lunes, 9 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (II)

Me alejo hacia el noroeste, buscando Palermo, y voy pasando más verdor: parque de Las Heras, el Jardín botánico, ... Ahora no hay librerías, hay un mercado de libros al aire libre. Cuando hablo con gente de aquí, me siento muy inseguro: compartimos miles de palabras, pero muchas no significan lo mismo. En otro orden de cosas, casi toda la moneda que veo son billetes, los hay hasta de cinco pesos (unos cincuenta céntimos).
Al recorrer el mercado de libros he pasado en frente de la SRA (Sociedad Rural Argentina) y ahora llego a la calle Fitz Roy, casi en la esquina con la avenida Santa Fe, donde el también anarquista Kurt G. Wilckens hizo justicia del también asesino Varela, verdugo de unos mil quinientos huelguistas en la Patagonia (para alivio de los terratenientes de la SRA) en el verano de 1921-22. El edificio de la dirección de Varela no es el mismo (demasiado reciente), el del zaguán donde Wilckens le salió al paso, tampoco, e incluso el árbol que hay delante es demasiado joven para ser el mismo al que Varela, moribundo por la bomba, se abrazaba mientras intentaba desenvainar su sable y maldecía al alemán y este, arrastrándose con la piernas medio destrozadas por su propia bomba, sacaba una pistola para rematar lo empezado. Ahora veo una pastelería, una (otra) librería, etc. pero casi puedo ver a Wilckens («espíritu sereno y demoledor», diría Severino Di Giovanni) en el suelo, tendiendo educadamente a los testigos la pistola, con la culata por delante, y diciendo en castellano aproximativo «He vengado a mis hermanos».

Como no sólo de historia vive el hombre, punto y aparte. A una manzana hay una tienda de comida vegana casera y, ya con provisiones, sigo marchando. Hay una calle Jorge Luis Borges que nace o desemboca en la plaza Julio Cortázar, me pregunto qué les parecería a uno y otro esa conexión, de haberla conocido. Tengo la impresión de que el cronopio era más humilde, pero quizá sea una cuestión de simpatía personal y afinidad política, quién sabe.
Ayer vi la calle Dellepiane (militar verdugo de huelguistas en la «semana trágica» de 1919) y esta mañana he visto las que recuerdan a Yrigoyen (el presidente que no supo o no quiso evitar aquella orgía de sangre, ni la de la Patagonia) y a Uriburu (militar que depuso a Yrigoyen y se erigió en dictador, y cuyo rodillo represivo terminó de aplastar el poderoso movimiento sindical argentino de los años 10 y 20), ahora encuentro otra muestra de mitología nacional: ayer vi la calle «Antártida argentina» y hoy la plaza «campaña del desierto». Aquí se suele hablar de una «conquista del desierto» (1879-1885 serían sus años de auge) como en Israel se habló de una «tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra», no porque sea cierto, sino porque es más agradable. Esa campaña o conquista del desierto (que tuvo su paralelo en Chile) consistió en un ataque militar, donde también participó Falcón, contra los indios del centro y sur de Argentina tan fuerte que consiguió en treinta años lo que el imperio español no había conseguido en trescientos. Conocemos menos a los patagones y mapuches que a los sioux o apaches, pero el caso es que esa gente fue diezmada, aplastada y acomplejada hace pocas generaciones.

domingo, 1 de marzo de 2015

Impresiones de Buenos Aires (I)

Por lo visto hasta ahora, esta ciudad me parece una capital europea. El centro histórico me recuerda más a París o Madrid que a Montevideo, las callecitas del barrio de Palermo, que imagino haciendo babear a l@s modern@s del Norte, me recuerdan más a partes de Londres como Camden que a otra cosa. Tampoco hay que tirar tanto de comparaciones; esta es la ciudad con más librerías que he visto en mi vida, creo (ah, ¿eso no es una comparación?). Probemos esto: pese a ser una gran (enorme, gigantesca, etc.) ciudad, conserva bastante verde, en muchos lugares hay palos borrachos y gomeros de raíces hercúleas. Cada dos por tres huele a pizza en algún horno o a una hierba que conozco, pero, pese a mi esfuerzo, no reconozco (¿sabina?). Pese a la enorme cantidad de urbanismo en cuadrícula, consigo despistarme varias veces por mi extraño mapa –no tiene arriba el norte, sino el sur-suroeste– y el Sol, que a mediodía llega tan arriba que es imposible decir qué es el norte y, por extensión, todo lo demás.
Hay edificios tan imponentes como el de la Secretaría de comunicaciones (justo antes de llegar a la Casa Rosada por la av. Eduardo Madero), la Facultad de ingeniería de la UBA o el Palacio Sarmiento, pero me los encuentro más de lo que los busco. En cambio, me alejo de la plaza de Mayo por la avenida de ídem buscando la cafetería Iberia, bastión de los emigrantes y exiliados españoles de cuatro generaciones. Bingo. Se me aparece delante, en la esquina con la calle Libertad (amén), con una reciente placa que recuerda a los cientos de argentin@s que combatieron contra Franco.
Me pierdo entre Recoleta y Retiro y entre calles que podrían pertenecer a cualquier otra capital occidental, llego al cruce de Callao con Quintana, donde Simón Radowitzky ajustició al coronel Falcón (1909), famoso por haber reprimido a tiros el meeting del 1º de mayo en la llamada semana roja (al menos 14 muert@s y 80 herid@s, activistas detenid@s, deportad@s, etc) y antes, haber desahuciado (¿os suena, paisan@s?) a inquilin@s en huelga con cañones de agua casi helada. Falcón tiene una placa que le recuerda como «guardián del orden» (salpicada de pintura roja, que le recuerda aún más) y, a pocas manzanas, una estatua. Radowitzky tiene un pedazo de su alma impregnando el penal subpolar de Ushuaia y el eco de un rugido de todas las movilizaciones por su libertad durante 21 años de presidio: manifestaciones, huelgas, la infiltración de Miguel Arcángel Roscigno en el cuerpo de funcionarios de prisiones para intentar sacarle de allí, su bomba en el domicilio del director del penal, …
Doy vueltas por los (muchos) parques de plaza Francia y alrededores y sigo pensando en las cuatro vidas de Radowitzky, niño y adolescente ucraniano, luchador anarquista y preso en Argentina, brigadista en España, exiliado en México.

lunes, 5 de enero de 2015

En el país de los ciegos, los tuertos no son los reyes, pero miran a los ciegos con la misma altanería que si lo fueran.
En su país, los ciegos no sueñan con volver a ver, sueñan con cegar a los tuertos.

martes, 28 de octubre de 2014

Nota para nosotr@s mism@s (dentro de un tiempo)

Existe una posibilidad real de que dentro de pocos años el estado español esté gobernado, en coalición o incluso en solitario, por Podemos. Siendo así, queremos ir dejando un pensamiento sobre la mesa para el día en que sea J. C. Monedero o algún otro correligionario quien envíe a los antidisturbios a reconfigurarnos la cara a hostias.
El pensamiento es en parte ese, que habrá sido simpático participar junt@s en movilizaciones mientras estuvimos de acuerdo (más o menos, eso parecía) en quién era el Enemigo, l@s Mal@s, la Casta (¿?), ... pero también que ya sabíamos que este momento llegaría. Tod@s salvo quienes están decidiendo no verlo. Cuando la izquierda liberal –o burguesa o parlamentaria o como vuecedes prefieran llamarla– llega al Poder, la otra izquierda, la proletaria, pobre o quinqui, la anticapitalista, sigue igual de reprimida y, encima, aislada por esa izquierda liberal que antes le palmeaba el hombro (no hablamos sólo de líderes polític@s, también ciertas figuras intelectuales, ciert@s periodistas, ciert@s sindicalistas, ... si no, al tiempo).
La historia de la transformación desde arriba no viene de ayer. Eso de «No queremos hacer la revolución, queremos que nos la den hecha» viene de antiguo. El tema está de actualidad aquí por el caso de Podemos y Guanyem/Ganemos, aunque en estos casos nuestros tan posmodernos, ni siquiera se sabe si se trata de una revolución, de una reforma, de un platónico «gobierno de los sabios» o de qué. (Dejamos para otro momento el hablar más a fondo de las flojísimas comparaciones entre partidos de semanas o meses de antigüedad, pese a su euforia, con los 14 años de las CUP* o los 35 de las CUT-BAI. Hay quien viene del sindicalismo agrario y el cristianismo de base de los 70, quien viene de un duro aprendizaje de base y okupa, insumiso, etc. en las derrotas de los 80 y la reconstrucción de los 90... y quien viene de las tertulias televisivas de los últimos meses.)
El empeño de esa izquierda, cuartelera y jacobina, en repetir la misma tragedia de los últimos doscientos veinte años no parece agotarse ni por cansancio. Vuelven a prometernos la transformación social desde el Poder, en lugar de proponérnosla contra el Poder, y vamos preparando el botiquín. Votarán a un nuevo Azaña para nuevos Casas Viejas, Castilblanco, Arnedo, ... Como poco, votarán a un nuevo Mitterrand para que pensemos que las huelgas reprimidas a porrazos, las multas a la disidencia y el modelo económico liberal bienestarista son lo peor que puede pasarnos, para decirnos que al menos no tenemos (¿seguro que no lo tendremos?) nuestro propio giro rigorista, nuestro propio ascenso de la ultraderecha, etc., etc.

* Palabras de David Fernández en los días en que andábamos escribiendo esto: «Podem hoy día es un resultado electoral que ha entrado por la vía mediática, no por la vía del trabajo de base y de los barrios».

domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Qué cabe esperar (y qué no) de Podemos?

Más allá de la simpatía o antipatía que pueda suscitarnos, parece interesante preguntarse ¿qué cabe esperar de esa formación política tan reciente, Podemos?
Repasemos:
El pasado 14 de enero, Podemos no tenía nombre, pero estaba contenido como una semilla en el manifiesto Mover ficha: convertir la indignación en cambio político que publicaron, entre otros, nuestros queridos Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria.
La misma semana se lanzaba Podemos como iniciativa electoral que recogía ese guante –pactado o no entre redactores del manifiesto y emprendedores de la iniciativa, poco importa–.
Hubo cuatro meses de espiral de crecimiento: la candidatura generó ilusión entre ciertos sectores, lo que dio vigor a la lista, lo que generó ilusión, etc.
Después, los resultados en las elecciones europeas permitieron llevar esa espiral a una fase superior: el escenario de la macropolítica española, tan flexible a los cambios como las familias tradicionalistas de las tragedias tipo Romeo y Julieta, acusaba el cambio. El señorito había encontrado un pelo en su sopa y parecía perder los nervios.
Desde entonces, las encuestas aún han seguido alimentando estos elementos y, por tanto, su dinámica: Podemos podría convertirse en el motor del frente anti-PP y, como tal, arrastrar a buena parte de IU (sembrando la desilusión entre quienes se queden en ella) y a parte del PSOE, cosa que podría sembrar las deserciones en ese partido y agravar su crisis.
Pero ¿quiénes son exactamente los que están perdiendo los papeles? ¿A quién tiene en frente Podemos y, por ende, a quiénes convoca como votantes esta formación política? ¿Qué puede dar de sí?

Quienes chillan, patalean y se rasgan las vestiduras son l@s dirigentes del PP y el PSOE, elementos inmovilistas para quienes el anquilosamiento es el estado natural del debate político: el que se mueva no sale en la foto. La relación IU-Podemos es más ambigua: la primera quería fagocitar a la segunda y ahora lo contrario parece más probable, pero IU ha aguantado muchos palos y es muy difícil para ell@s tragarse semejante constatación del fracaso –por lo demás, patente– de sus 28 años de historia, que ha sido un frágil intento de salvar, a su vez, el histórico PCE. En todo caso, la posición de IU ha sido claramente la de contribuir al nacimiento del actual sistema macropolítico español y alimentarlo, pero manteniéndose en su margen, intentando ser una especie de Pepito Grillo cuya acción haría evolucionar el sistema en lugar de dejar que el sistema les cambiara. Como resultado de esa ambigüedad, Podemos está captando una base electoral que podría ser afín a IU en gran parte y que sin embargo difícilmente la votaría, probablemente por los lastres históricos con que carga.
Con el PP y el PSOE, la cosa está más clara y se les ha señalado y se les señala, junto a la Corona, como casta dirigente. El carácter dinástico de la Corona  está claro y tampoco requiere mucha investigación el de parte de la élite política (los Rato, Aznar, Oreja, Gallardón... ). Más aún, incluso dirigentes sin ningún rasgo de casta, sean más conocidos por su lado político (F. González, J. Pujol Soley, M. Rajoy) o empresarial (J. M. Polanco, Amancio Ortega, J. M. Lara Hernández), parecen haberse instalado en la élite y algun@s de ell@s han instalado a sus descendientes o lo están haciendo.
¿Hay una casta dirigente en el estado español? No. Hay una clase dirigente en la que puede meterse quien quiera y además consiga tan ardua tarea, quien pueda de hecho lograrlo al intentarlo. Los Ortega, Polanco, González y demás no estaban en la élite y ahora lo están, y no poc@s de entre ell@s lo han hecho mediante el ascenso interno en partidos políticos y la concurrencia a las elecciones. ¿A las mismas elecciones a las que se presenta Podemos? Sí, a esas mismas. Pero las elecciones son para participar en las instituciones, son una herramienta neutral y, o las hacemos nuestras o la clase dirigente actual (la llamada «casta») las hará suyas.
Claro, las instituciones son neutras, la historia empezó esta mañana y la tele nunca se equivoca. No, en serio: nada como conocer la historia del parlamentarismo para asimilar que no, las instituciones no son neutras, y que es difícil concurrir a las elecciones y a cualquier otro circuito de participación institucional si no es llevando una pesadísima carga de ingenuidad y una gran disposición a perder tiempo y energía; hay que ir dispuest@s a repetir los mismos errores de todas las generaciones anteriores. [En este mismo blog ya hablamos del rol histórico de los partidos políticos y su relación con el parlamentarismo, aquella entrada se puede leer aquí.]
Pero –se nos puede decir– incluso si Podemos estuviera realmente en el camino que lleva a la integración institucional, a ser un nuevo IU, ERC o similar, ¿por qué iban sus votantes y militantes a permitir o incluso favorecer esa evolución, pudiendo evitarla mediante su funcionamiento asambleario? Por partes: ¿votantes o militantes? Ante todo, votantes: Podemos nació como una candidatura electoral que respondía a un manifiesto cuya tesis (implícita) era que sólo algún tipo de revulsivo electoral podía permitir que el malestar ante la gestión de la crisis macroeconómica pasara del descontento a la contraofensiva. Había, de hecho, un sentido de la urgencia que, dado el contexto y dado lo escrito después por al menos uno de sus firmantes (S. Alba Rico), se explicaría por la necesidad seguir descongelando la apatía que dominaba y domina la escena política y de evitar la recuperación del descontento por la extrema derecha. No obstante, todo partido (PSOE, PCE, el antiguo EIA) o sindicato (CGT es el más evidente por estas latitudes, pero también los mayores CCOO y UGT) que ha entrado en dinámicas electorales ha visto su militancia debilitarse cualitativamente, cuando no también cuantitativamente –volvemos a remitir a la evolución de PCE y PSOE en la llamada «transición»–. Votar cada cuatro años es más cómodo y, seamos sincer@s, es en gran parte por esto por lo que genera tanta ilusión una candidatura nueva y de apariencia lozana entre votantes desencantad@s de una muchedumbre apática: con un simple voto, el votante del PP apacigua sus pesadillas protagonizadas por Rodríguez Zapatero y la negociación con ETA, el del PSOE aleja la imagen de Rajoy y sus recortes (o incluso Aznar y su apoyo a la invasión de Iraq) y el de Podemos puede alejar a ambos e incluso dar un puñetazo en las mesas del Parlamento Europeo y la Zarzuela. En realidad, pese a los porcentajes de abstención, es en las elecciones donde ni siquiera la mayoría silenciosa parece tan silenciosa. ¿Cuáles son los porcentajes de activismo cotidiano en todo tipo de sindicatos, asociaciones o colectivos? Un mismo suspiro lastimero recorre todo el mundo, de España a Cuba y de EEUU a Venezuela: la gente no se implica mucho en política, pero al menos vota. Si Podemos hubiera querido militantes antes que votantes, no se habría creado Podemos, como respetuosamente les recordó Carlo Frabetti en su artículo Debemos. La comparación entre las trayectorias de las CUP catalanas y del partido de Monedero, Iglesias y cía. debería de ser suficiente para remachar esta idea.


Podemos es, dicho está, una formación dispuesta a recoger esos votos, como ya ha empezado a demostrar. Pero ¿los votos de quién? Bueno, el voto es anónimo, pero sabemos qué intentan recoger –la fuerzas desatadas el 15-M de 2011 y en las movilizaciones de todo este ciclo, aún inconcluso– y cuáles son sus metas... más o menos. En realidad, si algun@s calificamos a Podemos de «populistas» sin por ello hacerle el caldo gordo a PP, PSOE y cía. es porque el centro de su discurso y, sobre todo, del entusiasmo que genera está en a quiénes atacan («la casta», «los culpables de la crisis», «las minorías extractoras», «la jauría», «las minorías privilegiadas», etc.) y no en sus objetivos. Las comparaciones son odiosas, lo sabemos, pero si el anarcosindicalismo se ha dotado de principios, tácticas y finalidades y, dentro de eso, cada un@ ya sabía y sabe cuál es el margen de variación, la pablítica de Podemos –perdonen los jueguecitos de palabras– parece más vaga, sea por su funcionamiento abierto, por lo cómodo de la imprecisión... o por todo ello a la vez. En todo caso, parece haber cierto programa político: más y mejores servicios públicos y, consecuentemente, una recaudación menos injusta y una auditoría de la deuda pública, mayor control de la banca y menor derroche privado y (sobre todo) público, dignificación de la situación de la mujer (derecho al aborto, trabajo doméstico), laicismo y respeto a las decisiones colectivas dentro y fuera del estado (federalismo y antiimperialismo). Soberanía nacional, vaya. Que este estado no parezca el cortijo privado de unos cuantos. Patriotismo de verdad y no del de desfile y paliza al inmigrante –y en esto, reconocemos que Podemos sí está planteando una alternativa a las bases de cierta ultraderecha–.
Tiene la debida lucidez con respecto a las mujeres y sectores LGBT y con respecto a las relaciones entre pueblos. Por lo demás, es un estupendo programa para el siglo XVII (Spinoza, Locke), XVIII (Rousseau, Montesquieu, Kant) y la primera mitad del XIX (por poner ejemplos autóctonos: Blanco White, Riego, el Empecinado, Espartero, Mendizábal, Espronceda, Madoz... ). A estas alturas, eso sí, esto ya huele: sabemos que la igualdad, la libertad y la independencia civil no se alcanzan escribiéndolas en un papel, sabemos que la patronal y la misma troika a la que Podemos quiere enfrentarse nos coaccionan (individual y colectivamente) y aún pueden hacerlo más y que no hay ciudadanía ni ley allá donde hay coacción, sabemos que sólo se emancipan comunidades decididas a ello y que lo que está aglutinando Podemos es una masa de votantes de l@s cuales no se sabe cuánt@s estarían dispuest@s a algo más que meter un papel en una urna cada cuatro años o un enlace en su cuenta de twitter o facebook. Hemos aprendido algo del fracaso del liberalismo y podemos... darnos por enterad@s, de verdad, algun@s intentamos hacerlo.
¿Se pueden recoger esas energías de este ciclo de luchas de tres años obviando los últimos doscientos años de historia? Sí se puede: soñando con a) una Arcadia keynesiana donde nadie se queda en paro tanto tiempo como para ser desahuciado ni caer en la pobreza extrema, a la clase media le llueven trabajos cualificados y hasta las estadísticas de crecimiento macroeconómico sonríen con benevolencia (un proyecto de tipo más islandés) o b) una revolución bolivariana que quizá empiece como intento de keynesianismo, pero tenga el punto de mira en llegar a una superación pacífica y progresiva del capitalismo, posibilidad que no podemos apoyar, pero que no entramos a valorar en profundidad por falta de detalles sobre los pros y contras del modelo venezolano.

Recapitulando: Podemos ha encontrado un espacio hecho a medida y se lo está apropiando, como es natural. No es exactamente un espacio generacional (aunque haya muchos más no-votantes de la Constitución del 78 que votantes) ni tampoco un espacio de clase (aunque Podemos parece alimentar las fantasías de cierta clase media mejor que nadie), es un espacio para un populismo de izquierdas, que defiende la soberanía nacional evitando las tentaciones fascista, eurófoba, etc. y, al hacerlo, le quita terreno bajo las pies a las organizaciones basadas precisamente en esas tentaciones y se puede, incluso, atraer votantes desencantad@s de la derecha. Puede seguir sacudiendo el panorama macropolítico español, puede escorar el marco del debate político español hacia la izquierda y bien podría formar parte –liderándolos, incluso– de una mayoría parlamentaria y un gobierno reformistas, los primeros en más de setenta años. Lo que no va a hacer en ningún caso –es posible, de hecho, que los debilite– es cumplir los buenos propósitos asamblearios, antipartidistas, autoorganizativos y revolucionarios que han formado parte, en conflictiva mezcla, del llamado movimiento 15-M y de las asambleas populares –a las que han ninguneado desde el mismo manifiesto prenatal– y que hacían que todo ello entroncara con más de un siglo de movimiento de la clase oprimida por su liberación y el fin de la sociedad de clases.

viernes, 15 de agosto de 2014

El cuco como modelo de doble rasero (en la violencia, la subversión, la destrucción, etc.)

Desde un punto de vista superficial, el cuco no es un pájaro violento o agresivo. No se le ve dando picotazos a otras aves si no son ellas quienes lo hacen primero. Por el contrario, sí se puede ver a un petirrojo o un carricero común emprendiéndola a picotazos con cucos adultos. Siempre ejerciendo de observadores superficiales, diremos que son estos otros pájaros los agresivos, los violentos.

Lo que los cucos adultos hacen, algo aún más característico que su canto, es ahorrarse el mantenimiento de sus crías poniendo sus huevos en nidos ajenos. Cada hembra está especializada en poner huevos que imiten los de otra especie, leemos, hasta veinticinco de ellos, pero rara vez más de uno por nido y nunca más de dos, la diversificación es clave. Si la segunda ave la sorprende en su nido, sin haber llegado a poner los huevos, echará al cuco a picotazos y fin de la historia.
Si, en cambio, la madre cuco se sale con la suya, al cabo de su gestación, el polluelo-colono sale del huevo y tal como sale, enclenque, sin plumas ni plumón, con los párpados cerrados, la emprende a empujones con todo hasta que consigue tirar del nido los huevos. En algunos casos, su madre le habrá adelantado trabajo engullendo uno de los huevos del nido parasitado. Además, la gestación del cuco es más rápida que la de muchas aves de su tamaño, pero, aunque uno de sus hermanos adoptivos ya haya nacido, a menos que pese mucho, lo matará igualmente arrojándolo del nido, asegurándose así de que no le faltará comida. Los (forzosos) padres adoptivos, siguiendo la llamada del instinto, alimentan a la cría-colono, que también tiene entre sus características la insistente demanda de comida, durante dos y hasta tres semanas. Al cabo, el cuco es un pájaro adulto que en algunos casos apenas cabe en el nido y dobla en tamaño a cualquiera de sus progenitores (véase la foto).
Llegado a este punto, el cuco emigrará a tierras más cálidas y cuando regrese, al cabo de tres estaciones, volverá a empezar el ciclo.

Un@ puede verlo de manera superficial y recalcar que el cuco no la emprende a picotazos sin ataque previo, pero este sigue siendo un ente invasor y destructivo que empieza su vida aniquilando para no tener que compartir recursos y que la culmina depredando el trabajo de otros.
Quien quiera hacer el mismo tipo de observación con el modo en que funcionamos las personas, instituciones y empresas tendrá que preguntarse quiénes son y por qué l@s violent@s, l@s subversiv@s, l@s destructores. Tendrá que preguntarse si l@s máxim@s responsables del estado de las cosas no tienen quizá la máxima responsabilidad  de que al caos se le llame libertad, de que cada ataque a la estabilidad sea visto como una sana subversión, cada cambio de paradigma (¿decidido por quién? ¿debatido cómo y cuándo?) com0 una alegre ruptura y la carrera hacia ninguna parte, una festiva revolución.

sábado, 26 de julio de 2014

Fulano a la guillotina, cárcel para Mengano

Ahora que la crispación social alcanza cotas que nuestra generación no había visto, abundan cada vez más las voces de venganza. Se reclama la cárcel para «los causantes de la crisis» –como suponiendo que se puede trazar una línea y designar a unas personas concretas como responsables y el resto, sentirnos inocentes– o se reclama lisa y llanamente la guillotina, sea para ell@s, para la élite en general o, simplemente, para la familia real, entendiendo que en estados como el español existen, con respecto a la revolución francesa, algo así como «ejecuciones históricamente pendientes».

La verdad es que algun@s no queremos derrocar a la clase dirigente para matarlos, encarcelarlos, deportarlos a los climas más extremos ni encomendarles los trabajos más cansados, sólo para instituir una sociedad nueva, sin clases, de la que ell@s mism@s quizá quieran formar parte y en la que no podrán suponer una amenaza, ni aunque quieran. Sólo queremos el poder sobre sus vidas para no utilizarlo. Lo mejor que podríamos hacer con él es eso, demostrarles lo que es humanidad. Queremos la victoria para ser magnánim@s, por la misma razón que la grandeza no se exhibe, se ejerce. Lo mejor que podríamos hacer, vaya, es demostrarles que «ética» no es sólo una palabra y que, las más de las veces, el poder sobre otro ser humano puede, debe, no usarse.