de que el cronopio era más humilde, pero quizá sea una cuestión de simpatía personal y afinidad política, quién sabe.
Ayer vi la calle Dellepiane (militar verdugo de huelguistas en la «semana trágica» de 1919) y esta mañana he visto las que recuerdan a Yrigoyen (el presidente que no supo o no quiso evitar aquella orgía de sangre, ni la de la Patagonia) y a Uriburu (militar que depuso a Yrigoyen y se erigió en dictador, y cuyo rodillo represivo terminó de aplastar el poderoso movimiento sindical argentino de los años 10 y 20), ahora encuentro otra muestra de mitología nacional: ayer vi la calle «Antártida argentina» y hoy la plaza «campaña del desierto». Aquí se suele hablar de una «conquista del desierto» (1879-1885 serían sus años de auge) como en Israel se habló de una «tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», no porque sea cierto, sino porque es más agradable. Esa campaña o conquista del desierto (que tuvo su paralelo en Chile) consistió en un ataque militar, donde también participó Falcón, contra los indios del centro y sur de Argentina tan fuerte que consiguió en treinta años lo que el imperio español no había conseguido en trescientos. Conocemos menos a los patagones y mapuches que a los sioux o apaches, pero el caso es que esa gente fue diezmada, aplastada y acomplejada hace pocas generaciones.

domingo, 1 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (I)

Por lo visto hasta ahora, esta ciudad me parece una capital europea. El centro histórico me recuerda más a París o Madrid que a Montevideo, las callecitas del barrio de Palermo, que imagino haciendo babear a l@s modern@s del Norte, me recuerdan más a partes de Londres como Camden que a otra cosa. Tampoco hay que tirar tanto de comparaciones; esta es la ciudad con más librerías que he visto en mi vida, creo (ah, ¿eso no es una comparación?). Probemos esto: pese a ser una gran (enorme, gigantesca, etc.) ciudad, conserva bastante verde, en muchos lugares hay palos borrachos y gomeros de raíces hercúleas. Cada dos por tres huele a pizza en algún horno o a una hierba que conozco, pero, pese a mi esfuerzo, no reconozco (¿sabina?). Pese a la enorme cantidad de urbanismo en cuadrícula, consigo despistarme varias veces por mi extraño mapa –no tiene arriba el norte, sino el sur-suroeste– y el Sol, que a mediodía llega tan arriba que es imposible decir qué es el norte y, por extensión, todo lo demás.
Hay edificios tan imponentes como el de la Secretaría de comunicaciones (justo antes de llegar a la Casa Rosada por la av. Eduardo Madero), la Facultad de ingeniería de la UBA o el Palacio Sarmiento, pero me los encuentro más de lo que los busco. En cambio, me alejo de la plaza de Mayo por la avenida de ídem buscando la cafetería Iberia, bastión de los emigrantes y exiliados españoles de cuatro generaciones. Bingo. Se me aparece delante, en la esquina con la calle Libertad (amén), con una reciente placa que recuerda a los cientos de argentin@s que combatieron contra Franco.
Me pierdo entre Recoleta y Retiro y entre calles que podrían pertenecer a cualquier otra capital occidental, llego al cruce de Callao con Quintana, donde Simón Radowitzky ajustició al coronel Falcón (1909), famoso por haber reprimido a tiros el meeting del 1º de mayo en la llamada semana roja (al menos 14 muert@s y 80 herid@s, activistas detenid@s, deportad@s, etc) y antes, haber desahuciado (¿os suena, paisan@s?) a inquilin@s en huelga con cañones de agua casi helada. Falcón tiene una placa que le recuerda como «guardián del orden» (salpicada de pintura roja, que le recuerda aún más) y, a pocas manzanas, una estatua. Radowitzky tiene un pedazo de su alma impregnando el penal subpolar de Ushuaia y el eco de un rugido de todas las movilizaciones por su libertad durante 21 años de presidio: manifestaciones, huelgas, la infiltración de Miguel Arcángel Roscigno en el cuerpo de funcionarios de prisiones para intentar sacarle de allí, su bomba en el domicilio del director del penal, …
Doy vueltas por los (muchos) parques de plaza Francia y alrededores y sigo pensando en las cuatro vidas de Radowitzky, niño y adolescente ucraniano, luchador anarquista y preso en Argentina, brigadista en España, exiliado en México.

sábado, 26 de julio de 2014

Fulano a la guillotina, cárcel para Mengano

Ahora que la crispación social alcanza cotas que nuestra generación no había visto, abundan cada vez más las voces de venganza. Se reclama la cárcel para «los causantes de la crisis» –como suponiendo que se puede trazar una línea y designar a unas personas concretas como responsables y el resto, sentirnos inocentes– o se reclama lisa y llanamente la guillotina, sea para ell@s, para la élite en general o, simplemente, para la familia real, entendiendo que en estados como el español existen, con respecto a la revolución francesa, algo así como «ejecuciones históricamente pendientes».

La verdad es que algun@s no queremos derrocar a la clase dirigente para matarlos, encarcelarlos, deportarlos a los climas más extremos ni encomendarles los trabajos más cansados, sólo para instituir una sociedad nueva, sin clases, de la que ell@s mism@s quizá quieran formar parte y en la que no podrán suponer una amenaza, ni aunque quieran. Sólo queremos el poder sobre sus vidas para no utilizarlo. Lo mejor que podríamos hacer con él es eso, demostrarles lo que es humanidad. Queremos la victoria para ser magnánim@s, por la misma razón que la grandeza no se exhibe, se ejerce. Lo mejor que podríamos hacer, vaya, es demostrarles que «ética» no es sólo una palabra y que, las más de las veces, el poder sobre otro ser humano puede, debe, no usarse.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Algunas de las cosas que Jesús de Nazaret podría hacer, sólo para chulearse, en su segunda venida

Conducir, no uno, sino diez coches-deportivos-que-te-cagas. A la vez.

Hacerlo con gafas de sol muy caras y sandalias de Galilea de hace veinte siglos. Y con una armadura en plan Robocop, pero sin pasar calor.

Jugar un partido de pelota vasca en plena Meseta Ibérica, en agosto, a mediodía, sin sudar una gota; muy fresco, él.

Quemar todas las iglesias del mundo sin que nadie le chiste. Es Jesucristo, joder diantre. (Recordad, es todopoderoso: nadie pensaría que es el Anticristo fingiendo porque Él siempre puede sacarte de tu error. Es el Procristo y punto.)

Resucitar a Gengis Kan, Atila y Alejandro Magno y sostener un combate a muerte, contra los tres, con espadas en una oscilante pasarela tendida sobre el cráter de un volcán a punto de entrar en erupción... ¡chúpate esa, James Cameron!

Esterilizar a la familia Fabra. Claro que eso lo haría cualquiera que tuviera la ocasión.

jueves, 17 de octubre de 2013

Más cambios

Este blog, como ya se ha dicho alguna vez, se considera más como un archivo que como otra cosa, de un tiempo a esta parte. Casi nadie lo lee, aparentemente, pero cualquiera lo puede consultar, sea por conocerlo o porque los caminos de Google son inescrutables.
En todo caso, igual que aquellas entradas pensadas para él siguen en su sitio, los relatos han desaparecido. Nos han dicho que se iban a latitudes más cálidas, que tenían frío, pero sabemos que se posarán en alguna otra parte de aquí a poco tiempo y empezarán una nueva vida.
El resto de entradas, ya se ha dicho, seguirán en su sitio para la posteridad –si tal cosa existe y seguirá apareciendo alguna nueva de vez en cuando, en la impredecible irregularidad que nos caracteriza.

miércoles, 26 de junio de 2013

Todo es posible.

Toda posibilidad necesita de la acción de alguien para convertirse en realidad.

Toda espera implica aceptar que no ocurra casi nada y la posibilidad de que otr@s hagan que lo indeseable ocurra.

domingo, 17 de marzo de 2013

De romanticismos y pragmatismo

Habréis escuchado usar el adjetivo "romántico" para cosas tan poco extraordinarias como que una pareja se bañe con velas (alrededor de la bañera; intentar encenderlas dentro del agua es cansarse en vano) o algún otro plan de ocio de esos para los que no hay tiempo o dinero todos los días, pero que sientan bien a la salud de una pareja corriente y moliente de vez en cuando. Suele ser el mismo tipo de plan o sorpresa que un@ ya ha visto en cien mil películas y series y que, por ello, resulta sólo un pelín más original que no prepararlo.

El recordatorio de turno es el siguiente: el romanticismo no es eso. Llámesenos "puristas", pero el romanticismo no es eso, ¿qué tiene que ver eso que ahora llaman "romanticismo" con la obra de Goethe, Byron o Chateaubriand, con la pintura de Goya, con las vidas de Louis Auguste Blanqui o Amilcare Cipriani o con la Sonata luz de Luna de Beethoven? El romanticismo era y es una cuestión de pasión, de exceso, de épica, de desbordamiento de lo racional; se encuentra mucho más fácilmente leyendo a Blake que planeando ninguna cena a la luz de las velas y, si no quiere uno irse a la primera mitad del siglo XIX, ahí tiene el Cyrano de Bergerac de Rostand (publicado en 1897, cuando casi nadie daba un duro por una obra de teatro romántica) o, mucho más cerca, una canción como Piratarena, de Joxe Ripiau, dada su letra.

Todo esto, de todos modos, no es realmente una reivindicación del romanticismo (pese a lo que parezca esta entrada, o más bien el blog entero), sino, como ya se ha dicho, un recordatorio. Ser romántico no tiene por qué ser la mejor idea, cada un@ pone la dosis que le parece, pero es cierto que el romántic@ es el candidato por excelencia a morir joven, sea por su propia mano o por la de otro, a arruinarse la salud o a tomar decisiones drásticas de esas que un@ tiene el resto de su vida para lamentar. El pragmatismo y su prudencia pueden helarnos de frío y el romanticismo quemarnos, cada cual decide, como puede y quiere, a qué distancia prefiere estar del fuego.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Caos

Del diccionario de la RAE:
caos.
(Del lat. chaos, y este del gr. χάος, abertura).
1. m. Estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos.
2. m. Confusión, desorden.
El caos como matriz de la que todo viene, nebulosa donde todo es posible.
El caos por sí solo no basta, hace falta algún orden u órdenes para no vivir en una potencialidad permanente basada en sobrevolarlo todo para acabar muriendo igualmente... pero hace falta esa abertura para que la vida sea posible.
Los proyectos, las pasiones, las inmersiones en algo o alguien sólo son posibles porque lo improbable ocurre y lo inesperado está entre sus consecuencias. Más allá del laboratorio, no hay sistema sin entropía ni vida sin caos.

martes, 13 de noviembre de 2012

La Causa Última de Todas las Cosas

Se equivocaron u os engañaron. Todas las religiones, todas las ideologías, todas las corrientes filosóficas e incluso aquellas opiniones que se decían por encima o al margen de todas las antedichas. Yo he tenido una revelación y os puedo decir La Verdad.

La Única y Última Verdad es la Burocracia, esa es la verdad. La Verdad, con mayúsculas, versalitas o minúsculas, es que al final de vuestra vida compareceréis ante San Pedro, Pepito Grillo, Jean-Paul Sartre o quien quiera que sea vuestro Auditor Existencial y os mandará a casa una vez tras otra a por una fotocopia compulsada de vuestras obras, un certificado del empadronamiento de vuestro supuesto sentido común u os liará para intentar contratar un servicio de «conciencia limpia premium» que no llegará nunca. La cochina existencia ulterior que nos espera, a vosotr@s y a mí, es como el castigo de Sísifo, pero peor: corretearemos como bichejos creyendo que vamos a llegar a alguna parte y sin saber que la finalidad de tal dossier es no estar jamás completo.

martes, 23 de octubre de 2012

Un día normal

Llego a la estación casi un cuarto de hora más tarde de lo que querría y, por un “por si acaso” muy hipotético, miro la pantalla con los próximos trenes. Bingo: el azar ha querido que mi tren lleve 20 minutos de retraso; habiendo casi un tren cada hora para volver a casa, es un golpe de suerte. Veo gente andando de aquí para allá, un soldado patrullando un andén con su metralleta, todo relativamente normal.

El tren está bastante vacío, puedo sentarme e incluso elegir un asiento con enchufe para mi ordenador. Cuando acabo de sentarme, sube otro pasajero: dice que el tren aún tardará mucho en salir (unos minutos después veremos que se equivoca). Dice que el tren va con retraso porque un tipo se ha suicidado arrojándose a la vía, ese es mi golpe de suerte.

La rumorología dice que ocurre más a menudo de lo que pensamos, que los “incidentes técnicos” del metro, a menudo, son cadáveres o personas que intentaban convertirse en cadáveres. Es la primera vez en mi vida que no es una hipótesis, sino una información supuestamente fiable… no me paro a preguntar al tipo quién se lo ha dicho, dejémoslo en “supuestamente”. Siento que no puedo, simplemente, sentarme a esperar que despejen la vía para poder volver a mi casa y seguir con mi vida. Inmediatamente, pienso algo como “Oh, sí, ve al otro lado del tren, a ver si el cuerpo aún está ahí, a ver si hay o no manchas de sangre. Eso os será muy útil a ambos, al muerto y a ti”. Así que me quedo en el asiento dejando que este torrente de mierda me recorra, viendo hasta qué punto puede quedar uno atrapado por algo tan aparentemente sencillo como eso: cómo es que la vida sigue pese a que algunos se tiren –o se caigan– de este tren. Ya hablé de eso hace un tiempo, no he descubierto nada desde entonces. Yo sólo iba a coger un tren para volver a mi casa, en el culo del mundo, pensando en Alejandra Pizarnik y las cosas tan potentes que escribió sobre la melancolía, años antes de saltar por la ventana de su casa, en lo que escribió Wallace sobre la depresión y el suicidio más de doce años antes de colgarse él mismo. Hace cuarenta años de lo uno y cuatro de lo otro, ¿y qué? ¿Qué más? Estoy satisfaciendo mi necesidad de poner esto por escrito, pero ¿eso es todo lo que sé hacer con esto: una especie de entrada para la enciclopedia del dolor del mundo? ¿Puedo dejar de escribir porque ese otro pasajero tal vez se haya equivocado, quizá ha creído que le hablaban de un muerto y lo ha entendido mal o porque tal vez sea un fabulador y se lo haya inventado todo? ¿Puedo seguir escribiendo sobre lo absurdo de la vida sólo porque la tragicomedia del mundo, con su horror, su humor, sus banalidades y todo lo demás, parece haberme salpicado un poco más que de costumbre?

martes, 11 de septiembre de 2012

Tomar una dirección

Después de cuatro meses, nos toca volver a hacer las maletas y emigrar a tierras más propicias. Propicias para determinadas oportunidades... porque, para la aventura, tanto podrían serlo estas como aquellas, eso nunca se sabe y son pocas las pistas que podrían permitirnos predecir qué lares son más fecundos en ese sentido, visto que apuntan en varias direcciones.
El balance de estos cuatro meses tiene partes buenas, por cuanto hemos vivido cosas interesantes, vuelto a compartir tiempo con quien queríamos y superado algunas asignaturas pendientes (verbigracia: leer, de principio a fin, La broma infinita, asunto que ocupará una entrada más temprano que tarde). Poco amigos de la complacencia, también tenemos que reconocer que nuestros proyectos literarios han avanzado a una velocidad terriblemente lenta y que, en general, el nivel de actividad desplegado no ha sido tremendo y, sin embargo, ha ido de la mano de una gran, neurotizante ansiedad.
«Nuestro peor enemigo seguimos siendo nosotros mismos» cantaban Hechos contra el Decoro con Habeas Corpus hace ya más de diez años y parece que era cierto.
Este balance, positivo en cuanto al viaje (de retorno) exterior, a volver a nutrirme de aquellos y aquello que necesito, resulta ser malo tirando a desastroso en lo referente al viaje interior. El tiempo corre (en contra), la vida pasa y no queremos volver a encontrarnos así, un poco mayores, con los dientes más apretados, pero igual de dubitativos y confusos.
A punto de volver a dejar España («la vieja perra, ingrata», que dirían los tercios de Pérez-Reverte), nos negamos a ceder a la tentación del determinismo, en lo personal como en lo colectivo. Lo explicaba de manera más honda Apología y petición, la sextina inmortal de Jaime Gil de Biedma que transcribimos a continuación: estamos jodidos, pero no condenados.

Apología y petición


¿Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Nuestra famosa inmemorial pobreza,
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.

A menudo he pensado en esos hombres,
a menudo ha pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.

Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
debe y puede salir de la pobreza,
que es tiempo, aún para cambiar su historia
antes que se la llevan los demonios.

Porque quiero creer que no hay demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia,
son hombres quienes han vendido al hombre,
los que han convertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.

Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea del hombre el dueño de su historia.