domingo, 27 de octubre de 2013

Informe de la guerra de clases en el estado español (27-X-13)

1. La clase dirigente no tiene una estrategia unánime para gestionar sus progresos. El gobierno y sus sectores más afines quieren empezar a gritar que la recuperación ha empezado para apuntarse el tanto, pero saben que el catastrofismo es más eficaz a la hora de intentar aglutinar la mayor masa posible a su alrededor, tal es la tendencia desde hace tiempo. El triunfalismo no sólo debe ser moderado para no perder la rentabilidad catastrófica: el libre mercado, como tantas veces ha demostrado, no es digno de ninguna confianza y hasta sus fanátic@s lo saben.

2. Van apareciendo datos que permiten hablar de fin de la recesión (no de fin de la crisis): el PIB ha subido un 0,1%, la Bolsa española está fuerte y la famosa prima de riesgo, bajando a buen ritmo. Esto, en castellano paladino y más detallado, significa que la maquinaria macroeconómica funciona mejor porque vienen incluso más turistas que antes y se exporta mucho más (el aumento de las exportaciones es especialmente notable entre socios tan recomendables como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Argelia o Marruecos). O sea, que España es un país tan barato que mucha más gente quiere comprar lo que aquí se produce y aún más gente quiere venir a gastar a este estado, que les da menos miedo que Tunicia o Egipto, puest@s a buscar sol y playa.
Concretando aún más, significa que este principio de recuperación -que no «recuperación»- depende tanto de las inversiones de regímenes cuyo carácter dictatorial, torturador y asesino está constatado, como de la inseguridad en otros países, de nuestra capacidad de autoexplotarnos (de una manera que ni siquiera es especialmente productiva, para colmo) y de la capacidad de endeudarse que tienen estados como Brasil, donde la burbuja del crédito aún no ha estallado. Aún.

3. En este estado, el encaje nacional-identitario tiene una curiosa relación con la crisis: la sensación de crisis política, ética y cultural se ve agravada por el aumento del soberanismo e independentismo en Catalunya, donde la idea de la pertenencia al Estado español como un lastre (macro)económico, como en Flandes con el resto de Bélgica, ha hecho de levadura soberanista. Paradójicamente, la dinámica política en el sur de Euskal Herriak es de silencio armado, de normalización de la convivencia política, de modo que, por primera vez en más de treinta años, son las provincias vascas las que ayudan -en comparación con Catalunya- a evitar esa sensación de crisis del régimen y a la estabilización de la España postfranquista.
Todo ello, curiosamente, mientras el gobierno del PP da a entender que espera que ETA-(m) siga con este proceso de paz unilateral e incluso deja a la AVT y a los media afines a ambos (Intereconomía, Libertad Digital,etc.) hacer el papel de sector ultra para el que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos y cualquier otra instancia que no defienda sus posiciones se equivoca por insensibilidad o mala fe.

jueves, 17 de octubre de 2013

Más cambios

Este blog, como ya se ha dicho alguna vez, se considera más como un archivo que como otra cosa, de un tiempo a esta parte. Casi nadie lo lee, aparentemente, pero cualquiera lo puede consultar, sea por conocerlo o porque los caminos de Google son inescrutables.
En todo caso, igual que aquellas entradas pensadas para él siguen en su sitio, los relatos han desaparecido. Nos han dicho que se iban a latitudes más cálidas, que tenían frío, pero sabemos que se posarán en alguna otra parte de aquí a poco tiempo y empezarán una nueva vida.
El resto de entradas, ya se ha dicho, seguirán en su sitio para la posteridad –si tal cosa existe y seguirá apareciendo alguna nueva de vez en cuando, en la impredecible irregularidad que nos caracteriza.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Gracias por esta herencia

Aún no se nos ha echado encima el 35º aniversario de la última constitución española, así que hay que aprovechar para hacer cualquier balance antes de que, por enésima vez, nos embuchen con el balance oficial como a ocas. Como «de bien nacido es ser agradecido», hemos decidido hacerlo en forma de agradecimientos.

Gracias a la clase dirigente por la torpeza con que han gestionado su bajeza: su avaricia, su cobardía ante el poderoso (sean los EEUU en el exterior o la banca en el interior y exterior), ... Su carácter de casta no ha sido menos importante: la tradición dinástica de los Borbón no ha sido desmerecida por los Aznar, Oreja, García Valdecasas, Pujol o Maragall.
Un agradecimiento especial a la dirigencia del PSOE que, en su búsqueda de un cómodo asiento en el Sistema pasó, primero, de predicar la ruptura con el franquismo al pacto, después, a renegar del marxismo y, en última instancia, a ser consecuentes con esa estrategia: aceptación de franquistas en sus filas (Barrionuevo o F. Fernández Ordóñez, pero quizá también J. A. Griñán o el mismísimo F. González), terrorismo parapolicial, entrada en la OTAN, UE y relaciones diplomáticas plenas con Israel, implantación del IVA, reconversión industrial, creación de las ETTs, reformaza constitucional de 2011...
Otro, también especial, para los dirigentes del PCE-IU que, por los mismos motivos aunque con un poder progresivamente menor, hicieron lo que pudieron por conducir a los habitantes de este estado hacia esa misma transición, hacia ese pacto nacional en el que aún chapoteamos y a una concepción sobre todo institucional –y, por tanto, electoral– de la política.
Aún otro agradecimiento especial al gran empresariado que, aun rebajando su perfil político respecto de épocas prefranquistas, ha exhibido su codicia como lobby neoliberal en estas tierras y aún más en las que querían recolonizar (Hispanoamérica, Marruecos, Guinea Ecuatorial).

Gracias a la dirigencia de los «grandes sindicatos» (CCOO, UGT, USO, ELA, ...), cuyas posaderas han demostrado ser igual de adaptables a todo asiento y que, sin rubor, se ha mullido un buen cojín a base de predicar «diálogo social» y aceptación del poder patronal y de la supuesta legitimidad capitalista.

Gracias a la farándula hiprógrita por decirnos que votáramos a «la izquierda», que ya estaba todo ganado, que podíamos seguir la fiesta en casa, que todo era cuestión de darse a las metas y placeres individuales y que la libertad y el poder eran para quienes los consiguieran y que la responsabilidad era para l@s carcas y palet@s (a l@s que no se han sumado l@s canis y ninis, aunque est@s últim@s ni siquiera está muy claro quiénes son, pero sí que también debemos mirarles desde bien arriba de nuestra torre de marfil snobista).

Gracias a los mass media por enseñarnos a pensar poco y profundizar menos, por explicarnos que las cosas son como son, y son tan complicadas y raras que más vale sonreír y salir a comprar cosas.

Gracias a los policías de todos los cuerpos por enseñarnos que la ley es más importante que la justicia, el sueldo más que la ética y que lo de las garantías legales y los derechos humanos depende de quién le echa «más cojones» y quién tiene más miedo. También a sus sindicatos y asociaciones, sean peperas (CEP) o no (SUP, AUGC) por intentar darle carácter orgánico a todo esto, que es como decir a la cuadratura del círculo.

Gracias a l@s dirigentes nacionalistas catalanes y vasc@s por enseñarnos a distinguirles de quienes les padecen: est@s últim@s no llevan necesariamente el victimismo y el golpe de pecho identitario por banderas y mucho menos lo hacen mientras llaman a las escuadras de la Ertzaintza o los Mossos d'Esquadra (quizá más adelante tengamos que decir lo mismo de la BESCAM, permanezcan atent@s a sus pantallas).

Gracias a ETA y los GRAPO por enseñarnos, como l@s antes citad@s, pero supuestamente desde la izquierda, que la vida no vale nada, que las personas son piezas que se mueven en un tablero político (con destreza o torpeza, tanto da, pues sólo cuenta el resultado a largo plazo), sobre todo si son l@s demás, y que, si la realidad dice una cosa y la teoría otra, está claro que la realidad se equivoca.

Gracias a tod@s aquell@s españoles –por lo general, de 56 años para arriba– que convierten esto en una cuestión generacional diciendo o insinuando que ellos ya hicieron la Transición (¿?) o ya lucharon por la libertad y ahora «nos toca» a l@s jóvenes, como si hasta en lo referente a luchar hubiera una jubilación y ell@s se la hubieran ganado, independientemente de lo que le quede al derecho real a la jubilación.

Os damos las gracias a tod@s, pues, por vuestro afán de poder y falta de autocrítica, gracias por practicar el «sálvese quien pueda» mientras predicabais grandes valores y por ser fuertes con los débiles y débiles con los fuertes.
Gracias a vosotr@s, a este muestrario vuestro de la deshonra, no hemos tenido la oportunidad de hacernos ilusiones con este sistema y pensar que pudiéramos reformarlo: acabaremos con él o él acabará con nosotr@s.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Informe de la guerra de clases en el estado español (20-IX-13)

1) Después de cinco años de crisis macroeconómica, el paro y la pobreza continúan avanzando por los países que se creían más ricos en el mundo. En el caso de España, Intermón Oxfam cuenta que la pobreza ha aumentado del 23 al 27% y que podría llegar al 42% en 2025 si nadie lo impide.

2) Hace cuatro días, otra persona se suicidó tras notificársele que iba a ser desahuciada sin derecho a rembolsar su deuda; en este caso, en Carabanchel. Ella se llamaba Amparo, su deuda era con la Empresa Municipal de Vivienda, del Ayuntamiento de Madrid, y ascendía a 900€. Me cuentan que no es sólo una cuestión de dinero: Amparo era gitana, madre y abuela de una abundante prole, y lo que quieren las empresas públicas o privadas es vender «pisos bien» a «gente de bien». Tod@s l@s gitan@s son colectivamente sospechos@s de hacer ruido, robar cobre y abusar de l@s demás y este estigma (cierto o no, poco importa) invalida el famoso artículo 47 de la Constitución que nos prometió el «derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada».

3) El zombi de Garrigues Walker ha salido de su tumba y se está manifestando con un libro bajo el brazo, que acaba de publicar. Ya no basta con que l@s polític@s en ejercicio reivindiquen el «espíritu de la Transición», tampoco con que lo hagan l@s retirad@s (Felipe González o el difunto Santiago Carrillo) o cierto jefe de estado al que sólo votó Franco por unanimidad absoluta y por su «gracia de Dios».
Reaparece, pues, Antonio G. W., al que mi generación no ha conocido más que en las enciclopedias, para reivindicar el modélico comportamiento de sindicatos, empresari@s y particulares en general, lo que él llama las transiciones. El grupo PRISA, tan desesperado por rescatar el apego popular a la Transición como lo está el resto de la socialdemocracia y como los cristianodemócratas del resto del sistema, pasea a Garrigues Walker para convencer a l@s convers@s y a l@s que dudan. Buen intento: Antonio G. W. es una cara bastante amable, pero viene a proponernos lo de siempre: paz social, sumisión, confianza en lo que ya ha fracasado, ...

4) Se confirma por dónde va la recuperación de la economía española: asentarnos como la periferia del Primer Mundo. Las centrales de teleoperadores, los llamados «call centers», vuelven de Hispanoamérica por los problemas de comunicación entre clientes de acá y operadores de allá, pero, sobre todo, porque España ya se está convirtiendo en su propia Hispanoamérica, en su propia neocolonia de trabajadores sin apenas protección y con más miedo que resistencia. Ahora, la prensa macroeconomista nos cuenta que el sector automovilístico destruye empleos en Francia y Alemania para conservar otros o incluso crearlos en España.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Embarazosa e impúdica declaración de amor

Hace tiempo que no te digo nada, a pesar de que sigo dando vueltas a tu alrededor, como tú las das en torno a mí (y sé bien que no sólo en torno a mí, no sé dónde sacas tiempo para tod@s, pero lo importante es que lo haces). Es extraño porque, para mí, siempre has estado ahí y, sin embargo, hace cosa de un año tuve cierta sensación de crisis en cuanto a todo el tiempo que pasamos juntos; como recordarás, decía yo que me gustabas, que eras lo más parecido a una patria que tengo, pero que no sabía para qué (me) servías, en un sentido práctico... tú no respondiste, porque tú ni respondes ni te haces la tonta, nunca; tú hablas, cantas, susurras, tarareas y silbas y es en medio de todo eso donde hay que buscar. No es que no te importe, es que hay que hacer bien las preguntas y yo no te estaba preguntando sólo sobre ti, te preguntaba sobre la vida misma, sin darme cuenta, y eso era demasiado preguntar para encontrar la respuesta en ti.

Probablemente era necesario que viviera al menos cuatro estaciones más, que leyera al menos una vez La broma infinita de cabo a rabo y que sostuviera un buen puñado de conversaciones con Lionel para que me diera cuenta de mi error. Como siempre estás ahí para quien te busca, te gustará, espero, que las primeras noticias que te doy sean para contarte este descubrimiento.

El descubrimiento es, simplemente, el de lo limitado de mi (nuestra, la) capacidad de abordar cualquier cosa, incluidas las cosas ilimitadas. Me he dado cuenta de que la libertad es necesaria, pero no basta; de que desear es natural, pero hay que acompasarse con el deseo, no basta subirse a su lomo y esperar que él me lleve a todas partes a la vez. You can do anything but you cannot do everything, que dicen por ahí. He asumido que todo lo que hago es la negación de todas las demás cosas que podría hacer y no hago y que eso tampoco es ningún drama. Con o sin pragmatismo, hace tiempo que elegí pasar tiempo con las personas que me importan, que elegí luchar -en la medida de mis limitadas y desastrosas fuerzas- contra aquello que es indefendible y que elegí abrazar cuanto me gusta y procurar dejar algo de espacio en mi vida para que puedan entrar cosas y personas nuevas.

La libertad pura y abstracta no existe, la libertad en soledad es la libertad de dejarse matar por el tiempo; para quien nunca elige, la libertad es un inabarcable desierto, una gran tumba a cielo abierto entre cuyos hermosos colores esperar la muerte. Creo que ya he aceptado la libertad de elegir e, igual que ya había aceptado (como decía en el párrafo anterior), en muchos otros casos, quién y qué me importaba, por fin lo he aceptado en el tuyo. Era así de sencillo...
Literatura, te quiero.

sábado, 3 de agosto de 2013

Una de las muchas maneras desagradables de morirse que hay en Madrid

Para mí, el Azul fue uno de los cines de la Gran Vía, aquel en el que vi Cristal oscuro poco antes de cumplir los 13, según me recuerda mi colección de entradas, que recopila diez años.
Hoy día, el local, el 76 de Gran Vía, es un restaurante más de la cadena TGI Friday's, pero hace unos meses supe que también fue escenario de uno de tantos episodios de una Transición que, nos dicen, fue modélica y que, lo sabemos, lo vivimos, ha sido la triste reconciliación entre «los que quisieron ganar y los que quisieron perder, los que mataron a Lorca y los que mataron a Nin» para evitar a cualquier precio salir de la triste normalidad.

Dicho apaño fue bruñido con la sangre de mucha gente y, entre ell@s se contó Jorge Caballero. Jorge tenía 21 años el 28 de marzo de 1980, era anarquista y militante de la CNT y, no contento con serlo, llevaba una insignia que le delataba, no sé si un pin o una chapa, con la A circulada o tal vez el símbolo del anarcosindicato (también depende de la versión). Cuando una banda de una decena de matones de la ultraderecha vio esa insignia, saliendo Jorge y su compañera del cine Azul, se ganó una paliza con puñetazos, patadas, estacazos, porrazos y, en fin, un cuchillo de monte que le atravesó un pulmón y el hígado. Como en otros ataques fascistas de la época, de poco sirvió la ayuda que la chica consiguió, pues Jorge murió en el hospital diecisiete días después, pero a los asesinos les vino muy bien la ayuda de las instituciones.
Tras ser detenidos, la mitad fueron liberados sin cargos y, del resto, a los dos que eran hijos de militares les fue también levantado el procesamiento, de modo que quedaron sólo dos pobres diablos para cargar de facto con el muerto, porque el autor de la puñalada, José Juan o José Antonio (también en esto varían las versiones) Llobregat Ferré, Pepe el Loco, desapareció entretanto de España dicen que con ayuda‒ por muy imputado que estuviera y no se le ha vuelto a ver por la «piel de toro».
Los magistrados de la Audiencia Provincial de Madrid, no contentos con evitar responsabilidades a según quién, dilataron el proceso cuanto pudieron y pidieron una gran suma de dinero como fianza para la acusación. A los dos cómplices, en cambio, se les condenaría en 1987 y a sendas multas de 50.000 ptas por «desórdenes públicos». La policía, por su parte, trataría a los ultras detenidos con comprensión y hasta les invitaría a beber un poco de vino (¿¡!?) y, en las dos ocasiones en que enlaces austríacos de Interpol les informaron de haber localizado a Pepe el Loco en Viena, sus homólogos españoles decidieron... nada. Ni comunicaron lo sabido a la acusación o a nadie ni respondieron hasta un mes más tarde.
No hemos encontrado ninguna confirmación sobre el paradero posterior de Llobregat Ferré, que, según un comentario anónimo en Internet, habría reaparecerido sucesivamente en Venezuela (donde habría intentado matar a otra persona, también de una puñalada), República Dominicana y México, donde dice el anónimo comentador que seguía viviendo hace unos años, con mujer, dos hij@s y una empresa financiada por sus padres.

Así pues, en estos tiempos en que se supone que los malos malísimos a quienes no hay que dar asilo son los Cesare Battisti y Julian Assange, los Joxean Zurutuza y Edward Snowden, se entera uno de esto. Uno, eternamente frustrado por no poder oler la sangre del pasado, por rastrear ¿demasiado o demasiado poco? las pisadas de hollín, grasa y dolor de la historia chica, descubre que la sangre derramada ante el Azul, como en Aluche y en Vallecas, en Santa María de la Cabeza y el bar San Bao como en Malasaña, deja una pista que lleva al exilio tranquilo que los más fieros franquistas de segunda generación se montaron en Latinoamérica con la complicidad de funcionarios españoles y latinoamericanos (especialmente, paraguayos) y ultras italianos.

domingo, 7 de julio de 2013

Propaganda (II). La opinión pública

Hay algunas cosas que conviene saber de Edward Bernays y del propio libro Propaganda para hablar sobre ambos en condiciones.
Sobre el libro, hay que decir se trata de una obra más bien breve y que habríamos preferido que lo fuera aún más, ya que, salvo por su argumentación inicial («organizar el caos») en favor de la propaganda, el resto es una exposición insistente de la eficacia de las campañas publicitarias, con la ayuda de numerosos ejemplos y organizada por campos: los diferentes capítulos explican qué puede hacer la propaganda por las mujeres, por las artes, por las ciencias, etc. Tampoco está de más decir que fue publicado en 1928, cuando el capitalismo aún no había vivido ninguna de sus dos mayores de momentocrisis y, sobre todo, cuando la carrera de su autor, que cumplía ese año los 37, ya estaba lanzada, pero aún había de llegar a su auge, cosa que haría inmediatamente después. En ese sentido, Propaganda es en sí mismo un acto de propaganda: como un curriculum machacón que esparciera al viento el buen hacer de Bernays y, más aún, de la nueva industria que representa (la de las relaciones públicas), esta obra no sólo sirve para darla a conocer a quien pueda sentirse interesado de manera desapasionada, sino también para apoyar la buena reputación que Bernays se estaba haciendo de boca en boca entre los directivos de empresa estadounidenses.
Pero ¿quién era Edward Bernays? Sobrino de Sigmund Freud, este austríaco sólo de nacimiento pasó por encima de sus estudios de agrónomo y empezó a trabajar en la prensa, experiencia que le marcaría de verdad y le convertiría, durante la Primera Guerra Mundial y la la década de 1920, en uno de los pioneros de las llamadas, en el mundo de los negocios, «relaciones públicas». Su paso por el periodismo no fue banal en su interés por este nuevo sector de la propaganda (término que, como puede imaginarse por el título del libro, él reivindicaba) al servicio del mercado y el rol de dicha guerra tampoco fue baladí: el presidente Wilson quería convencer a su pueblo de que la entrada en la Gran Guerra había sido la decisión correcta y movilizó un increíble aparato de persuasión que resultaba demasiado jugoso para no retomarlo después.

Varias exitosas campañas más tarde, Bernays publica este libro y su estrella sigue ascendiendo... pero, antes de cantar más la gloria profesional de Edward, nos parece importante explicar su marco ideológico y algunas cosas que no están en el texto de Propaganda, pero que el quebequés Normand Baillargeon, editor de la versión en francés publicada en 2007, sí tuvo a bien mencionar en el prólogo. Este sobrino de Freud afirma y subraya que el papel del propagandista, del consejero de relaciones públicas, tiene su marco ético y que no todo es vendible, no si se trata de intentar que el consumidor vaya contra su salud o sus intereses, que el objetivo no puede ser mentirle ni abusar de su inocencia.
Sin embargo, fue Bernays quien organizó la campaña encomendada por la United Fruit en la década de 1950 para manchar la imagen del gobierno guatemalteco de Jacobo Arbenz, de modo que la población estadounidense temiera a este reformista como a una especie de aspirante a ser el Lenin centroamericano y que tomaran con placidez o incluso con alivio el golpe de estado militar que, con el apoyo de EEUU, le derrocó e inauguró un ciclo de más de treinta años de dictaduras militares cada vez más sangrientas. Fue Bernays quien, en 1929 y a la mayor gloria de la American Tobacco Company, organizó un golpe de efecto (fragmento 12'00 - 13'44" del vídeo) a favor del tabaquismo femenino: un cortejo de supuestas sufragistas, mezcla en realidad de voluntarias captadas para la causa y modelos profesionales, que, en el momento convenido, sacarían «antorchas de la libertad» (cigarrillos) y los encenderían delante de los periodistas, avisados de antemano por Bernays, mientras reivindicaban el derecho de la mujer a fumar en público sin ser mal consideradas. Fue Bernays quien empezó con la táctica de alimentar los debates que sus campañas creaban montando de la nada organizaciones supuestamente imparciales y con nombres basados en lo consensualmente agradable que luego, como por casualidad, apoyaban a quien había contratado al bueno de Edward. Esta manipulación del debate en sí, esta demagogia al servicio del consumo, esta mezcla amoral de lo racional y lo pulsional ‒Abraham Brill, pionero del psicoanálisis en EEUU que aconsejó a Bernays en el tema de las «antorchas de la libertad», le aseguró que lo que hacía que a los hombres les costara aceptar que las mujeres fumaran era el simbólico poder fálico del cigarrillo‒ vienen de la misma persona que se escandalizaba de que Goebbels leyera su obra con entusiasmo y se apoyara en sus métodos, especialmente para la Kristallnacht, por aquí llamada «noche de los cristales rotos».

Así pues, ¿en qué consiste el fondo ideológico de este propagandista? Básicamente, Bernays sigue el liberalismo de Adam Smith y demás encantadores de serpientes y pretende que la competencia, en el mercado como en la arena política, permitirá al consumidor-contribuyente elegir la mejor opción en un círculo virtuoso de (auto)exigencia y satisfacción con el trabajo bien hecho, lo que quiera que sea que esto último signifique en cuestiones políticas. Pero ¿por qué aceptar una clase dirigente si un@ quiere ser un/a ciudadan@ soberan@? Según el Propagandista

Teóricamente, cada uno se forma su opinión sobre las cuestiones públicas y sobre las relativas a la vida privada. En la práctica, si todos los ciudadanos debieran estudiar por sí mismos el conjunto de informaciones abstractas de orden económico, político y moral en juego en el más pequeño tema, se darían cuenta rápidamente de que les es imposible llegar a la mínima conclusión. Hemos dejado voluntariamente, pues, a un gobierno invisible la tarea de discriminar la información para determinar el problema principal a fin de volver a dar proporciones realistas a la elección. Aceptamos que nuestros dirigentes y los órganos de prensa de los que se sirven para llegar al gran público nos designen las llamadas «cuestiones de interés general».
El caballero, pues, ha decidido que los hechos consumados son estupendos o incuestionables y que hemos sido «nosotr@s» quienes hemos querido la socidad de clases y que por qué no seguir así (y por qué sí, cabe preguntarse). La propaganda es el método por el que la clase dirigente ‒hasta el propio Bernays acepta este término«organiza la competencia», lo que viene a ser como la cuadratura del círculo, una contradicción que no molesta al amigo Edward, puesto que vivió de ello durante casi toda su larga vida. Pero ¿cómo hacer tragar todo eso? Si el debate está abierto y es libre, si cualquiera puede proponer una nueva opción política, un nuevo producto, un nuevo servicio, una nueva campaña de concienciación respecto de algo, ¿cómo organizar tal caos sin recurrir al totalitarismo?
La respuesta está en la opinión pública. Convencer a una persona de aceptar un punto de vista detallado es eficaz, pero difícil; convencerla de que algo «es así, como todo el mundo sabe» es más fácil y casi igual de eficaz en una sociedad-masa, un gran aglomerado humano desparramado por la aldea global y cuyos miembros no tienen en común otra cosa que el estar en el mismo lugar en el mismo momento. La opinión pública es ese estado de opinión que se caracteriza no por ser socialmente unánime, ni siquiera mayoritario, sino por ser percibido como mayoritario y, a menudo, casi unánime. La opinión pública se forja en la arena pública, es decir, en los medios de comunicación en que trabaja la minoría social de los periodistas, dirigidos por los aún más minoritarios redactores, miopizados por las costumbres del oficio (incluida la ignorancia del destinatario), condicionados por sus recursos y relaciones orgánicas (patrocinadores, socios empresariales) y fuentes tradicionales (sujetos políticos, organismos policiales, agencias de noticias, a menudo estatales, ...), todo lo cual, con la irrupción de Youtube, Vimeo y compañía puede ser acelerado o ralentizado según la actitud del misterioso destinatario, el Juan Lanas que ve/lee/escucha esa opinión pública. Y, con todo eso, es tan secundario el papel del verdadero público que resulta una prioridad de la clase dirigente el que todo debate sea confuso: los temas deben aparecer y desaparecer rápido y ser tratados de manera ininteligible, bien por falta de datos (o de un contexto en que situarlo, relaciones que atribuirles, etc.) bien por un exceso de ellos que escamotea a la masa el análisis por la parálisis.
Por desgracia, el otro debate público, el que tiene lugar cada día en domicilios, centros de estudio y trabajo, barras de bar y parques, es un tanto silencioso y, además de acallado por la constatación de la impotencia, está bastante dirigido por ese otro debate del que hablábamos antes, por la pujante y constante iniciativa de los mass media, además de por su capacidad de llegar a casi todas partes y nuestra incapacidad para acallarles durante, al menos, el tiempo de pararnos a pensar.